De virus y vacunas

El cristiano tiene la responsabilidad de ayudar a las autoridades sanitarias a desempeñar su trabajo sin trabas, al mismo tiempo que tiene que ejercitar el ministerio de diaconía para socorrer a todos los afectados por la Covid-19

(Alfonso Ropero Berzosa).-

La pandemia causada por la Covid-19 ha sido la primera gran enfermedad de esta parte del siglo XXI en cuanto a su alcance global. Ni siquiera los países más desarrollados técnica y científicamente se han visto libres de ella. Hasta aquí las epidemias parecían cosas del pasado, o males que solo afectaban a los países infradesarrollados, una “enfermedad de pobres”. Pero ha resultado que los países más ricos también han sido tocados y casi hundidos en sus poderosas industrias que dominan el mar, la tierra y el aire. Precisamente la globalización ha influido en ella.
Los virus y las bacterias llevan con nosotros desde el principio de la vida en nuestro planeta. Son parte esencial de ella y los tenemos a millones en nuestros organismos. Un verdadero universo biológico infinitamente pequeño que causa nuestra enfermedad o contribuye a nuestra salud. No todos los virus son dañinos, si así fuera la vida humana sería imposible en la tierra. Han sido causantes de grandes mortandades a juzgar por los primeros registros históricos que disponemos. Ángeles exterminadores según la mentalidad de aquella época. Esto ha sido así porque el ser humano es una criatura en constante movimiento, siempre ansioso de explorar nuevos territorios. En su marcha migratoria ha entrado en contacto con animales portadores de virus patógenos para los que no estaba preparados, “enfermedades zoonóticas”. Con el paso del tiempo la familia humana dispersa y aislada cada una en sus propios nichos vitales y ecológicos ha sufrido trágicamente el encuentro con seres humanos de otras latitudes portadores de enfermedades contra las que no estaban inmunizados, causantes de más muertes que el enfrentamiento bélico. Así ocurrió en el llamado descubrimiento de América y su posterior conquista por los españoles y otros europeos.
En la actualidad, aunque las circunstancias han cambiado mucho, el mecanismo de infección es más o menos el mismo. Unos seres humanos entran en contacto con otros seres humanos, especialmente animales silvestres, portadores de virus patógenos para los que los intrusos no tienen defensa. La tala indiscriminada de bosques y selvas; el desplazamiento, como resultado de la destrucción de su hábitat natural de los animales y la invasión humana de esas nuevas tierras ganadas a la selva son el caldo de cultivo ideal para las enfermedades víricas. Criaturas que han vivido separadas durante milenios se exponen así a virus que unos y otros portan y que pueden acabar en epidemias mortales. Esto es lo que nos dicen los epidemiólogos después de estudiar y analizar las últimas pandemias que han afectado a la humanidad.
El ser humano transgrede fronteras y barreras naturales sin ser consciente de los peligros a los que se expone. En su desmedida ambición por explotar los medios naturales para enriquecerse, no repara en los daños que puede ocasionar. Hasta que un pequeñísimo elemento biológico, que no llega ni a la categoría de ser vivo, el virus, le recuerda la fragilidad de toda su industria.
El ser humano es por naturaleza un transgresor, un pecador en términos teológicos. A poner coto a los desmanes que el ser humano es capaz de cometer, obedecen las leyes que Dios ha puesto delante de la humanidad para que no las traspase, si quiere que le vaya bien en la vida. Tales leyes, mandamientos y ordenanzas no son una imposición arbitraría de un Poder Soberano más allá de los cielos, sino la indicación del orden de una voluntad amorosa al servicio de la vida, siempre puesta en peligro por la codicia, la soberbia y la ineptitud humanas. Los mandamientos divinos son esas señales en la autopista de nuestro caminar que nos avisan de los cruces y tramos peligrosos y de las curvas cerradas en los que muchos se estrellan.
Desde el mismo comienzo de la pandemia Covid-19 muchos religiosos predicaron que esta enfermedad era un castigo de Dios por los pecados nefandos de la sociedad, o que era una señal evidente del final de los tiempos. A mí me parece que ni una cosa ni otra. Yo creo que nos está enseñando otra cosa. Dios, en cuanto fundamento último de todo cuanto existe, nos está dando una lección mediante la naturaleza para que detengamos nuestra carrera loca de destrucción, contaminación y polución de ríos, bosques, mares, cielos… Se han transgredido muchas fronteras que deberían ser inviolables. Se ha quebrantado la buena relación con los seres puestos a nuestro cuidado. No se ha escuchado el clamor de la creación y esta ha respondido de la única forma que sabe, procurándose nuevos reservorios, aunque para nosotros esto signifique la enfermedad y la muerte.
