Un pastor que le pide a una máquina que le diga qué decir no es un pastor que usa herramientas. Es un pastor que renunció a su función más esencial
En 1974, David Wilkerson publicó La visión, un libro que sacudió a las iglesias evangélicas del mundo con una advertencia que muchos descartaron como exageración y que el tiempo fue confirmando punto por punto. Wilkerson no hablaba de política ni de economía. Hablaba de una iglesia que se iría vaciando por dentro, una iglesia que seguiría teniendo forma de iglesia, pero habría perdido su esencia. Cincuenta años después, esa advertencia adquiere una dimensión que él probablemente no anticipó, la inteligencia artificial está ocupando los púlpitos.
Esto que digo no es una exageración periodística. El 50% de los pastores en Estados Unidos ya reconoce usar IA para preparar sus sermones. Algunos la usan para generar ideas, otros para corregir borradores, y un número creciente, para escribir directamente el mensaje que luego predicarán a su congregación. Lo que antes era oración, estudio, lucha interior, noches de meditación sobre un texto, ahora es una consulta a un chat. El resultado llega en segundos. Prolijo, ordenado, con estructura homilética perfecta. Y completamente vacío de alma.
Esto que estoy describiendo no es sólo un problema tecnológico. Es un problema espiritual y cultural de primera magnitud, y los pastores y líderes tienen la responsabilidad de entenderlo como tal.
Cuando un pastor sube al púlpito con un sermón generado por inteligencia artificial, no está cometiendo simplemente un error metodológico. Está rompiendo el pacto más básico del ministerio, el de ser un mensajero que primero fue formado por el mensaje. La predicación cristiana, en cualquier denominación, supone que quien habla ha pasado por algo. Que el texto lo trabajó a él antes de que él trabajara el texto. Que hay una trayectoria de fe, de duda, de intercesión, detrás de cada palabra. Cuando eso desaparece, lo que queda es un performance. Un producto. Algo que suena a ministerio, pero no lo es.
Matthew Petrusck, del Word On Fire Institute, lo dice enfáticamente, la congregación lo percibe. No siempre puede identificar exactamente qué falta, pero algo en el espíritu humano reconoce la diferencia entre lo genuino y lo artificial. La confianza se erosiona. El vínculo entre pastor y comunidad, que es el tejido mismo de la iglesia local, se debilita sin que nadie sepa exactamente por qué.
Los líderes necesitan entender que este fenómeno no ocurre en el vacío. Ocurre en una cultura que lleva décadas erosionando la profundidad en favor de la velocidad, la autenticidad en favor de la producción, la formación en favor del contenido. La IA no creó ese problema. Lo profundiza y lo acelera. Es la culminación lógica de una iglesia que aprendió a pensar en términos de audiencias, de impacto, de métricas, en lugar de discipulado, formación y presencia.
Wilkerson ya veía esa tendencia. En La visión (1974) advirtió sobre una iglesia que se volvería más entretenida que profética, más atractiva hacia afuera que genuina hacia adentro. No usó la palabra algoritmo, claro. Pero la lógica que describió es exactamente la misma: cuando la forma reemplaza al fondo, cuando la apariencia de espiritualidad desplaza a la espiritualidad misma, la iglesia pierde su razón de existir aunque sus edificios sigan llenos.
La crítica no es a la tecnología en sí. Una computadora puede ayudar a investigar contextos históricos de un texto bíblico, a organizar bibliografía, a corregir la gramática de un documento. Eso es legítimo. Lo que no es legítimo es delegar la voz. Un pastor que le pide a una máquina que le diga qué decir no es un pastor que usa herramientas. Es un pastor que renunció a su función más esencial.
El desafío para los líderes hoy es doble. Por un lado, necesitan hacer el trabajo incómodo de examinar honestamente cuánto de su ministerio se está tercerizando, no sólo en los sermones, sino en la orientación espiritual, en el contenido que publican, en las respuestas que dan. Por otro lado, necesitan enseñar a sus congregaciones a discernir, a desarrollar la capacidad crítica para distinguir entre lo que proviene de una persona formada y lo que proviene de un sistema entrenado para imitar.
La iglesia que no asuma este debate con seriedad corre el riesgo de convertirse exactamente en lo que Wilkerson temía, una institución con toda la apariencia de la fe y ninguno de sus frutos. Una voz que habla mucho y no dice nada, porque lo que dice no le costó nada. El púlpito vacío no es el que no tiene pastor. Es el que tiene uno que ya no tiene nada propio que decir.
Julio César Chaves
Psicopedagogo
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