Semana Santa y el Reino de Dios

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La Semana Santa tiene un significado histórico y teológico

El MAL no tiene la última palabra. El BIEN triunfará sobre el mal. La gracia vencerá al pecado. El Reino de Dios triunfará sobre los reinos de ese mundo y sobre los poderes del averno

La Semana Santa tiene un significado histórico y teológico

La Semana Santa tiene varios significados, pero destacaré dos de ellos solamente.
Primero, el significado histórico. De acuerdo al relato de los cuatro evangelios y a otras fuentes como Pablo y Josefo, los eventos ocurrieron alrededor de los años 30 a 33 de la era cristiana. Histórico porque la pasión de Cristo sucedió en Jerusalén en un período concreto cuando Palestina estaba bajo ocupación romana.
Dentro de ese marco histórico, los cargos del juicio judío sobre Cristo fueron (a) que no guardaba el sábado y otras leyes al pie de la letra, (b) que sanaba enfermos y hacía otros bienes en días sábados, (c) que decía destruir el templo y (d) que afirmaba llamarse Hijo de Dios haciéndose igual a Dios.
Por otra parte, está el juicio romano. Aunque Pilato lo encontró inocente de todos los cargos, sin embargo, el hecho de ejecutarlo en una cruz decía que para Roma, Jesús representaba una amenaza al sistema político y al orden social establecido. Probablemente Pilato no lo creía así, pero necesitaba congraciarse con los líderes judíos.
Es casi seguro que los dirigentes judíos, consideraban que debido al movimiento multitudinario de Cristo y al ambiente anti-romano entre sectores de la población judía, Roma podía tomar represalias contra el pueblo por lo que era mejor poner a Jesús fuera de circulación, ejecutándolo.
Las lecciones a aprender aquí son dos. Los líderes religiosos deben aprender a no usar el dogma para desacreditar otros mensajes que podrían ser voces proféticas de reforma y restauración como lo fue el movimiento de Cristo dentro del judaísmo de su tiempo. La lección para el sistema judicial contemporáneo es, no usar el aparato legal para favorecer intereses injustos de grupos de poder.
Segundo, el significado teológico. En el discurso del dogma tradicional la muerte de Cristo fue una muerte expiatoria y sustitutoria. Es decir, Cristo muere en lugar de nosotros los pecadores. El complejo teológico que lo explica es así: pecado-culpa-muerte del Cordero sustituto-arrepentimiento-perdón.
Esta fórmula reduce el problema humano a un asunto de “pecado”. Ciertamente, el pecado es un problema mayúsculo, pero esta explicación hace de la salvación un asunto moral únicamente y promueve una salvación que es salvación de almas para ir al cielo después de la muerte. Esta explicación tradicional contiene elementos de verdad, pero es insatisfactoria cuando se la compara con el mega-proyecto divino de redención de personas y de toda la creación que es el Reino de Dios.
La explicación alternativa es más compleja, pero más coherente con el mega-proyecto divino de redención. Desde este acercamiento alternativo, el dilema humano es el problema del MAL, dentro de la creación divina. El pecado es solamente una manifestación del mal. Los rostros con los que el mal se manifiesta son: (a) mal natural como huracanes, terremotos y otros fenómenos naturales que producen muerte y dolor; (b) mal físico en forma de enfermedades congénitas y otras enfermedades físicas; (c) mal moral como conducta humana perversa; (d) mal como injusticia y opresión social; (e) mal psicológico en forma de todo tipo de sufrimiento emocional, mental y existencial; y (f) mal cósmico (pecado, la carne, fuerzas demoníacas y la muerte).
El complejo del Reino de Dios es la respuesta divina al problema del mal dentro de la creación divina, que viene desde Génesis 3 con la caída de la primera pareja humana. Por esto, la muerte de Jesús tiene que ser vista dentro de este marco de referencia del Reino de Dios que fue el mensaje que Cristo predicó.
“Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:14-15. RVR1960).
La cruz, o sea, el Viernes Santo, es el clímax de todo un complejo de actos divinos que vienen desde el anuncio de los profetas sobre la llegada de un enviado de Dios para derrotar a los poderes del mal. Estos actos divinos redentores, además, incluyen el nacimiento de Cristo, su vida, su ministerio, su predicación de la llegada del Reino y sus milagros culminado con su muerte, resurrección y envío del Espíritu en Pentecostés.
Para ser más específico, cuando Jesús alimentaba a los hambrientos estaba demostrando que ya la abundancia del Reino de Dios estaba en operación resolviendo el problema del hambre. Cuando hacía milagros y sanaba enfermos, confirmaba que el Reino de Dios estaba sometiendo al mal físico. Cuando Cristo aquietó el mar y caminó sobre las aguas, decía que el mal natural ya estaba siendo sometido. Cuando perdonaba pecados revelaba que la gracia del Reino estaba triunfando sobre la culpa y la condenación. Con los milagros de las resurrecciones que hizo y con su propia resurrección, demostraba que los poderes de la muerte ya estaban cediendo ante el poder de la vida.
Con su movimiento del Reino compuesto de mujeres, niños y personas de todas las clases sociales con apertura multirracial, Jesús declaraba que estaba formando una nueva comunidad utópica del Reino de igualdad, solidaridad y reconciliación humana.
En otras palabras, todo esto decía que Jesús y su Reino ya estaban derrotando a los poderes del mal. Que Dios en Cristo estaba enderezando lo torcido dentro de su creación. En lenguaje bíblico, estos actos de Cristo eran las “primicias” de una plenitud que vendrá al final de los tiempos en la segunda venida de Cristo. Con el nacimiento, ministerio, muerte y resurrección de Cristo su reino fue inaugurado, pero con su segunda venida será completamente consumada.
Si como iglesia y líderes espirituales ignoramos la dimensión personal, social y el alcance cósmico (redención de toda la creación) de la obra de Cristo, nos convertiríamos en promotores de una agenda sectarista, de un discurso fundamentalista y reduccionista, y de un evangelio privado de su potencial para transformar vidas individuales en forma total y de su impacto en la transformación integral de la sociedad y de la cultura contemporánea. El evangelio es “poder de Dios para salvación” del ser humano total dentro de su contexto socio-cultural.
Entendida de esta manera, la Semana Santa nos invita, primero, a un arrepentimiento personal que es, un volverse a Dios nuestra fuente de perdón, salvación y sabiduría para vivir.
Segundo, a un compromiso social porque el Reino de Dios tiene una dimensión de solidaridad humana donde trabajamos para construir un mundo mejor para todos.
Tercero, una dimensión cósmica por cuanto el Reino de Dios incluye la redención de toda la creación. Hay quienes imaginan una conflagración o incendio cósmico al final de los tiempos. Sin embargo, la mejor reconstrucción bíblica es que la bella creación que Dios hizo en el libro de Génesis la va a recrear y hará un mundo donde la victoria de Cristo en la cruz sobre los “principados y potestades” (el MAL), hará posible la realidad de “cielos nuevos y tierra nueva”.
Que estos días propicien un espacio y ambiente de reflexión para volvernos a Dios, para ser mejores personas, para crear familias y comunidades sanas y alegres y para vivir en esperanza.
El MAL no tiene la última palabra. El BIEN triunfará sobre el mal. La gracia vencerá al pecado. El Reino de Dios triunfará sobre los reinos de ese mundo y sobre los poderes del averno.
Vivamos una fe alegre. Una fe que sea bálsamo sanador para quien sufre y un oasis generador de renovación e impartidor de vida.

Guillermo Flores García
Profesor de Teología
www.periodicomaranata.com

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