viernes, noviembre 6, 2026
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La gracia que cruza fronteras

La gracia no es autorización para vivir de cualquier manera, sino la oportunidad de acercarnos a Cristo para que Él transforme nuestra manera de vivir, enseñándonos que el amor verdadero

La gracia de Dios comienza donde termina el orgullo humano. Nosotros solemos establecer fronteras entre las personas: quién merece ser amado, quién merece una oportunidad, quién puede sentarse a nuestra mesa y quién debería quedarse afuera, clasificando a los demás por su pasado, sus errores, su apariencia, su condición económica, su reputación o sus decisiones. Sin embargo, cuando observamos la vida del Señor Jesus, descubrimos que Él no permitió que las barreras humanas le impidieran acercarse a quienes necesitaban misericordia, ya que Jesús no vino a construir muros alrededor de los religiosos, sino a abrir el camino para que los pecadores encontraran perdón, restauración y una vida nueva.
En Mateo 9:9-13 encontramos una escena que revela profundamente el corazón de Dios cuando Jesús vio a Mateo sentado en el banco de los tributos públicos y le dijo: «Sígueme». Mateo era un publicano, un cobrador de impuestos, y en aquella sociedad muchos publicanos eran despreciados por asociarse con la corrupción y el poder romano, por lo que para los religiosos de la época no era alguien con quien un maestro debiera relacionarse; no obstante, Jesús vio en él algo que los demás no reconocían: un hombre al que todavía podía llamar, transformar y convertir en instrumento de su propósito.
Aquí descubrimos una verdad poderosa: los seres humanos suelen juzgarnos por lo que hemos hecho, pero Dios también nos llama considerando lo que su gracia puede hacer en nosotros. Esto no significa que Dios ignore nuestros pecados, sino que su misericordia es capaz de alcanzarnos incluso cuando nuestro pasado parece descalificarnos, pues Mateo no tuvo que limpiar primero toda su historia para escuchar el llamado de Jesús, sino que respondió levantándose y siguiéndolo, iniciando su transformación con un encuentro con Cristo.
Después, Jesús se sentó a la mesa con publicanos y pecadores, lo cual provocó la indignación de los fariseos, quienes preguntaron a sus discípulos: «¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?» (Mateo 9:11). Detrás de esa pregunta latía una mentalidad que todavía puede existir en nuestras congregaciones: la idea de que acercarnos a determinadas personas puede manchar nuestra reputación espiritual. A veces estamos tan preocupados por conservar una imagen de santidad que olvidamos manifestar el amor que debería distinguirnos como discípulos de Cristo, queriendo iglesias llenas de personas que parezcan tenerlo todo en orden, pero olvidando a quienes llegan cargados de heridas, vergüenza, adicciones, errores familiares o decisiones equivocadas.
Si nuestra primera respuesta ante ellos es condenarlos, señalarlos o recordarles constantemente su pasado, debemos preguntarnos si estamos mirando con los ojos de Jesús o con los prejuicios de los fariseos. Cristo respondió a aquellas críticas con una declaración que sigue confrontando nuestro corazón: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos» (Mateo 9:12). Jesús no enseñaba que unos no necesitan arrepentimiento y otros sí, sino que quienes reconocen su necesidad espiritual deben poder acercarse a Él. El problema de los fariseos no era que amaran demasiado la santidad, sino que habían separado la santidad de la misericordia, conociendo la ley, pero sin comprender el corazón del Dios que la dio; por eso Jesús añadió: «Misericordia quiero, y no sacrificio» (Mateo 9:13), citando Oseas 6:6.
En otras palabras, Dios no se complace en una religiosidad exterior que cumple ceremonias, pero permanece indiferente ante el sufrimiento y la necesidad espiritual del prójimo. Podemos cantar, predicar, orar y conocer numerosos pasajes bíblicos, pero si nuestro corazón está cerrado a las personas que necesitan ayuda, algo esencial está faltando en nuestra comprensión del evangelio, porque la gracia que hemos recibido debe convertirse en misericordia hacia los demás.
