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Rico, pero pobre, David Plazas

A veces confundimos las bendiciones de Dios con lo material

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Es interesante leer el mensaje de Jesucristo a las siete iglesias, en la revelación de Juan (Apocalipsis), la amonestación para cada una es “el que venciere”, y las recompensas prometidas son cosas como: “le daré de comer del árbol de la vida”, “le daré la corona de la vida”, “será vestido de vestiduras blancas”, “lo haré columna en el templo de mi Dios”, “no borraré su nombre del libro de la vida”, “le daré que se siente conmigo en mi trono”, etc.
Ninguna promesa de cosas tangibles, valiosas, oro, joyas, bienes materiales, una casa de oro, algo que brille y los distinga.
A la iglesia de Pérgamo por ejemplo le dice: “Al que venciere… le daré una piedrecita blanca y en la piedrecita un nombre nuevo escrito”. ¿Por qué no se le prometió un brillante, alguna gema preciosa o una pepita de oro? Simplemente una piedrecita blanca… Estamos tan mentalizados en la prosperidad material que hasta cuando se predica de la esperanza venidera, mostramos un “cielo materializado”: “recibiremos coronas de perlas”, “caminaremos por calles de oro”, “piedras preciosas decoran el cielo”, “nos sentaremos en tronos de oro”… etc.
A veces confundimos las bendiciones de Dios con lo material, sí, hay muchos que se entusiasman porque un día en el cielo caminarán por calles de oro, y entrarán por puertas de perlas, se olvidan que aquellos hombres a quienes les era revelado, no tenían otros elementos de comparación para lo que veían, era su forma de describirlo, no habrá oro, plata, ni perlas en el cielo, los valores serán otros.
La iglesia de Laodicea era una iglesia mundana y muy rica en recursos, poderosa y prospera financieramente, ellos decían:  … “soy rico y estoy enriquecido y no tengo necesidad de ninguna cosa…”.
Dios le mostraba cómo eran en verdad: “Y no conoces que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apocalipsis 3:17).
Se puede ser rico y muy pobre también.
Lo que para la mayoría es riqueza y prosperidad no lo es en realidad, y menos en lo espiritual.
Recordaba una vieja historia:
Un peregrino que iba de viaje, llegó buscando hospedaje a una cabaña cerca del camino, allí vivían tres hermanos cazadores que accedieron con gusto recibir al hombre, compartieron la cena y le brindaron una cama limpia para pasar la noche, al otro día dispuesto a seguir su viaje quiso mostrar su gratitud con los dueños de casa, sacó de su equipaje tres hermosas fuentes, y les obsequió una a cada hermano, a uno de ellos le tocó una fuente de cristal, al otro una de metal dorado y al tercero una de madera labrada, se despidió y se alejó por el camino.
Parecía que el más favorecido era aquel que recibió la fuente de cristal, y el menos favorecido el que recibió la de madera.
Pasaron casi diez años y el caminante volvió a visitar a los hermanos, luego de cenar, les preguntó por las fuentes, lamentablemente la de cristal se había roto, la de metal dorado estaba toda manchada, el tiempo la había ennegrecido, la única que permanecía inalterable era la de madera.
En nuestras sociedades materialistas, muchos que se comparan, les parece que no fueron favorecidos, o que no son “bendecidos”, tu fuente de madera no brilla, y hasta parece de menor valor que muchas otras.
Lo que nos parece valioso no lo es delante de Dios, hay muchos que les tocó la fuente de cristal o la dorada y creen como la iglesia de Laodicea que son ricos y están enriquecidos, y en realidad son pobres y miserables.

David Plazas
Pastor

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