La clave para redescubrir la voz de Dios
La Biblia es la voz de Dios a lo largo de las generaciones y, por consiguiente, la función del predicador bíblico es hacer eco de esa voz en nuestra generación. La predicación bíblica es lo mejor que podemos aportar a nuestros ministerios y es lo mejor que podemos aportar a nuestra vida personal. Nada supera la experiencia de beber a fondo la Palabra de Dios, saturarnos con sus verdades, ver nuestra vida cambiada por su poder transformador y luego colocarnos frente al pueblo de Dios para proclamar con gozo y confianza: «¡Veamos lo que Dios nos dice!».
La labor del expositor consiste en ser un puente vivo entre el texto antiguo y la necesidad actual. Su tarea es presentar el significado verdadero y exacto del texto bíblico de una manera que sea relevante para el oyente contemporáneo. Por lo tanto, el ejercicio homilético se despoja de todo protagonismo egocéntrico para convertirse en un acto de servicio sumiso a la revelación divina. Un mensaje bíblico no consiste tanto en comunicar lo que Dios dijo en aquel entonces, como en decir: esto es lo que Dios te dice hoy mismo, a ti.
Si el sermón no conecta la realidad histórica con la vivencia actual, se convierte en una simple conferencia académica muerta.
Para lograr esta fidelidad, el sermón debe permitir que las ideas y la secuencia de pensamiento del autor bíblico fluyan con naturalidad. De hecho, presentar el significado verdadero y exacto del texto bíblico significa que el sermón debe desenvolverse conforme al flujo natural de pensamiento del autor bíblico. Si esto no se cumple, el expositor corre el grave peligro de torcer las Escrituras y presentar bosquejos artificiales basados en ocurrencias personales que diluyen la autoridad divina. Es por ello que la predicación bíblica debe esmerarse en presentar las ideas y la secuencia de pensamiento del autor bíblico inspirado.
Existe una distinción crucial que separa la mera enseñanza de datos de la proclamación bíblica: la diferencia entre información y transformación. El propósito del sermón no es impartir conocimiento. Su función no es informar, sino procurar la transformación. La meta de la predicación bíblica no es volver más educados a los oyentes, sino que el oyente sea más semejante a Cristo.
El primer paso en la preparación de un mensaje bíblico es estudiar el pasaje, y hacer un recorrido lento por el material en su idioma original —hebreo, arameo o griego— merece mucho la pena. A medida que el expositor se empapa y se satura lentamente del texto, alimenta el fuego y la pasión que más adelante querrá transmitir al predicar. Es importante destacar que los idiomas originales proporcionan ciertas sutilezas de sentido y significado que no pueden extraerse de las palabras y frases del texto traducido. Este escrutinio inicial de las Escrituras tiene un gran alcance y se divide en varias fases, entre las que se incluyen leer el contexto inmediato para obtener una visión general, marcar los aspectos que no se entienden del todo, usar las habilidades y recursos en los idiomas originales y, por último, consultar buenos comentarios. Solamente a través de este proceso riguroso el predicador podrá responder adecuadamente a todas las preguntas interpretativas que el texto plantea antes de pretender pararse en el púlpito con autoridad.
La estructura del mensaje debe procurar garantizar tanto la precisión como la vigencia. La elaboración del bosquejo pasará por tres etapas de progreso: desde el bosquejo del pasaje bíblico, pasando por el bosquejo de la verdad eterna, hasta llegar al bosquejo definitivo del sermón. El primer bosquejo es histórico, mientras que el segundo es teológico. El bosquejo del pasaje bíblico describe lo que sucedió en el pasado, mientras que en el bosquejo de la verdad eterna, los enunciados históricos se convierten en declaraciones atemporales que transmiten las verdades eternas que están siendo reveladas por medio del material bíblico.
Nos dice qué sucede en el presente: este es el tipo de experiencias que tiene la gente; así es como Dios trata con nosotros; esto es lo que Dios revela acerca de sí mismo. En definitiva, es la verdad eterna que Dios reveló al inspirar esa porción de las Escrituras. Y por último, se desarrolla el bosquejo definitivo del sermón: cuando el orador considera maneras interesantes y relevantes de presentar la verdad bíblica (p. ej., con una introducción que despierte el interés, con aplicaciones a la vida diaria o el uso de frases elocuentes).
Si bien alcanzar este nivel de excelencia es un proceso arduo, cada hora de esfuerzo y disciplina queda totalmente justificada. Predicar de una manera que sea relevante para el oyente contemporáneo consiste en comunicarle claramente que Dios nos dice algo hoy. Él no solamente lo dijo hace mucho tiempo. Lo dice ahora mismo, a nosotros, justo donde vivimos.
Donald R. Sunukjian
Teólogo, profesor y autor
Tomado se su libro “La predicación bíblica hoy”. Editorial Portavoz.


