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Ejercita tu espíritu, Liliana González de Benítez

Mientras más tiempo pasemos en su presencia le damos prioridad a los dones espirituales y obedecemos sus preceptos, desarrollamos el carácter y la madurez en Cristo

/ Freepik

Al iniciar mis ejercicios de calentamiento matutinos, una amiga cristiana se acercó buscando consejo, dijo que aunque su arrepentimiento fue genuino y Dios la perdonó, no olvida su pecado. (Algunas personas después de recibir a Cristo como su Señor y Salvador y ser purificados con Su sangre aún sienten remordimientos). En ese momento solo alcance a decirle: ¡Ejercita tu espíritu!
Jesús dijo: “Velad y orar” (Mateo 26:21) es un mandamiento sine qua non. En realidad, somos seres espirituales viviendo una experiencia humana, nuestros cuerpos envejecen, se deterioran y mueren, pero nuestros espíritus no, razón poderosa para prestarle mayor atención. Cuando me siento exhausta y no puedo continuar con mi rutina de ejercicios el entrenador exclama: ¡Esfuérzate! Esa simple palabra me anima a continuar hasta el final. Cuando nos revestimos de fortaleza espiritual el pecado no podrá tocarnos, solo así podremos sentarnos, descansar y gozarnos en la paz de Dios.
Realizar regular y sistemáticamente alguna actividad física es beneficioso para la salud, nos alarga la vida, es un canal para desarrollar el carácter, la disciplina, la toma de decisiones y el cumplimiento de las reglas. Lo mismo ocurre con nuestros espíritus cuando nos mantenemos vigilantes y oramos sin cesar, Dios comienza a tratar con nuestra “carne”, a crucificarla, nos confronta con nuestras concupiscencias y nos reviste de fortaleza para rechazar las tentaciones y de dominio propio para mantener a raya las debilidades. Mientras más tiempo pasemos en su presencia le damos prioridad a los dones espirituales, obedecemos sus preceptos, desarrollamos el carácter y la madurez en Cristo. Eso nos garantiza que ningún demonio, ninguna debilidad, ni los errores del pasado nos sacarán de la carrera.
Hay quienes piensan que son demasiado viejos para empezar a hacer alguna actividad deportiva, otros que su forma física ya es demasiado mala para intentar recuperarla. Y hay a quienes los desaniman la obesidad, la diabetes, o alguna discapacidad física. Pero generalmente son la pereza, o las expectativas de fatiga y dolor las que impiden que ni siquiera lo intenten. Las mismas excusas que le damos a Dios para mantener una vida en pecado, sin dominio propio. Desconocer la misericordia de Dios y el gozo de vivir en su presencia frena el crecimiento y desarrollo espiritual de la mayoría. Las Escrituras aseguran que Dios ha echado nuestros pecados al fondo del mar y no se acuerda de ellos (Miqueas 7:19). Tal vez su perdón rebase nuestro entendimiento y por esa causa hay quienes continúan recordando su pecado. Una vez que Dios lava con su Sangre nuestras iniquidades es como si nunca hubieran sucedido. ¡Expediente limpio!
Cuando ejercitamos el espíritu y el cuerpo, el dolor pasa, las articulaciones se distienden, el ritmo cardiaco se estabiliza y antes de que nos percatemos, aumentamos la resistencia, crece nuestra fidelidad en afinidad con la obediencia, nos vemos y nos sentimos mejor al punto de correr un maratón y alcanzar la victoria en Cristo Jesús.

Liliana González de Benítez
Periodista y autora
lili15daymar@hotmail.com

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