Es el pecado en el corazón del hombre y sólo el pecado el promotor y causante de la violencia. La violencia no viene del espacio exterior, sino que brota del interior del ser humano
Según el “Estudio Mundial sobre el Homicidio”, 464.000 personas murieron por delitos violentos en 2019. Este dato es el último registro fiable que he podido encontrar. El delito violento es un delito en el que el agresor o autor utiliza o amenaza con utilizar la fuerza sobre la víctima. Los delitos violentos incluyen el asesinato, la agresión, la agresión sexual, la violación, el secuestro, el homicidio y la negligencia.
Como cristianos tenemos argumentos suficientes para dar un jaque mate a la violencia. Es curioso que para expresar una victoria sobre un mal como es la violencia se pueda utilizar a la vez una expresión violenta como “jaque mate”. Pero, evidentemente, una cosa es el uso del lenguaje y otra el uso de la violencia criminal y asesina.
Una cosa más, en esta breve introducción. Quisiera resaltar que aún hay violencias físicas y mortales permitidas en este mundo caído. Se permite participar en las guerras, se permite la violencia en la defensa personal, incluso se permite cierta violencia física en la disciplina sobre los hijos insensatos. Un día todas estas expresiones de violencia desaparecerán por completo, el día en que el pecado sea erradicado de sobre la faz de la tierra.
LA RAÍZ DE LA VIOLENCIA
La violencia se arraigó en el ser humano desde el mismo instante en que pecó en el jardín del Edén. Prueba de ello es que el relato del primer acto violento de un ser humano sobre otro se recoge en las primeras páginas de la Biblia cuando Caín mató a su hermano Abel. Desde entonces la violencia ha sido recurrente a lo largo de la historia.
Porque: ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís (Santiago 4:1-2). Es el pecado en el corazón del hombre y sólo el pecado el promotor y causante de la violencia. La violencia no viene del espacio exterior, sino que brota del interior del ser humano. Como cristianos bíblicos sabemos que todo aquél que no ha recibido en su corazón el amor de Cristo seguirá practicando la violencia hacia otros en su vida, quizá hasta sobre sí mismo.
EL CUERPO LE PERTENECE A DIOS
No sólo la vida sino el cuerpo le pertenece a Dios y nadie tiene derecho para maltratar aquello que en última instancia no es suyo propio. Dice el salmista: “Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Salmo 139:16). Por lo tanto, del mismo modo que nos oponemos al aborto debemos evitar el ejercicio de la violencia sobre el cuerpo de otro ser humano. Este simple pensamiento debería ser suficiente para erradicar cualquier atisbo de violencia en el cristiano. Nadie tiene derecho para ejercer violencia indiscriminada sobre otro pues tendrá que rendir cuentas a Dios por sus actos.
¿QUÉ HACÉIS DE MÁS?
El creyente, no obstante, está llamado no sólo a no ejercer la violencia, sino a ser un promotor de la paz. El creyente cuidará tener sus propios miembros e instintos sujetos a la mansedumbre fruto del Espíritu Santo en su vida, pero además no se podrá cruzar de brazos ante la violencia ajena. Cada acto de violencia que se ejecute ante el creyente es una ocasión para intervenir como un emisario de la paz.
Su misión no deberá limitarse a ser un mero mediador en los conflictos, un freno a los altercados o un vocero pacifista. Ha de ir más allá buscando la conversión de esos agentes violentos en agentes pacíficos y pacificadores. Y eso sólo se consigue con la proclamación del evangelio a los hombres. El evangelio es el único baluarte firme y seguro para la transformación del hombre y la sociedad.
LA VIOLENCIA DE LA CRUZ
El jaque mate a la violencia pasa por poner los ojos en la cruz del Calvario y observar allí al Cristo crucificado. Toda la violencia ejercida sobre el cuerpo de Jesús nos habla de nuestro propio pecado. Su cuerpo flagelado, la corona de espinas, sus pies y manos horadadas, así como su costado abierto, son fruto de nuestras rebeliones hacia Él. Cada uno de nosotros ha tenido una participación muy directa en la violencia ejercida contra Jesús en el Calvario.
No sólo fueron aquellos soldados romanos los que escarnecieron a Jesús, sino que con toda propiedad podemos decir que son nuestros pecados los que ejercieron dicha violencia contra él. Este pensamiento también debería ser suficiente para erradicar la violencia de nuestras vidas, evitar las venganzas y aprender a soportar el agravio como él lo soportó por nosotros. (1ª Pedro 2:22-24).
Carlos Rodríguez
Pastor
En la Calle Recta, Nº 275




