viernes, junio 12, 2026
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Dualismos e inconsistencias que destruyen pastores

Existe una contradicción flagrante cuando se asocia la vida espiritual con la oración, pero no con el deber conyugal o laboral. Es un error separar lo secular de la adoración

En la cultura eclesiástica actual, saturada de programas y activismo, emerge un peligro latente: disociar el ejercicio de los dones del desarrollo del carácter. Adorar implica postrarse y apartarse para Dios en un acto de amor apasionado; sin embargo, esta búsqueda espiritual se vuelve espuria cuando se divorcia de la vida integral del creyente. La Escritura es tajante: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso” (1ª Juan 4:20). Bajo esta premisa, debemos examinar las inconsistencias que fracturan nuestro testimonio. Uno de ellos es el orden de prioridades: El ministerio del hogar.
Es fundamental comprender que el servicio a Dios comienza en la alcoba y en la mesa, no en el púlpito.
Para la mujer: Su primer ministerio es su marido. La mujer fue creada para suplir la necesidad de compañía del hombre, tal como establece el diseño original: “Y dijo YHVH Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (Génesis 2:18). Antes que el activismo en la iglesia, su llamado es ser esa columna de compañía y apoyo.
Para el hombre: Su primer ministerio es dejar padre y madre y unirse a su mujer. Este es un mandato de prioridad absoluta: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). Su primer ministerio es amarla, bajo el estándar de sacrificio de Cristo: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25).
Quien descuida estos roles por “atender la obra”, en realidad ha negado la fe y es peor que un incrédulo (1ª Timoteo 5:8).
Otro aspecto a observar es el consenso en la Disciplina Espiritual.
Un error común y destructivo es tomar decisiones “espirituales” de forma unilateral. Muchos líderes se apartan para ayunar o trabajar para Dios sin consultar con su cónyuge, generando resentimiento. La Biblia establece que la piedad requiere mutuo acuerdo:
“No os neguéis el uno al otro, a menos que sea por mutuo consentimiento y por algún tiempo, para dedicaros a la oración…” (1ª Corintios 7:5).
La piedad no otorga licencia para el egoísmo. Antes de comprometerse con actividades eclesiásticas, debe existir un diálogo previo. En el diseño bíblico, la autoridad y la cobertura implicaban el derecho al consenso; el cumplimiento de un voto o compromiso no debía accionarse sin el visto bueno de la cabeza de la casa (Números 30).
Por otra parte, es notorio la presencia de Dicotomías y Dualismos Peligrosos.
Existe una contradicción flagrante cuando se asocia la vida espiritual con la oración, pero no con el deber conyugal o laboral. Es un error separar lo secular de la adoración.
El error del “tiempo completo”: Se oye a menudo: “Dios me dijo que dejara todo para servirle”, descuidando el sustento propio. Resulta que la adoración es factible en cualquier actividad diaria. Pablo, siendo apóstol, trabajaba haciendo tiendas (Hechos 18:3). Todo lo que se hace, se hace para Dios: “Y todo lo que hagáis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús” (Colosenses 3:17).
También es contradictorio que se diga “Dios me habló”, pero que esa voz nunca les instruya a sujetarse, pagar sus deudas (Romanos 13:8) o atender su casa.
Hay incongruencias en el Liderazgo y el Carácter.
Resulta inverosímil observar ministros que dicen estar guiados por Dios, pero: absorben el tiempo de mujeres casadas o jóvenes sin el consentimiento de sus autoridades naturales (padres o esposos).
Tratan a los hermanos con sonrisas, pero a sus hijos y pareja los maltratan o “tratan a las patadas”.
Exigen lealtad y dinero, pero no honran a sus propios pastores ni apartan recursos para bendecirlos.
Erramos cuando el materialismo nos aleja de la iglesia, pero también cuando el “espiritualismo” nos vuelve groseros, contenciosos o irrespetuosos hacia las figuras de autoridad. Muchos hogares y ministerios se han destruido porque se olvidó que el carácter es el fundamento del carisma.

Leobaldo Barradas
Apóstol, psicólogo y conferencista

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