Las congregaciones, por el sudor de los hombres, se han convertido —por imperio de las circunstancias y la carencia del poder de Dios— en meras ministradoras de almas
El Señor comenzó a hacer precisamente esta distinción: Él separó claramente el ministerio en dos categorías, el ministerio a la casa y el ministerio a Él mismo. Al activar el Nuevo Pacto, estaba introduciendo un nuevo y más alto orden de ministerio en el que Él es central —no en tipo, sino en realidad—. Al hacerlo, se distinguió a Sí mismo de aquello que el hombre religioso venera por encima de todo lo demás: el ministerio a la casa de materia muerta y a los congregantes.
Sería bueno escuchar las palabras de un hombre que vivió en Inglaterra, un verdadero buscador en un siglo XVII en el que muchos guías ciegos vendían su producto. Se llamaba George Fox, quien dijo:
«Fui enviado por el Señor Dios del cielo y de la tierra a predicar libremente y a sacar a la gente de estos templos externos hechos por manos, en los que Dios no habita; para que pudieran saber que sus cuerpos serían los nuevos templos de Dios y de Cristo.
Fui enviado para llevar a la gente lejos de sus “ceremonias supersticiosas”, de sus costumbres judías y paganizantes, de las tradiciones y doctrinas de hombres; y de todos los asalariados del mundo que toman los diezmos y grandes salarios, predicando por lucro y adivinando por dinero, a quienes Dios y Cristo jamás enviaron (como ellos mismos confiesan cuando dicen que nunca escucharon la voz de Dios ni la de Cristo).
Exhorté a la gente a salir de estas cosas, guiándoles hacia el Espíritu Santo y la gracia de Dios en ellos mismos, y a la luz de Jesús (el entendimiento) en sus propios corazones, para que puedan llegar a conocer a Cristo, su Maestro gratuito, para llevarles salvación y para exponerles la Escritura».
LA REALIDAD DE NUESTRO TIEMPO
Me pregunto qué fue lo que ocurrió con este hombre y con sus predicaciones. Observando nuestra realidad, debemos hacer muy poco esfuerzo para darnos cuenta de que ni fue oído ni fue creído. Hoy se sigue predicando la misma Palabra y nos enfrentamos a la misma reacción.
Dios nunca quiso que el templo fuera un accesorio muerto y fijo en Su reino; indicó su aprobación a ello sólo por causa de la ignorancia del hombre. Como muchas otras cosas, fue meramente una sombra de las buenas cosas que quedaban aún por llegar: un templo no hecho de manos, sino de piedras vivas (tú y yo).
¿Es posible que el actual énfasis en el ministerio a la gente brote de una idolatría similar a la de los hijos de Leví? Los pastores reciben clases sobre plantación de iglesias, edificación de iglesias y cómo hacer iglesias “de fácil uso” (user-friendly). Ofrecen sacrificios, diezman, tocan música de adoración y ministran a la gente. Todo va de la gente, de sus necesidades y de lo que les hace sentir bien para que quieran regresar y seguir alimentando la máquina que han creado.
En poco tiempo todo se convierte en idolatría, porque el enfoque real y el motivo que hay tras el «ministerio» no es Dios, sino edificar, por medio del sudor y del esfuerzo, el ministerio de un hombre o de los hombres.
En una palabra, lo que aquí se dice es la confirmación de lo que hemos venido expresando a través de la Palabra viva: las congregaciones, por el sudor de los hombres, se han convertido —por imperio de las circunstancias y la carencia del poder de Dios— en meras ministradoras de almas.
Bendecidos.
J. Edson Rubio
Colaborador independiente




