Cristo entiende que más que una práctica religiosa, orar es una forma de vivir que produce e incorpora cambios en la vida de quien lo hace
Jesús, sin hacer mucho alarde, nos enseñó con su vida que orar, más que una actividad religiosa controlada, era establecer una relación íntima y personal con Dios. “Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1:35). La forma verbal “oraba” indica que no lo hacía por accidente, sino por elección. Surge entonces así el concepto natural de vida de oración, en el cual hemos hecho mucho énfasis, para separarlo de orar a secas, que es lo que equivocadamente hemos manejado siempre. Sin irrespetar las formas externas de la tradición, Cristo entiende que más que una práctica religiosa, orar es una forma de vivir que produce e incorpora cambios en la vida de quien lo hace.
Es vital que nos demos cuenta con agudeza de que Jesús comienza a enseñar la oración con su vida, no con su discurso. Por eso, los discípulos sintieron que necesitaban aprender a orar, no cuando lo vieron hablando, sino cuando lo vieron orando.
Debemos borrar la idea simplista y equivocada de que la oración existe para obtener “cosas de Dios”. Esa es una concepción superficialmente materialista.
De manera que cuando hablamos de aprender a orar no estamos haciendo énfasis en las formas, que al fin y al cabo no son más que expresiones de la cultura. Estamos hablando de la “disciplina” de venir a la presencia de Dios en la experiencia del salmista: “Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré” (Salmos 5:1-3).




