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El Jesús de la cruz

En Cristo, la cruz se usó como instrumento de castigo, sospecha y crueldad. Sin embargo, después de la resurrección se ha usado como el perfecto decreto de Dios para la verdadera libertad del ser humano

Para Jesús, la vida humana tenía una culminación: ¡La cruz! Este es el camino hacia la gloria eterna / Freepik

«[Jesús] se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8).
El símbolo más impresionante de la historia es el de la cruz. Desde sus orígenes, la cristiandad tomó la figura de la cruz como forma de expresarse sin palabras. Es evidente que las representaciones simbólicas se han usado para decir algo que las palabras no pueden expresar. Por ejemplo, en la Santa Cena del Señor se toma el pan y el vino como imágenes físicas del cuerpo y la sangre del Señor; la paloma, como símbolo del Espíritu Santo. Sin embargo, sobre todos los símbolos, la cruz es el más común de la fe cristiana.
La cruz habla en silencio de sacrificio, expiación, redención, consumación y propiciación. Cuando deseamos que nos identifiquen a los ojos de los demás, vemos el mensaje más vital del universo: La cruz. Esta dice quiénes somos y nos muestra el amor tan grande que Dios tiene para cada uno de nosotros. Es más, la cruz nos revela que somos criaturas necesitadas de la salvación y nos señala el camino.
En Cristo, la cruz se usó como instrumento de castigo, sospecha y crueldad. Sin embargo, después de la resurrección se ha usado como el perfecto decreto de Dios para la verdadera libertad del ser humano. Los evangélicos hemos sido cuidadosos en no venerar la cruz. Si pudiera expresarse, nos diría: «Yo solo fui un instrumento y ahora soy un símbolo. ¡Adora a Dios!».
El tema de la cruz ha dejado en el arte múltiples huellas permanentes: teatro, pinturas, esculturas, orfebrería, monumentos, cementerios, templos, catedrales, poesías, cine, etc. Estos han sido vehículos para exaltar la afrenta de la cruz; algunas veces con mensajes contradictorios, pero siempre tomando en cuenta al Jesús del Calvario.
Vivamos y disfrutemos de nuestra pasión y recordemos siempre las palabras de Agustín de Hipona: «En la cruz… ¿fue Cristo el que murió o fue la muerte la que murió en Él? ¡Oh qué muerte que mató a la muerte!». Por otro lado, Hudson Taylor expresó: «Se necesitan hombres amantes de la cruz». Hablando de la cruz, el apóstol Pablo subrayó: «Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo» (1ª Corintios 1:17).
Si en toda la Biblia quisiéramos hallar un punto de convergencia, el lugar donde más se visualiza la noble obra de Dios por el hombre y para el hombre, eso lo encontramos en la cruz. Allí fue donde el cielo dictó sentencia, condenó al maligno y besó a la humanidad.
El lugar donde más se visualiza la noble obra de Dios por el hombre y para el hombre, eso lo encontramos en la cruz.
También en las Sagradas Escrituras se menciona la cruz como el instrumento del martirio de Jesús o como figura de algún ministerio para los creyentes (Mateo 16:24, 27; Marcos 8:34; 10:21; Lucas 9:23; 14:27; 23:26). Por lo tanto, la cruz es el tema central del Nuevo Testamento. ¿Y por qué la cruz? Porque los romanos la seleccionaron para castigo de los malhechores. Aunque Jesús nunca lo fue, toda la humanidad sí lo era, de modo que en la cruz Él satisfizo los reclamos de la ley mosaica y la ley de los romanos para el castigo de grandes transgresiones. Jesús se hizo malhechor para darnos la oportunidad de que esa terrible situación humana tuviera una solución definitiva: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2ª Corintios 5:21).
Desde la tribuna más escalofriante de la historia, se pronunciaron las palabras más excelsas que haya escuchado la humanidad: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).
¿Quién ha sido la persona más pura que ha existido jamás? Lejos de Jesús, no existe. Son millones los que se han comportado con extrema bondad, pero como Jesús, nadie; ni siquiera le asustaron los clavos, la espada, la burla, el escarnio, el martirio. ¡Jesús pasó la prueba!
Un día, le preguntaron a un hindú convertido al cristianismo: «¿Qué encontraste en la fe de los cristianos que no hallaste en las elevadas filosofías del oriente?». El respondió: «¡La cruz!».
La cruz se hizo palabra: «Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios» (1ª Corintios 1:18).
Si algún día dejaran los hombres de pronunciar palabras porque ya las habrían agotado todas, aún seguirían resonando las siete palabras de la cruz:

1. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).
Esta es la más maravillosa lección del perdón. Desde entonces, no hay lugar para los rencores y las rencillas. Con la mente limpia y los sentidos despiertos, Jesús no deja de perder la única oportunidad para perpetuar su gran lección de amor. El odio enciende las pasiones más mezquinas del ser humano, mientras que el amor y el perdón representan los valores que entrelazan a los mortales. ¡Qué extraordinario sería si la humanidad, tan fragmentada, hiciera suya el mensaje del perdón establecido con sangre en la cruz!

