La santidad, que significa, apartado para Dios, es una constante divina que llena absolutamente todo el concierto doctrinal de la Biblia
En el Padrenuestro Jesús quiso dejar una expresión que, por fuerza, nos invita a introducirnos en el conocimiento del atributo que corona la naturaleza de Dios, como lo es su Santidad. Si consideramos al Padrenuestro como una revisión de nuestra vida, se hace evidente entonces que Cristo quiere que nosotros pasemos por el filtro de la pureza, que no sólo marcó su vida, sino que hizo posible nuestra salvación, pues durante su ministerio terrenal el Hijo de Dios, no sólo fue santo -como lo podemos ser nosotros-, sino absolutamente santo.
De manera que “santificado sea tu nombre” no es otra cosa que una invitación a que consideremos con mucha seriedad nuestra santidad personal. Cuando Dios se reveló a Moisés en el Sinaí fue bien claro y enfático en lo que se refiere a la naturaleza moral de la nación que estaba formando: “Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel. Entonces vino Moisés, y llamó a los ancianos del pueblo, y expuso en presencia de ellos todas estas palabras que Jehová le había mandado” (Éxodo 19:6-7).
La santidad, que significa, apartado para Dios, es una constante divina que llena absolutamente todo el concierto doctrinal de la Biblia desde Abraham en Ur de los caldeos, en los albores de la humanidad, hasta Juan en la isla de Patmos antes de terminar el primer siglo de la era cristiana.


