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Francisco, el Papa que más ha promovido la idolatría: desde una histórica doble canonización papal hasta 813 mártires a la vez

Hasta el momento, suman 911 las canonizaciones desde que Francisco tomó las riendas del Vaticano en el 2013

El papa Francisco durante la canonización de Teresa de Calcuta / AFP-Andreas Solaro

(Martina Putruele).-

En un trabajo firmado por Martina Putrele, podemos observar el exagerado número de canonizaciones hechas por el Papa Francisco desde que asumió la jefatura del Estado Vaticano, lo cual implica un aumento en la práctica de idolatría dentro de la religión romana, en total contraposición a lo establecido por Dios en la Biblia.
Al final del funeral de Benedicto XVI en la Plaza de San Pedro en el mes de enero de ese 2023, algunas personas gritaron en italiano “¡Santo Súbito!” (¡Hazlo santo ahora!). Fue la misma frase utilizada en el funeral del papa Juan Pablo II en 2005, aunque por entonces mucha más gente lo pedía. No fue una petición sorprendente, teniendo en cuenta que tres de los últimos cinco papas han sido santificados, pero solo alrededor de un tercio de todos los pontífices han sido canonizados en los 2.000 años de historia de la iglesia católica.
Francisco es el Papa que más santos ha proclamado en sus diez años al frente del Vaticano. Suman 911 los canonizados desde que tomó las riendas de San Pedro en el 2013, una cifra inusualmente alta que incluye a los 813 Mártires de Otranto como grupo. El segundo que más canonizó fue Juan Pablo II, con 482.
La primera canonización de Francisco, el 12 de mayo de 2013, fue de 813 personas a la vez. Se trata de los Mártires de Otranto, conocidos como Antonio Primaldo y compañeros porque se conserva el nombre de esta persona, pero no se sabe casi nada de los otros 812.
Dos de las canonizaciones más notorias de su pontificio fueron las de sus predecesores Juan XXIII y Juan Pablo II frente a más de medio millón de peregrinos el 27 de abril de 2014, a quienes calificó como hombres valientes que resistieron las tragedias del siglo XX.
Fue una histórica doble canonización papal. El Vaticano dijo que más de 500.000 personas llenaron el área de la basílica mientras que otras 300.000 vieron el evento en grandes pantallas de televisión en toda Roma.
Otra de las santas más conocidas que fue canonizada por Francisco es la Madre Teresa de Calcuta. Fue beatificada por San Juan Pablo II el 19 de octubre del 2003 y canonizada 13 años después por el papa Francisco en la Plaza de San Pedro el 4 de septiembre del 2016 dentro de la celebración del Jubileo de los voluntarios y operarios de la misericordia.
Una de las más recientes fue la de la religiosa María Francisca de Jesús (1844-1904) el 15 de mayo de 2022, nacida en Italia, pero considerada la primera santa de Uruguay, en una ceremonia en la plaza de San Pedro en la que también fueron proclamados santos otros nueve beatos, como el holandés Titus Brandsma y el francés Charles de Foucauld.
María Francisca de Jesús, cuyo verdadero nombre era Ana María Rubatto, fue la fundadora en 1885 de la Congregación de las Hermanas Capuchinas, dedicada al cuidado de los enfermos y, sobre todo, de los niños y jóvenes abandonados.
El tercer papa proclamado santo en tan sólo cuatro años por Francisco fue Pablo VI, quien fue canonizado junto al martirizado arzobispo salvadoreño Óscar Romero. Pablo VI fue beatificado y canonizado por el papa Francisco, el 19 de octubre de 2014 y el 14 de octubre de 2018, respectivamente.
Los últimos en ser canonizados hasta el momento -9 de octubre de 2022- fueron el ítalo-argentino Artémides Zatti y Giovanni Battista Scalabrini. Zatti fue un enfermero, laico salesiano, nacido en Italia y emigrante a Argentina que “dedicó toda su vida a saciar las necesidades de los demás”.
“Artémides Zatti fue un ejemplo vivo de gratitud. Curado de la tuberculosis, dedicó toda su vida a saciar las necesidades de los demás, a cuidar a los enfermos con amor y ternura. Se dice que lo vieron cargarse sobre la espalda el cadáver de uno de sus pacientes. Lleno de gratitud por lo que había recibido, quiso manifestar su acción de gracias asumiendo las heridas de los demás”, elogió Francisco durante su homilía.
Scalabrini, italiano, fue obispo de Piacenza y fundador de la Congregación de los Misioneros de San Carlo. Cuando lo canonizó, al recordar su trabajo para ayudar a los migrantes y refugiados, el papa afirmó que es “escandalosa la exclusión de los migrantes” que “mueren delante de nosotros” en el Mediterráneo, que es ahora el “cementerio más grande del mundo”.