2. «De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43)
El hecho de crucificar a Jesús entre dos delincuentes tuvo el propósito de igualar a los tres condenados en la misma categoría y condición. La palabra «paraíso» viene del persa que significa «jardín protegido con murallas». Los reyes persas, cuando querían homenajear a alguno de sus servidores, los llevaban a un jardín y allí disfrutaban de su compañía. Más que la inmortalidad, Jesús le aseguró al ladrón arrepentido el honor de gozar con Él eternamente en el jardín o paraíso celestial. Mientras lata el corazón siempre existirá la posibilidad de hallar salvación eterna en Jesús.
El elocuente predicador evangélico, Enrique Lindegaard, dijo: «Sabemos de un caso de alguien que se convirtió a las puertas de la muerte, para que nadie desespere; pero es un solo caso, para que nadie se confíe».

3. «Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre» (Juan 19:26-27)
Ni siquiera en la hora más difícil de su vida, cuando el ardiente sol quemaba sus heridas, y quizá le produjera alucinaciones y delirios, abandonó a sus dos seres más queridos: su madre, María, y su discípulo amado, Juan, dejándolos al cuidado el uno del otro. ¡Qué inmenso amor filial! ¡Qué olvido de sí mismo! ¡Qué tremendas palabras de despedida! ¡Qué reacción de cariño a una humanidad sin amor!

4. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46; Marcos 15:34; Salmo 22:1)
A esa pregunta la respuesta fue: «Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel» (Salmo 22:3). No era en lo absoluto un desamparo del Padre. En otras palabras, se trataba de un recordatorio de que detrás de esa oscura realidad, Él seguiría siendo el Rey de Israel.

5. «Tengo sed» (Juan 19:28)
¡La ley y la profecía están cumplidas como nunca! ¡La redención es un hecho! ¡Qué contradicción! ¡El Creador de toda fuente de agua gritando por sed! Un soldado extiende una vara con una esponja mojada en vinagre y la pone en la boca del Señor. Deshidratado, exhausto, ya casi sin aliento, Jesús pareciera estar listo para entregar su vida. Cuando Jesús dijo «Tengo sed», le dio cumplimiento al pasaje del Antiguo Testamento en el Salmo 69:21: «En mi sed me dieron a beber vinagre».

6. «Consumado es» (Juan 19:30)
Entonces Jesús, «habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu». ¿Qué se consumó en ese instante? Se cumplió la ley, se satisfizo la profecía mesiánica, se logró la redención. Ahora, mediante el sacrificio en la cruz, la redención no tiene obstáculos. ¡Está sellada la visión profética! Jesús hace posible el nuevo rumbo para hallar la libertad plena.

7. «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23:46)
Lo único que del ser humano es indestructible Jesús lo coloca en las manos del Padre, su espíritu; y la sangrienta escena del sacrificio llega a su fin. Siendo la naturaleza obra de esas manos, indignada lanza su mensaje de protesta: «Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad. Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró» (Lucas 23:44-46).
¡Y así termina el drama de la cruz! Se terminó el sufrimiento y se tendió un puente entre la tierra y el cielo. Para Jesús, la vida humana tenía una culminación: ¡La cruz! Este es el camino hacia la gloria eterna.
Uno de los grandes hechos de la historia es que los hombres importantes encontraron su gloria después de la muerte. Una vez que ve cuándo murieron y cómo murieron, es que la gente se da cuenta de quiénes fueron. Jesús, en cambio, se volvió a asomar a su gloria a través de una ventana llamada cruz. Hasta el centurión que lo custodiaba dijo al ver el terremoto: «Verdaderamente este era Hijo de Dios» (Mateo 27:54). La cruz fue la gloria de Jesús, pues nunca tuvo mayor majestuosidad que cuando colgaba de ella. ¡Hasta la tierra se estremeció en protesta! Lo que, es más, la cruz fue la gloria de Jesús al ser la culminación de su obra: «He acabado la obra que me diste que hiciese» (Juan 17:4).

ORACIÓN
Señor:
En las altas cimas de la cruz, donde se perdieron todas las conquistas humanas, donde se hizo bandera la gloria de tu sacrificio, allí quiero que mi alma suba para no vivir entre el polvo y las piedras del hombre común. Señor, ayúdame a vivir siempre cerca de ti, a fin de que nada terrenal me impida dejar de caminar a tu lado. En el nombre de Cristo Jesús, amén.

Dr. Heberto J. Becerra
Pastor, profesor y escritor
Este artículo fue extraído de la Biblia Jesús para todos.

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