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Guerra espiritual al nivel estratégico

Se debe recordar que estos ídolos, reliquias y estatuas de las diosas madres paganas fueron originalmente los altares de demonios, y que el cambiar de sus nombres no cambia los espíritus malignos

Cuando se pone una ofrenda delante de ellos o si les da otro honor, aparecerá un demonio y dará vida al ídolo muerto / Freepik

“A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, se me concedió esta gracia: anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo, y sacar a luz cuál es la dispensación del misterio que por los siglos ha estado oculto en Dios, creador de todas las cosas; a fin de que la infinita sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en las regiones celestiales, conforme al propósito eterno que llevó a cabo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos libertad y acceso a Dios con confianza por medio de la fe en Él” (Efesios 3:8-12).
El tercero y más alto nivel es la guerra espiritual a nivel estratégico. Esto significa enfrentamiento a espíritus territoriales de alto rango que Satanás ha situado en un área determinada para coordinar las actividades del reino de las tinieblas, con el fin de mantener cegada la mente de las personas al “evangelio de la gloria de Cristo” (2ª Corintios 4:3-4).
Pablo se refiere a este nivel cuando dice: “no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas del mundo” (Efesios 6:12). El espíritu territorial que gobernaba sobre Éfeso y Asia Menor era la renombrada Diana de los efesios (también conocida con su nombre griego, Artemisa). Su templo en Éfeso estaba en la lista de las Siete Maravillas del mundo antiguo; era el ejemplo más sobresaliente y opulento de arquitectura en toda la ciudad. En este lugar se llevaban ofrendas y sacrificios a este poder demoníaco durante todo el año. Sus seguidores la llamaban “magnífica”, “gran diosa”, “salvadora” y “reina del cielo”. Todas las cosas estaban bajo su control antes de que Pablo llegara a Éfeso.
Efectivamente, los ejércitos del Dios viviente estaban acabando con las fuerzas de Diana. La confusión se apoderó de la isla de Éfeso, cuando los demonios bajo la potestad de la Reina del Cielo eran expulsados de las personas con simples pañuelos blancos. Las tropas élite, los magos, desertaban en cantidades del reino de las tinieblas, para abrazar los pies de Jesús, de quien Pablo predicaba. Los ejércitos de Diana se retiraban caóticamente; ¡Diana nunca había visto algo parecido! Estaba perdiendo la autoridad que por siglos había mantenido sobre Éfeso.
El poder de Diana estaba neutralizado por el poder del evangelio, y la gente común y corriente empezó a darse cuenta. Dejaron de adorarla, ya no le ofrecieron más sacrificios y no volvieron a comprar sus ídolos. Al final de los dos años del trabajo ministerial de Pablo, los plateros de Éfeso protagonizaron una manifestación pública, pues eran los fabricantes de los ídolos y se les estaba derrumbando el negocio. Llenaron el inmenso anfiteatro y gritaron por espacio de dos horas: “¡grande es Diana de los efesios!” (Hechos 19:34). Cuando Pablo salió de Éfeso, los principados y potestades de oscuridad habían sido repelidos y el Reino de Dios estaba profundamente arraigado en la región.
Unos seis años después, desde una prisión romana, Pablo escribe una carta a los creyentes de Éfeso. La guerra espiritual, que plantó las primeras raíces de la iglesia, continuaba.
Ahora, Timoteo ejercía su ministerio en Éfeso y a él escribe Pablo cosas como: “milita la buena milicia” (1ª Timoteo 1:18); “pelea la buena batalla” (1ª Timoteo 6:12); “sufre penalidades como un buen soldado de Jesucristo” (2ª Timoteo. 2:3); y “ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida” (2ª Timoteo 2:4). Cuando Timoteo se marchó, Juan visitó Éfeso, como el hombre escogido por Dios para llevar a cabo el ataque final.
El reino de la oscuridad está conectado entre sí y lo que ocurre en cualquiera de los tres niveles afecta a los demás y a todo el dominio de Satanás. La historia posterior, y no la Biblia, nos relata que Juan se trasladó a Éfeso y terminó allí sus días. Ramsey Mc Mullen, especialista en historia del Imperio Romano, en su libro La cristianización del Imperio Romano, años 100 – 400 d.C., argumenta que el factor principal en la conversión de Imperio Romano al cristianismo, fue la expulsión de demonios. En su libro, además, detalla eventos históricos de guerra espiritual; como la historia del apóstol Juan y su enfrentamiento cara a cara con Diana de los efesios.
Juan, a diferencia de Pablo, fue al templo de Diana a hacerle guerra espiritual. Según el libro apócrifo, Los Hechos de Juan, en el propio templo de Diana, Juan oró:
“Oh Dios, que eres Dios por sobre todos los que se llaman dioses; y no obstante, eres rechazado hasta este día en la ciudad de los efesios; Tú que me pusiste en la mente venir a este lugar, lo que yo nunca pensé; Tú que condenas toda forma de adoración, convirtiendo los hombres a ti; por cuyo poder todo ídolo huye, cada demonio y todo poder inmundo; haz ahora que a tu nombre huya el demonio que está aquí, el engañador de esta multitud; y muestra tu misericordia en este lugar, porque ellos han sido extraviados”.
Mientras Juan terminaba de elevar esta oración, casi la mitad del templo se vino abajo, el altar de Artemisa se rompió en pedazos y un sacerdote murió cuando se desplomó el techo. El resultado fue un gran temor y la conversión de todos los presentes. Cincuenta años después del suceso, casi nadie en el Imperio Romano adoraba a Diana.
Juan fue el escribano que escuchó las palabras que pronunció Jesús y las escribió en el texto que encontramos en Apocalipsis. Escribió esto durante el tiempo que pasó en la isla de Patmos, desterrado de su hogar en Éfeso, bajo la persecución del emperador romano Domiciano. Cuando este último murió, Juan volvió a su hogar en Éfeso. Voy a hacer una inferencia, que espero perdonen los oyentes. Aunque no poseo pruebas, pienso que fue después de haber escrito acerca del “vencer” a las siete iglesias, que Pablo regresó a Éfeso y confrontó el poder del templo de Diana de los efesios. La idea es cronológicamente posible.