Afortunadamente, y gracias a muchas inteligencias y recursos puestas a investigar la raíz y naturaleza de la enfermedad, en un tiempo récord se ha encontrado la vacuna, o vacunas, con la que inmunizar a la población mundial contra ese virus desbocado que nos acosa. Sintomáticamente, y prueba de la locura incurable de la humanidad, también en ese afán por la ciencia humana, muchos han levantado la voz para confundir, asustar e impedir que el remedio llegue a todos, aduciendo mil y una conspiración que solo está en el cerebro enfermo de quienes promueven los bulos.
El principio de la vacuna es relativamente simple y representa uno de los logros más grandes de la ciencia humana. Es el uso inteligente del agente natural causante de la enfermedad contra sí mismo. Una forma ingeniosa e inocua de inducir una respuesta inmunitaria sin causar enfermedades. Según nos explican los médicos, cuando los gérmenes, como el virus que causa la Covid-19, invaden nuestro organismo, atacan y se multiplican, produciendo una infección causante de la enfermedad. Nuestro sistema inmunitario tiene diversas herramientas para combatir las infecciones. La sangre contiene glóbulos rojos que transportan oxígeno a los tejidos y órganos, y glóbulos blancos o inmunitarios que combaten las infecciones, pero a veces se ven superados por los nuevos y desconocidos invasores. Las vacunas ayudan a nuestro organismo a desarrollar inmunidad contra los virus que causan su mal. Las vacunas ARN mensajero (ARNm) contienen material del virus que causa la Covid-19, el cual instruye a nuestras células a crear una proteína inocua que es exclusiva del virus. Una vez que nuestras células copian la proteína, destruyen el material genético de la vacuna. Nuestro organismo reconoce que esa proteína no debería estar presente y crea linfocitos T y linfocitos B que recordarán cómo combatir el virus que causa el Covid-19 si nos infectamos en el futuro.
Otro tipo semejantes es la vacuna de vectores. Contienen una versión modificada de otro virus diferente del virus que causa el Covid-19. Dentro de la envoltura del virus modificado, hay material del virus que causa el Covid-19. Esto se llama “vector viral”. Una vez que el vector viral está en nuestras células, el material genético les da instrucciones a las células para que produzcan una proteína que es exclusiva del virus que causa el Covid-19. Con estas instrucciones, nuestras células hacen copias de la proteína, lo cual despierta en nuestro organismo una respuesta y empieza a crear linfocitos a los que nos hemos referido antes.
La parte más difícil del proceso, una vez diseñada la vacuna, es cómo fabricarlas a una escala suficiente y producir los miles de millones de dosis necesarias para vacunar a la población mundial y, además, hacerlo a una velocidad tal que el ritmo de inoculación logre superar la propagación y la posible mutación del virus.
El cristiano tiene la responsabilidad de ayudar a las autoridades sanitarias a desempeñar su trabajo sin trabas, al mismo tiempo que tiene que ejercitar el ministerio de diaconía para socorrer a todos aquellos que de una manera u otra se han visto afectados por la Covid-19, todos aquellos que han perdido sus medios de vida y que se hallan expuestos a la miseria más ignominiosa, además de la enfermedad. En estos tiempos de necesidad es más urgente que nunca mostrar el amor cristiano al servicio de los más necesitados.

ALFONSO ROPERO BERZOSA

Alfonso Ropero

PH.D. (St. Alcuin House University, Oxford Term. Inglaterra. St Anselm of Canterbury College); Th.M. (Centro Superior de Estudios Teológicos, CEIBI, Santa Cruz de Tenerife). Fundador y pastor durante 20 años de la Iglesia Evangélica de Tomelloso (Ciudad Real, Esp aña). Impartió clases de Historia de la Iglesia en el Colegio Bíblico de la Gracia (Ciudad Real). Profesor de Historia de la Filosofía en el CEIBI. En la actualidad es Director Editorial de CLIE.
Ha publicado gran número de estudios bíblicos y teológicos en revistas especializadas, y ha dado conferencias y seminarios en varios países de Europa y América. Como escritor ha sido galardonado con varios premios literarios (de narración Félix Grande, y de periodismo Francisco Martínez). Autor de varias obras de historia, teología y filosofía, actualmente está dirigiendo y coordinador en la redacción del Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia, recientemente publicado por la Editorial CLIE.

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