¿Estamos celebrando a Cristo o estamos usando a Cristo para celebrar? ¿Nuestra Navidad refleja el mensaje del pesebre o sólo reproduce las lógicas de la oferta y la demanda?
Entre el consumo, la apariencia y el verdadero sentido del nacimiento de Cristo.
Hace más de 40 años preparé una obra de teatro titulada “Felicidad tipo Navidad”. En ella intenté reflejar realidades que ya eran evidentes: el mercantilismo creciente, la solidaridad selectiva, la hipocresía religiosa y una celebración del nacimiento de Jesucristo cada vez más desconectada de su esencia. Han pasado cuatro décadas y, lejos de atenuarse, estas tensiones se han profundizado hasta convertirse en un fenómeno de diseño algorítmico.
Hoy, la Navidad se presenta como una temporada cargada de promesas. Sin embargo, esa felicidad, cuidadosamente empaquetada, promocionada y vendida, suele ser breve, superficial y, en muchos casos, cínicamente contradictoria con el mensaje del Evangelio.
Esa realidad nos coloca frente a una pregunta incómoda: ¿Qué tipo de felicidad estamos celebrando?
LA FELICIDAD QUE SE FABRICA (Y EL AGOTAMIENTO QUE GENERA)
La “Felicidad tipo Navidad” que domina nuestra cultura tiene características que hoy operan con una agresividad sin precedentes:
- Es una felicidad temporal: Dura lo que tardan en apagarse las luces o lo que resiste el saldo de la tarjeta de crédito. Es una alegría con fecha de caducidad.
- Es una felicidad de “rendimiento”: Aquí entra lo que hoy conocemos como el “Burnout Navideño”. Ya no sólo es comprar; es la fatiga mental de sostener una fachada de perfección. Es el agotamiento de intentar que nuestra vida real se parezca a un anuncio publicitario.
- Es una felicidad excluyente: Se construye sobre la capacidad de consumo, dejando en la periferia a quienes no pueden participar del banquete estético del mercado.
- Es una felicidad contradictoria: Celebra a un Cristo que nació en la precariedad de un establo, pero lo hace desde una abundancia inconsciente que exalta el exceso.
La advertencia de Jesús resuena con una vigencia aterradora: “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:21). La manera en que celebramos revela, inevitablemente, qué es lo que realmente adoramos.
LA FECHA NO ES EL PROBLEMA
A menudo se me ha catalogado como una especie de Grinch por señalar que no existen evidencias bíblicas de que Jesús naciera un 25 de diciembre. Pero reconocer esto no debilita la fe; al contrario, la libera de romanticismos innecesarios.
El verdadero problema no es el calendario, sino el vaciamiento del significado. El riesgo no está en la fecha, sino en permitir que el contexto cultural determine el contenido del mensaje. La Navidad puede ser una oportunidad pedagógica si se utiliza para recordar el escándalo central del cristianismo: La Encarnación. Ese mensaje muestra que Dios no evitó la historia humana; entró en ella asumiendo la fragilidad.
Usar el contexto no es claudicar ante la cultura, sino intentar redimirla. El problema surge cuando celebramos sin encarnación; cuando repetimos símbolos sin permitir que el mensaje nos cuestione.
EL ESCÁNDALO DEL PESEBRE FRENTE A LA VITRINA
El relato bíblico no es cómodo. Dios no eligió el mercado, sino un pesebre. No irrumpió con poder político ni espectáculo religioso, sino con la vulnerabilidad de un recién nacido. “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).
La verdadera alegría no consiste en escapar de la realidad mediante el consumo, sino en descubrir que Dios entra en nuestra realidad, incluso en la más rota. No promete una felicidad artificial, sino una esperanza profunda que sostiene en medio del dolor y la injusticia.
LA FELICIDAD DEL REINO: UN CONTRASTE RADICAL
El Evangelio propone una felicidad que no se exhibe, sino que se vive. Las bienaventuranzas (Mateo 5:1–12) son el antídoto directo a la “Felicidad tipo Navidad”. Allí, los bienaventurados son los que lloran, los que tienen hambre de justicia y los mansos. Es una felicidad que no anestesia la conciencia, sino que transforma el corazón. Esta es la felicidad del Reino: solidaria, coherente y profundamente humana.
CONCLUSIÓN: ¿A QUIÉN CELEBRAMOS REALMENTE?
La pregunta final es inevitable: ¿Estamos celebrando a Cristo o estamos usando a Cristo para celebrar? ¿Nuestra Navidad refleja el mensaje del pesebre o sólo reproduce las lógicas de la oferta y la demanda?
Tal vez sea tiempo de recuperar una celebración honesta y encarnada. Una que no tema confrontar nuestras contradicciones y que nos invite a vivir de manera coherente con aquel cuyo nacimiento decimos conmemorar. Porque la verdadera alegría no es un producto fabricado, sino la presencia transformadora de Dios con nosotros.
“Porque os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:11).
Tomás S. Moreno
Novo / Fundación Hecho Nuevo Inc.
Guayaquil, Ecuador.




