No hay intencionalidad alguna: demostramos tarde o temprano lo que somos o el producto de nuestras motivaciones, disciplinas o descuidos
“Hay quienes pretenden ser ricos, y no tienen nada; y hay quienes pretenden ser pobres, y tienen muchas riquezas” (Proverbios 13:7).
Hace años leí sobre personas que iban a los supermercados y llenaban sus carritos de compra con lo más suculento, variado y costoso. Caminaban normalmente exhibiéndose, para luego abandonar los carros atiborrados de mercancía en cualquier pasillo. Otros, soportaban el calor en sus autos, pues cerraban los vidrios para que creyeran que tenían aire acondicionado y hasta usaban celulares de juguete para aparentar que tenían un teléfono inalámbrico. Igualmente escuché de un hombre con mucho dinero que vestía con tanto descuido que lucía como un zarrapastroso.
Uno se pregunta, ¿quién lo estará haciendo peor? Alguien dirá: ―si se tiene dinero, lo demás no importa―. Sin embargo, el proverbista no se refiere a una virtud escondida. Es cierto que en la vida cristiana hay una pobreza que nos hace ricos, pero en nuestro proverbio, tanto el que no tiene, pero hace ver que tiene, y el que tiene, pero se presenta como quien no tiene son animados por motivos incorrectos. Tendrán una vida fatigosa y decepcionante respectivamente.
Pero el asunto es distinto cuando llevamos esto al plano espiritual. Hay quienes se están haciendo ricos y no lo saben y están aquellos que se empobrecen y tampoco se dan cuenta. Y es que la espiritualidad de un creyente no se exhibe, simplemente se ve. No hay intencionalidad alguna: demostramos tarde o temprano lo que somos o el producto de nuestras motivaciones, disciplinas o descuidos.
La acepción bíblica de esta riqueza es expresada por Pablo al decir: “como pobres, pero enriqueciendo a muchos” (2ª Corintios 6:10); Pedro dijo: “no tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy” (Hechos 3:6). ¿Cuál es tu verdadera riqueza?




