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¡Lo que no sabíamos sobre Getsemaní!, Eliseo Rodríguez

Después de haber celebrado la Pascua con sus discípulos, y haber instituido la Cena del Señor en el aposento alto, Mateo 26:30 dice Jesús cantó el himno con sus discípulos. Este himno era el tradicional Halel, los Salmos desde el 113 al 118.
Luego, el Señor sale con ellos rumbo a Getsemaní. A Getsemaní se le conoce en arameo como lagar de aceite, quizás a causa de los olivares que allí crecían. Allí se hallaba una instalación para extraer el aceite de esta planta. Era un huerto ubicado al pie del monte de los Olivos, frente a Jerusalén.
Hoy queremos aprender algunas lecciones de gran valor para nuestra fe, todo basado en la oración de Jesús en Getsemaní.

Primero, cuando Jesús estuvo en agonía en Getsemaní, oró más intensamente.
Fue tanta la agonía que, aunque el contexto revela que hacía mucho frío, el sudor del Señor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra (Lucas 22:44). Jesús confesó sentir en su alma una profunda tristeza. En el original se lee literalmente: “Abrumada está mi alma, hasta el punto de morir”.
El Señor sabía la realidad que enfrentaría cuando en solo horas, cargaría sobre Él, el pecado de todos nosotros.
¡Pero qué lección tan importante! En medio de su angustia, oró con más intensidad. En Hebreos 5:7 dice que oraba con gran clamor y lágrimas.
En nuestro caso también, cuando la batalla contra el pecado arrecie, cuando esté bajo amenaza nuestra pureza, también más intensa debe ser nuestra oración. Por nada debemos orar tan fervientemente, como para que el Señor nos libre del pecado. Jesús mismo nos enseñó a pedir al Padre, “… no nos metas en tentación, mas líbranos del mal…” (Mateo 6:13). ¡Sabemos que Él es poderoso para guardarnos sin caída y presentarnos sin mancha delante de su gloria con gran alegría! (Judas 24).
Pero, tenemos más buenas noticias. A todo el que ora con intensidad, el Señor le envía socorro. La Biblia dice que, en Getsemaní, al Señor “… se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle” (Lucas 22:43). Así que, recibió una ayuda sobrenatural para enfrentar lo que estaba por delante. También a Elías un ángel lo confortó en su momento de crisis cuando huía de la perversa Jezabel (1 Reyes 19:4). ¡Tomemos aliento, porque aunque parezca que la prueba prevalece, siempre el Señor nos fortalecerá para ganar la batalla.

Segundo, en Getsemaní aprendemos que es importante tener amigos de oración, con quienes podamos compartir nuestras cargas.
Jesús tenía tres. Durante esta última visita a Getsemaní, dejó a ocho de sus discípulos en algún lugar del huerto, y se separó para orar, llevando consigo a Pedro, Jacobo y Juan. Era esta la tercera vez que el Señor llevaba consigo a estos tres amigos: Estuvieron junto a él en su transfiguración (Mateo 17:1-8), también en la casa de Jairo cuando levantó de la muerte a la hija de éste (Lucas 8:49-56). Ahora Jesús anhelaba nuevamente la compañía de sus amigos. Él llevó consigo a esa parte del huerto, solo a los que habían presenciado su gloria en la transfiguración. Es que están más preparados para sufrir con Cristo, los que por la fe han estado cerca de su rostro. Fue a estos tres discípulos que Jesús rogó: “… quedaos aquí y velad conmigo”.
Después de la ascensión del Señor, los discípulos suyos se reunieron en compañerismo para orar. Estuvieron diez días orando en comunión en el aposento alto (Hechos 1:14). Luego hay evidencia que dos de aquellos tres discípulos íntimos del Señor, mantuvieron el compañerismo de la oración, porque en Hechos 3:1, leemos que Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. La Biblia nos enseña no solo a orar por los hermanos, sino a orar con ellos. ¡Que el Señor bendiga el compañerismo de oración que provee la Casa de Dios! Jesús dijo que su casa sería llamada Casa de oración para todas las naciones.

Por último, Getsemaní nos enseña que la oración es un campo de batalla.
Fue allí mismo en el huerto de la oración que sucedió el enfrentamiento entre el bien y el mal. Lucas 22:47-49 lo narra así: Mientras él aún hablaba, se presentó una turba; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba al frente de ellos; y se acercó hasta Jesús para besarle. Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? Viendo los que estaban con él lo que había de acontecer, le dijeron: Señor, ¿heriremos a espada?
Entonces dijo a sus adversarios en el versículo 53: Esta es vuestra hora y la potestad de las tinieblas (Lucas 22:53). En medio de aquel fragor, brilló sobremanera la absoluta autoridad de Jesús: como soldado uniformado, entró en la lid, pero no para medir su pujanza, sino para vencer. Por tanto, con el gozo puesto delante de sí, sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.
Amados, en verdad, nosotros somos contados como ovejas para el matadero, y nuestro enemigo común anda alrededor, como león rugiente buscando a quien devorar. Mas, si anticipamos oración como hizo nuestro Señor, ¡prevaleceremos!
Oremos más intensamente, oremos con nuestros amigos de oración, y oremos para vencer. Dios nos llama soldados en su Palabra, y nos ordena pelear la buena batalla de la fe. Para ello, nuestra arma más efectiva, es la oración.
¡En verdad, somos más fuertes de rodillas, que de pie!

Eliseo Rodríguez
Pastor, teólogo y escritor

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