EL PROCESO DE SANTIFICACIÓN

El proceso que puede conducir a la santidad, conocido como “causa”, por lo general no puede comenzar hasta cinco años después de la muerte de una persona. En algunos casos, el Papa puede renunciar a este período de espera de cinco años si hay evidencia abrumadora de que la persona bajo consideración vivió una vida santa.
Este fue precisamente el caso cuando el papa Juan Pablo renunció al período de cinco años para canonizar a la Madre Teresa de Calcuta, quien murió en 1997, y el papa Benedicto lo hizo por la causa de la santidad del papa Juan Pablo, quien murió en 2005. Ambos procesos comenzaron antes de que pasaran cinco años desde su fallecimiento.
En los primeros años de la iglesia católica, un santo podía ser declarado por aclamación del pueblo o por cardenales o por decreto papal.
Hoy, el departamento del Vaticano que estudia las causas de la santidad se conoce como la Congregación para las Causas de los Santos. Sus orígenes se remontan a 1588, pero el departamento ha sufrido varias modificaciones a lo largo de los años.
Después de que la Congregación acepta el nombre de una persona para ser considerada para la santidad, se le otorga el título de “Siervo de Dios”. Si las investigaciones iniciales muestran que el candidato a la santidad vivió lo que se conoce como una vida de “virtudes heroicas”, se le da el título de “Venerable”.
Las comisiones históricas y teológicas de la Congregación estudian la vida de la persona, leen sus escritos y entrevistan a quienes la conocieron. En este punto, para que el procedimiento continúe, se necesita un milagro.
Los milagros no los realizan los futuros santos, sino Dios. La iglesia católica cree que, debido a que un posible santo o santa está en que puede interceder ante Dios para realizar el milagro en alguien en la tierra que ha orado invocándolo.
Un milagro suele ser una curación médicamente inexplicable. Una comisión médica nombrada por el Vaticano determina si hubo o no alguna explicación científica para la curación.
Los milagros no son necesarios si una persona fue mártir, alguien asesinado en lo que la iglesia católica llama “odio a la fe”.
Si se determina un milagro para aquellos que no fueron mártires, la persona puede ser “beatificada” y se le da el título de “Beato”. Por ejemplo, Juan XXIII fue beatificado en 2000 y Juan Pablo fue beatificado en 2011.
Un segundo milagro distinto debe tener lugar después de la beatificación para proceder a la santidad.
A Juan Pablo se le atribuyen dos milagros: la curación inexplicable de una monja francesa que padecía la enfermedad de Parkinson y la curación de una mujer costarricense que sufría de un aneurisma cerebral. Ambos le habían rezado después de su muerte.
A Juan XXIII, por otro lado, se le atribuye un solo milagro: la curación de una monja italiana que sufría de una enfermedad estomacal que los médicos habían determinado que sería fatal.
En el caso del Papa Juan XXIII, el Papa Francisco renunció al requisito de un segundo milagro, dictaminando que después de más de medio siglo desde su muerte, no había duda de que Juan era un hombre santo.
Aunque la canonización pretende reflejar la virtud de una persona, algunos críticos dicen que la iglesia católica se ha colocado en una posición incómoda al convertir a la santidad en una opción casi predeterminada para los papas modernos. Juan Pablo II fue canonizado nueve años después de su muerte, en 2005.

LA CANONIZACIÓN CONTRADICE LO QUE ENSEÑA DIOS EN LA BIBLIA

Según enseña la religión romana, los milagros no los realizan los futuros santos, sino Dios. La iglesia católica cree que, debido a que un posible santo o santa está en que puede interceder ante Dios para realizar el milagro en alguien en la tierra que ha orado invocándolo.
La Biblia enseña que luego que una persona muere va al cielo o al infierno (Lucas 16:22-31), lo cual hace imposible que esta persona pueda escuchar oración alguna hecha en la tierra (Eclesiastés 9:5). Si Dios prohíbe en las Escrituras que se ore o consulte a una persona muerta (Deuteronomio 18:11), ¿cómo promueve la religión católica que una persona muerta, por muy “buena” que haya sido en vida, interceda ante Dios para que haga algún milagro a alguien en la tierra, llegando a elevarla a los altares como “santo(a)”?
Sólo Jesucristo es el intercesor de los hombres ante Dios, porque únicamente Él puso su vida en sacrificio por los pecadores; “de igual manera, Jesús ha sido hecho fiador de un pacto superior. A la verdad, muchos fueron hechos sacerdotes porque, debido a la muerte, no podían permanecer. Pero este, porque permanece para siempre, tiene un sacerdocio perpetuo. Por esto también puede salvar por completo a los que por medio de él se acercan a Dios, puesto que vive para siempre para interceder por ellos. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, puro, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos (Hebreos 7:22-26).
El Espíritu Santo es quien ora e intercede por nosotros ante el Padre y el Hijo, y nos trae la respuesta de ellos cuando oramos (Juan 14-16); por lo tanto, ningún ser humano tiene la facultad que sólo al Espíritu de Dios le fue dada, y mucho menos si se ora a una persona muerta. Eso es lo que se conoce como idolatría, pues de ese humano muerto hacen un ídolo a quien invocan, veneran y rezan, lo cual es condenado por Dios:
“No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo ni abajo en la tierra ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy el SEÑOR tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen” (Éxodo 20:4-5).◄

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