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El milagroso poder del perdón, Liliana González de Benítez

Perdonar es una decisión, no un sentimiento. No podemos esperar olvidar  la ofensa para perdonar

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Hace algunos meses el líder juvenil de nuestra iglesia sufrió un atentado. Un muchacho lo apuñaló muy cerca del corazón, perforándole el pulmón izquierdo. Mientras se debatía con la muerte su padre elevó una plegaría al cielo que recordaré por siempre. No solo perdonó públicamente al agresor de su hijo, sino clamó para que éste llegara a los pies de Jesús y se arrepintiera de sus pecados. Fue una actitud de valentía y coraje que agradó mucho a Dios, al extremo de soltar su poder y misericordia para liberar al joven de los brazos de la muerte. Lo más común hubiera sido escuchar al padre bañado en lágrimas vociferar maldiciones en contra del asaltante, por el contrario, mantuvo firme su fe en Cristo y obedeció el mandamiento divino de perdonar a nuestros deudores. “Porque el Señor es un Dios justo. Bienaventurados todos los que confían en Él” (Isaías 30:18).

¿CÓMO PERDONAR A ALGUIEN QUE ME HA HECHO PROFUNDO DAÑO?

Perdonar es una decisión, no un sentimiento. No podemos esperar olvidar la ofensa para perdonar, ni tampoco asumir que el dolor y la ira se esfumarán como el vapor del agua. Por lo tanto, se precisa de valentía para tomar la decisión de ser libres de la falta de perdón, que, dicho sea de paso, es un elemento de cooperación con el maligno para que nos mantenga cautivos tras las rejas de la amargura y el resentimiento.
Sabremos que hemos perdonado cuando somos capaces de orar por la persona que nos ha hecho daño, seguramente al principio causa trabajo, es difícil, pero al establecer contacto con el Espíritu Santo las plegarias fluirán espontáneamente, Él transformará el corazón de piedra en uno noble y compasivo y pondrá en nuestra mente los motivos para orar por quienes nos ofenden.
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitare el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne” (Ezequiel 36:26).
La vida es un viaje y es nuestra decisión disfrutar el paisaje en primera clase o arrastrar exceso de equipaje en el vagón de tercera. Vivimos cuando preferimos la libertad, la paz interior y el amor. Sobrevivimos cuando somos reos del odio y el rencor. No dejes que nada ni nadie detenga las bendiciones que Dios ha reservado para ti. Confiesa al Señor tu falta de perdón, renuncia al odio y a la amargura, ora por liberación y sanación para tu alma, bendice a tu agresor y sé su intercesor ante el Santo Padre. Al despojarte de todo ese sobrepeso tendrás plenitud de vida y alcanzarás grandes victorias. Si no quieres hacerlo, le estarás hipotecando tu vida al enemigo, atrayendo desdicha y enfermedad. Es por esta razón que Dios estableció el perdón como un mandato y no como una opción. Busca impedir a toda costa que seamos víctimas de los tentáculos de la muerte.
“Bienaventurado los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7). Decídete a perdonar a todos los que te han herido como lo hizo Jesucristo en la cruz del Calvario frente a la multitud que lo injurió: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Liliana González de Benítez
Periodista y autora
lili15daymar@hotmail.com

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