LA ADORACIÓN DE LA MADRE   

Muchas publicaciones, entre ellas, “La Enciclopedia de las Religiones”, “Las Religiones Paganas”, por Gross; “Las Dos Babilonias” por Hislop; “La Enciclopedia Británica” y “La Enciclopedia Católica” hacen reportes sobre las formas ancianas de religión basadas en una “Diosa Madre con un Niño”. Hay un resumen de algunas de estas religiones en un capítulo titulado “La adoración de la Madre y del Hijo”.
“Y le siguió otro ángel, el segundo, diciendo: ¡Cayó, cayó la gran Babilonia!; la que ha hecho beber a todas las naciones del vino de la pasión de su inmoralidad” (Apocalipsis 14:8).
En el libro de Ralph Woodrow, Babilonia, Misterio Religioso. Estas se parecen mucho a las reliquias, señales y visiones experimentadas hoy día alrededor del mundo. Un párrafo en ese capítulo dice:
“La historia de la madre y del hijo se conocía en la Babilonia antigua, y se desarrolló a una adoración establecida.  Numerosos monumentos de Babilonia muestran la diosa madre Semiramis con su hijo Tamus en sus brazos. Cuando el pueblo de Babilonia fue dispersado a varias partes de la tierra, llevó con él la adoración de la madre divina y su hijo.  Esto explica por qué muchas naciones adoraban a una madre e hijo -en una manera u otra- siglos antes del nacimiento del verdadero Salvador, Jesucristo. La madre y el hijo tenían nombres diferentes en los varios países a los cuales llegó esta adoración. Recordamos que Dios confundió la lengua en Babel.
Algunos de los nombres de estas madres con sus hijos están escritos aquí según las naciones:
La vieja Alemania- “La Virgen Herta” con su hijo.
Escandinavia- “Disa” con su hijo.
Los etruscos- “Nutria”.
Los druidas- “Virgo-Patitura”, la Madre de Dios.
La China- “Shingmoo” o Madre Santa.
Grecia- “Afrodita” o “Cerce”.
La Roma antigua- “Venus” o “Fortuna” con su hijo Júpiter.
India- “Isi”, La Gran Diosa” con su hijo “Iswara”.

Muchos de estos nombres son reliquias que todavía se veneran hoy día de diversas maneras.
Una diosa madre llamada “Astarté” y “La Reina del Cielo” se conocía bien entre los israelitas y se ha dicho que era la esposa de Baal. Esa pareja era una espina en las costillas de Israel. Repetidas veces, “dejaron a Jehová y adoraron a los baales” (Jueces 2:13). (Véase también Jueces 3:7, 1 Samuel 7:3,4; 12:10, 1 Reyes 11:5, 2 Reyes 23.13). Y más tarde, en la época de Jeremías, el pueblo seguía sirviendo a la Reina del Cielo: “La palabra que nos has hablado en nombre de Jehová, no la oiremos de ti; sino que ciertamente pondremos por obra toda palabra que ha salido de nuestra boca, para ofrecer incienso a la reina del cielo, derramándole libaciones, como hemos hecho nosotros y nuestros padres, nuestros reyes, y nuestros príncipes en las ciudades de Judá y en las plazas de Jerusalén, y tuvimos abundancia de pan, y estuvimos alegres, y no vimos mal alguno” (Jeremías 44:16-17).  Los que habían huido a Egipto eran rebeldes.

