A veces la herida que pensabas que te destruiría es la herramienta que Dios usa para transformarte. A veces la noche que te rompe es la noche que Dios usa para escribir otra historia en ti
Tenía sólo 22 años.
Era joven, brillante, amado y miles acudían a escucharlo predicar.
Pero nadie esperaba que aquella noche (una noche real, histórica) se convirtiera en la herida más profunda de su vida.
Surrey Gardens, 19 de octubre de 1856.
Esa tarde, más de 10.000 personas abarrotaron el auditorio para oír al joven predicador.
Otros miles se quedaron fuera, intentando entrar, rompiendo ventanas, trepando paredes, empujando puertas.
Dentro, Spurgeon subió al púlpito temblando.
Nunca había visto tantos rostros juntos.
Y entonces sucedió.
Alguien gritó: “¡EL EDIFICIO SE DERRUMBA!”.
No era verdad.
Era un acto malicioso.
Un grito diseñado para destruirlo.
Pero en una multitud de miles… aquel grito fue suficiente.
El pánico estalló.
La gente corrió, cayó por las escaleras, aplastó bancos, rompió barandillas.
Se escuchaban gritos, llantos, madera rompiéndose…
Y en cuestión de segundos:
7 personas murieron.
28 quedaron heridas.
Y Spurgeon, desde el púlpito, lo vio todo.
Su rostro se desfiguró.
Sus piernas fallaron.
Se desplomó en el suelo, inconsciente.
Su esposa, Susannah, fue testigo de cómo sacaron a su marido del auditorio, inerte, con los ojos cerrados, como si hubiera muerto.
Spurgeon cayó en una oscuridad tan profunda que casi abandonó el ministerio…
Cuando despertó y le contaron lo sucedido, Spurgeon rompió a llorar como un niño.
Durante semanas no podía hablar sin llorar.
No podía orar.
No podía abrir la Biblia.
Llegó a escribir: “Mi espíritu quedó destrozado. Estuve cerca del horno ardiente de la locura”.
Los periódicos lo atacaron sin piedad:
“Asesino de siete personas”.
“El joven predicador de la muerte”.
“Irresponsable. Fanático. Peligro público”.
Spurgeon, que nunca había buscado fama, ahora cargaba con la culpa del mundo.
Hubo un día en que, según su esposa, Spurgeon cayó de rodillas, agarró su cabeza con ambas manos y gritó:
“¡No podré predicar jamás! ¡Jamás! ¡Jamás!”.
Susannah escribió que jamás lo vio tan quebrado, tan vacío, tan roto.
Pero Dios lo levantó de la forma más inesperada…
Unos días después, un anciano de su iglesia le envió un pequeño papel.
No tenía carta, ni consejo, ni sermón.
Sólo tenía un versículo: “Porque Jehová tu Dios es el que va contigo; Él no te dejará ni te desamparará” (Deuteronomio 31:6).
Spurgeon escribió:
“Aquella palabra me volvió a la vida. Me levanté. Y prediqué”.
Y ese mismo joven, que estuvo a punto de abandonar el ministerio por una tragedia que casi destruye su salud mental… se convirtió en el predicador más influyente de toda una generación.
Su esposa dijo: “Aquel desastre lo quebrantó… pero también lo hizo más parecido a Cristo”.
Y su biógrafo afirmó: “Surrey Gardens mató algo en Spurgeon… pero despertó al hombre que cambiaría Inglaterra”.
A veces la herida que pensabas que te destruiría es la herramienta que Dios usa para transformarte.
A veces la noche que te rompe es la noche que Dios usa para escribir otra historia en ti.
Spurgeon casi muere espiritualmente esa noche.
Pero Cristo lo rescató, lo levantó, lo sostuvo… y lo convirtió en un testigo de la gracia incomparable de Dios.
Soli Deo Gloria
En Su Presencia



