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¡Esta historia te hará sentir vencedor!, Eliseo Rodríguez

No importa la época en que nos haya tocado vivir, tenemos una batalla contra Satanás, el mundo y la carne. Rendirnos ante el mal no es una opción para los que confesamos ser soldados de Jesús

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Este himno, escrito por Isaac Watts, ha sido muy inspirador para muchos cristianos que han experimentado pruebas grandes por su fe. Leamos detenidamente las primeras dos estrofas y el coro:
¿Soy yo soldado de Jesús y siervo del Señor?
No temeré llevar su cruz, sufriendo por su amor.
Lucharon otros por la fe; cobarde no he de ser.
Por mi Señor yo pelearé, confiando en su poder.
Después de la batalla
Nos coronará,
Dios nos coronará,
Dios nos coronará;
Después de la batalla
Nos coronará en aquella
Santa Sion:
Mas allá, más allá,
En aquella santa Sion
Después de la batalla
Nos coronará En aquella santa Sion

La historia de la iglesia cristiana está repleta de testimonios sobre quienes mostraron fidelidad a la lid de Cristo, en medio de presiones que humanamente eran insoportables. Pero resistieron hasta el fin y fueron coronados.
Por ejemplo, el gobernador romano de Armenia enfrentó a cuarenta soldados, que se negaron a ofrecer el sacrificio ordenado por el emperador Licinio. Los militares que estaban en formación delante de él ese día lluvioso del siglo IV, destellaban firmeza, y un tipo de valentía que solo puede dar Dios.
El gobernador ejerció su autoridad para hacerles renegar de Cristo, pero los soldados cristianos se negaron a traicionar su fe. El gobernador, desafiantemente les dijo: ¡Consideren que son los únicos de todos los miles de tropas de César que lo desafían! ¡Piensen en la desgracia que traen sobre la legión!
Pero aquellos soldados de la fe le respondieron: Deshonrar el nombre de nuestro Señor Jesucristo es aún más terrible. Entonces, mostrando exasperación, el gobernador amenazó con torturarlos. Los soldados se mantuvieron firmes, aunque sabían que la amenaza era cierta. Con audacia, los hombres afirmaron: Nada de lo que puedan ofrecernos reemplazará lo que perderíamos en la eternidad. En cuanto a las amenazas, despreciamos el bienestar de nuestros cuerpos, cuando está en juego el bienestar de nuestras almas.
Varias parejas de guardias arrastraron a cada hombre hacia el sitio más helado, donde los desnudaron y los ataron a postes. Los azotaron, les abrieron sus espaldas, y garfios de hierro les desgarraron los costados. Aun así, los cuarenta se negaron a rendirse. Entonces, el gobernador, los encadenó en sus mazmorras, a morir congelados y sangrientos.
Los cristianos clamaron: Somos soldados del Señor Jesucristo, y no tememos ningún sufrimiento. ¿Qué es la muerte para nosotros sino una entrada a la vida eterna? Aquel día 9 de marzo del año 320, se quedaron temblando en el hielo mientras el sol se ponía, cantando himnos.  Desconcertado, el gobernador ordenó que se los acercaran a baños calientes para hacerles rendir. Creían que ¡seguramente el agua tibia atraería a los hombres que sufrían, pero no lo lograron. Esta oración de parte de los torturados llegó a sus oídos: “Señor, somos cuarenta los que estamos comprometidos en esta batalla sagrada; haz que los cuarenta seamos coronados como tus mártires”.
Sin embargo, uno de los hombres perdió el valor, y se arrastró fuera del hielo hasta un baño. Murió en el instante en que tocó el agua caliente. Esto fue demasiado para uno de los guardias. Se quitó la ropa, caminó sobre el hielo y tomó el lugar del fallecido. Ellos realmente eran soldados de Jesús, aunque les habían puesto entre tropas romanas.
El apóstol Pablo dijo a su hijo en la fe: “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna” (1ª Timoteo 6:12). No importa la época en que nos haya tocado vivir, tenemos una batalla contra Satanás, el mundo y la carne. Rendirnos ante el mal no es una opción para los que confesamos ser soldados de Jesús. Tener temor no está en los parámetros que definen a un soldado valiente. El por qué la Biblia cataloga de buena nuestra batalla, es:
Primero, porque nuestra victoria no radica en nuestras propias fuerzas. Dios, que nos amó tanto, nos ha puesto en Cristo, y es en Él que somos más que vencedores.
Segundo, la batalla de nuestra fe es buena, porque ella nos permite hacernos fuertes. El libro de Hebreos dice que los héroes de la fe se hicieron fuertes en batallas (Hebreos 11:34). Si el soldado de Cristo mantiene la armadura de Dios bien ajustada, de seguro saldrá fortalecido del conflicto. Eleazar, uno de los tres soldados más valientes de David, peleó hasta que su mano quedó pegada a la espada, y el Señor dio una gran victoria (2 Samuel 23:9,10). Y el apóstol de los gentiles pudo testificar: “Las cosas que me han sucedido han redundado más bien para el progreso del evangelio” (Filipenses 1:12).
Tercero, la batalla de la fe es buena, porque cuando vencemos en cada frente, otros cobran aliento con el trofeo de nuestro triunfo. Fue el mismo Pablo quien expresó que la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con sus prisiones, ahora se atrevían mucho más a hablar la Palabra sin temor (Filipenses 1:14).
Y por último, la batalla espiritual de nuestra fe es buena por el premio que se obtiene al vencer. La tercera estrofa del himno de Isaac Watts dice así:
Es menester que sea fiel, que nunca vuelva atrás,
Que siga siempre en pos de Él, y me guiará en paz.
Esto armoniza bien con aquella promesa de Jesús condicionada a la fidelidad: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10).
Amados, ¿somos nosotros soldados de Jesús? Si lo somos, nunca debemos ni siquiera pensar en retroceder. Cada día, echemos mano de la armadura divina a la cual la Palabra nos permite acceder. Las palabras del Señor a Zorobabel, todavía están vigentes. Así que, no podemos pelear con ejército, ni con fuerza, sino con el Espíritu del Señor (Zacarías 4:6). “Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas” (2ª Corintios 10:4).
Precisamente, porque la batalla es espiritual.
Con amor sincero, vuestro servidor.

Eliseo Rodríguez
Pastor, teólogo y escritor

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