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Anclados en Cristo, Liliana González de Benítez

Jesús es el ancla que nos mantiene quietos y perseverantes en nuestros padecimientos. Aferrémonos a Él

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Todo experto marinero sabe que necesita un ancla para navegar. El ancla es un instrumento de hierro con forma de anzuelo y puntas rematadas en ganchos, va sujeto a una cadena y se arroja desde una embarcación al fondo del mar, para asegurar la nave y evitar que esta derive.
La Escritura usa un ancla de manera metafórica para describir la esperanza firme y segura que los creyentes tenemos en Cristo. Así como el marinero, en medio del mar embravecido, arroja el ancla para sujetar su embarcación y no ser arrastrado por el fuerte oleaje, los cristianos nos sujetamos a la esperanza que tenemos en Cristo. “Esta esperanza mantiene firme y segura nuestra alma, igual que el ancla mantiene firme al barco. Es una esperanza que ha penetrado hasta detrás del velo en el templo celestial” (Hebreos 6:19. DHH).
Cristo Jesús es nuestra ancla en medio de las aguas turbulentas de la vida. Ciertamente, los cristianos vamos a sufrir aflicciones, pues de este mundo quebrantado por el pecado nadie sale ileso, pero los cristianos sufrimos con los ojos fijos en la bendita esperanza del evangelio: “la esperanza de vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde los tiempos eternos” (Tito 1:2).
La vida del ser humano es corta y llena de sinsabores. Nuestros días están contados. Puede que algunos lleguemos a los setenta años; y los más robustos, sobrepasen los ochenta. Pero una cosa es segura: todos morimos (Salmo 90:10). Nadie puede salvarse del poder de la tumba.
No obstante, hay Uno que entró en el lugar de los muertos y resucitó (Romanos 14:9). Él es nuestro Sumo Sacerdote. “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra”, dijo Jesús. (Mateo 28:18). Por lo tanto, ¡Todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo! Porque escrito está: “«Tan cierto como que yo vivo—dice el Señor—, ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua confesará a Dios»” (Romanos 14:10-11).
Todos los seres humanos, tantos los que creen como los que no creen en Jesús, estaremos un día ante el trono celestial y seremos juzgados. Dice la Biblia que “Dios traerá toda obra a juicio, junto con todo lo oculto, sea bueno o sea malo” (Eclesiastés 12:14). Ese glorioso día, los que hemos depositado nuestra fe en Jesucristo y andado en obediencia a sus Estatutos, escucharemos al Juez de la tierra decir: «Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor» (Mateo 25:23).
Esta es la esperanza del cristiano. ¡Una esperanza viva! Pues, Jesús es el “Gran Sumo Sacerdote” (Hebreos 4:14). Él entró al lugar santísimo, una vez y para siempre, y con su preciosa sangre lavó nuestros pecados. Gracias a su bondad e infinita misericordia: “No hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).
Jesús es el ancla que nos mantiene quietos y perseverantes en nuestros padecimientos. Aferrémonos a Él, pues comprende nuestras luchas, porque enfrentó todas y cada una de las pruebas que enfrentamos nosotros, pero sin caer en pecado.
Bendigamos a Dios y demos gloria a su nombre, porque en Cristo tenemos una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos. Y por medio de nuestra fe, somos protegidos por el poder de Dios para heredar la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo (1ª Pedro 3-5).

Liliana González de Benítez
Periodista y autora
[email protected]

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