Anunciar la verdad y decir la verdad siempre demandará valor y gallardía, y dejará en evidencia los valores y principios que nos gobiernan y nos definen
“…¡No tengas miedo! ¡Habla con libertad! ¡No te quedes callado! Pues yo estoy contigo…” (Hechos 18:9,10. NTV).
“Proclama la verdad y no te quedes callado por miedo”.- Catalina de Siena
La falta de identidad, el desconocimiento de la verdad y en muchos casos la intimidación puede llevarnos a ser gobernados por el temor y caer vencidos por el miedo.
Aun los discípulos de Jesús, cuando este fue apresado, se llenaron de temor, huyeron e incluso mintieron ante la confusión y el miedo que les embargó la idea de padecer la misma suerte que su Señor.
Pero una vez se les reveló quién en realidad era Jesús y fueron afirmados en su identidad como hijos de Dios y discípulos de Cristo, asumieron su rol como embajadores de su Reino y decidieron alzar la voz y anunciar la verdad, aunque el precio de tal atrevimiento pudiera costarles la vida.
Anunciar la verdad y decir la verdad siempre demandará valor y gallardía, y dejará en evidencia los valores y principios que nos gobiernan y nos definen.
Todo cristiano es llamado a ser “sal y luz”, y esto representa vencer la oscuridad y asumir la tarea de ser agentes de preservación y reconciliación; por lo cual cada hijo de Dios está llamado a ser un portador de la verdad, caminando en ella y proclamándola, tanto con palabras como con hechos.
Hoy vivimos en una sociedad relativista, donde cada quien interpreta la verdad desde su conveniencia e incluso considera justificable acallar las voces de aquellos que defienden la verdad.
Siempre se ha pagado un alto precio por decir la verdad, mas Dios nos anima a obrar con justicia siempre y apegados a la verdad, garantizando en contraparte su bendición y galardón para aquellos que perseveran en la verdad.
Aún al apóstol Pablo, el gran paladín del evangelio, el Señor le instruyó a través de una visión y le dijo: “¡No tengas miedo! ¡Habla con libertad! ¡No te quedes callado! Pues yo estoy contigo…”. Dios preparó de ante mano a Pablo, pues por su osadía de no callar la verdad sería golpeado y llevado a los tribunales por los griegos de Corinto.
Si al apóstol Pablo, se le demandó hablar y no callar, cuánto más a nosotros. Por tanto, debemos meditar en el legado apostólico cuando Santiago expresó la máxima “…al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17), así que evadir nuestra responsabilidad ante la verdad y ser cómplices del error y la mentira es considerado por Dios un pecado de omisión.
Todo tiene un precio, mas acallar la verdad no es una opción.
Diego Ortiz
Pastor y comunicador
@ps.diegoortiz