LA ADORACIÓN DE MARÍA

En el siglo cuarto a.C., cuando la iglesia en Roma fue dirigida por el gobierno romano, muchos paganos de todas partes del Imperio Romano entraron en la iglesia. Trajeron con ellos sus religiones con la adoración de una diosa madre, la cual se negaron a dejar.  Como concesión, se dice que la iglesia permitió que los paganos adorasen estas diosas madres con tal que cambiasen los nombres de “la Madre y su Hijo” a “María y Jesús”.
Cuando los españoles trajeron la cristiandad a Latinoamérica en 1519, no reemplazaron las religiones animistas con la cristiandad, sino que se unieron las dos en una sola religión que se llama “Cristiandad Folklórica”. Como compromiso, las reliquias animistas y sus ídolos fueron dados nombres de varios santos por los españoles.  El cambio de nombre no cambió los espíritus que vivían en o cerca de estas reliquias, haciendo aconsejable la admonición de Juan, “Probad los espíritus si son de Dios”.
Una famosa diosa madre de Egipto era “Isis” con su hijo “Horus”. Uno de los títulos de Isis fue “Madre de Dios”, el cual, como hemos visto, fue dado a María. Se dice que algunas de las estatuas de Isis y Horus fueron llamados María y Jesús más tarde, y que los arqueólogos no pueden diferenciar entre las estatuas de Isis y las de María. Muchas de estas estatuas muestran a Isis o María con una luna creciente debajo de sus pies y con una aureola de estrellas sobre su cabeza.
Es extraña que esta misma estatua parece ser descrita en Apocalipsis como una señal, o advertencia del mal: “Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento” (Apocalipsis 12:1-2). El significado de esta señal puede tener varias interpretaciones, pero en muchas de ellas, la mujer vestida del sol representa la nación de Israel, la cual dio a luz a Cristo. La imagen es semejante al sueño de José. “He aquí, que he soñado otro sueño, y he aquí que el sol y la luna y once estrellas se inclinaban a mí” (Génesis 37:9). En este sueño la doceava estrella fue José mismo a quien se inclinaban su padre, su madre y sus hermanos. Pero la evidencia más segura es que la mujer fue escondida del Anticristo durante los tres años y medio de su reino (versículos 6 y 14), el cual es futuro.
Después de que la iglesia cayó en manos del Imperio Romano y fue inundada con dioses y reliquias paganos, se necesitaba justificar las doctrinas que promocionaban la deidad de María. Para hacer eso, se formularon nuevas doctrinas para hacer un esfuerzo para exaltarla encima de Cristo. Surgieron nuevas enseñanzas, las cuales son contrarias a las Escrituras: la virginidad perpetua, la concepción inmaculada, y, por fin, la “Asunción de María”, la cual fue proclamada en 1951.  Estas doctrinas, ahora conocidas como “La Tradición de la Iglesia”, han sido propuestas como revelaciones posteriores de Dios, y es cierto que Dios nos da nuevas revelaciones, pero nunca contradecirán lo que Él ya nos ha dicho. Dios no se contradice a sí mismo, “pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (1ª Corintios 14:33).
En este mismo proceso, Diana de los efesios se camufló astutamente en el culto a María. La vemos en el culto a la Virgen de Guadalupe, a la Virgen de Chiquinquirá, a la Virgen de la Caridad del Cobre, a la Virgen de Coromoto y en Brasil como La Aparecida, así muchas otras más. Bajo el nombre de Nuestra Señora asume diferentes títulos, como Nuestra Señora la Reina del Cielo, Nuestra Señora del Cielo Reina de los Ángeles o Nuestra Señora de La Asunción.
De una manera similar a lo que ocurrió entre los babilonios, asirios y fenicios, estas deidades han sido consagradas como patronas de diferentes ciudades, regiones y naciones de nuestro continente. Las reliquias, las estatuas y las visiones han puesto el nombre de Jesucristo en el fondo, mientras han emergido estos nombres y títulos para referirse a María. El aumento de la Mariología ha influido notablemente en el desuso del nombre de Jesucristo.
Se debe recordar que estos ídolos, reliquias y estatuas de las diosas madres paganas fueron originalmente los altares de demonios, y que el cambiar de sus nombres no cambia los espíritus malignos.  Alguien escribió alguna vez que los líderes hindúes en India admitieron que sus ídolos no tenían ningún poder en sí mismos -son completamente muertos; pero cuando se pone una ofrenda delante de ellos o si les da otro honor, aparecerá un demonio y dará vida al ídolo muerto. El ídolo o la estatua o reliquia es sólo un punto de contacto con el mundo de los espíritus. Eso puede explicar cómo algunas de nuestras estatuas posteriores parecen hacerse vivas- pueden ser habitadas y autorizadas por demonios como las reliquias de India, haciendo necesario que probemos los espíritus.

Héctor P. Torres
Apóstol, escritor y conferencista

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