Santiago 2:1, nos advierte que nuestra fe en el Señor Jesucristo debe ser sin acepción de personas, y en los versículos del 2 al 4 describe cómo algunos reciben trato preferencial por su ropa elegante o posición social, mientras otros son menospreciados por su pobreza, obligándonos a examinar nuestras actitudes cotidianas. ¿Tratamos con la misma dignidad al empresario y al mendigo? ¿Escuchamos con la misma atención al predicador reconocido y al creyente que apenas comienza a caminar con Dios? ¿Nos acercamos con amor a quien tiene una historia difícil o preferimos mantener distancia para evitar comentarios? La acepción de personas no siempre se manifiesta mediante insultos; a veces se expresa en una mirada de desprecio, en una puerta que nunca abrimos, en una conversación que evitamos o en una oportunidad que negamos sin conocer a la persona.
Dios no muestra favoritismo, como afirman Deuteronomio 10:17 y Romanos 2:11, y si nuestro Padre celestial no determina el valor de una persona por su riqueza o reputación, nosotros tampoco debemos hacerlo. Pero debemos comprender que cruzar fronteras no significa aprobar todo lo que existe al otro lado, ya que Jesús recibió a los pecadores, pero no los llamó a permanecer esclavos de sus pecados, diciéndole a Mateo «sígueme», pues la gracia no es autorización para vivir de cualquier manera, sino la oportunidad de acercarnos a Cristo para que Él transforme nuestra manera de vivir, enseñándonos que el amor verdadero no humilla al pecador ni le oculta la verdad, sino que lo recibe con misericordia, le habla con honestidad y lo acompaña en la restauración.
Jesús también cruzó fronteras culturales y religiosas cuando en Juan 4:7-10 habló con una mujer samaritana a pesar de las barreras existentes, o cuando en Mateo 15:22-28 atendió el clamor de una mujer cananea, enseñándonos que el amor de Dios no puede quedar encerrado dentro de nuestros prejuicios. La iglesia debe aprender a acercarse a las personas sin perder su fidelidad a la Palabra, recordando que Dios no hace acepción de personas (Hechos 10:34-35) y que debemos recibirnos los unos a los otros como Cristo nos recibió para gloria de Dios (Romanos 15:7).
Detengámonos en esta última verdad: Cristo nos recibió, y ninguno de nosotros puede presumir de haberse ganado la salvación por sus propios méritos, pues Efesios 2:8-9 enseña que somos salvos por gracia mediante la fe y no por nuestras obras. Si hoy conocemos al Señor, no es porque hayamos sido siempre mejores que los demás, sino porque Dios tuvo misericordia de nosotros, de modo que no tenemos autoridad para cerrarles la puerta a quienes necesitan esa misma misericordia. Tal vez alguien que hoy llega a nuestra congregación tiene un pasado que desconocemos o ha cometido errores que no alcanzamos a comprender, pero antes de convertirnos en jueces de su historia, recordemos que nosotros también necesitamos diariamente la gracia de Dios.
Una iglesia que comprende el evangelio no pregunta primero si una persona tiene una reputación suficientemente buena, sino que procura mostrarle el amor de Cristo, enseñarle la verdad y acompañarla en su crecimiento espiritual. No todos aceptarán ese amor, pero nuestra responsabilidad es ser fieles al carácter de Cristo, preguntándonos no sólo si estamos dispuestos a cruzar fronteras, sino qué fronteras hemos levantado dentro de nuestro propio corazón.
Quizá hemos excluido a alguien por su condición económica, su apariencia o sus errores, o hemos utilizado la verdad bíblica como barrera en lugar de luz; hoy el Señor nos invita a mirar de nuevo, recordando que la misma gracia que nos alcanzó puede alcanzar a quienes consideramos difíciles o demasiado alejados. La iglesia no está llamada a celebrar el pecado, pero tampoco a abandonar al pecador, sino a anunciar la verdad, practicar la misericordia y mostrar que en Jesucristo existe una oportunidad de perdón y transformación, porque la gracia de Dios cruza fronteras, derriba prejuicios y llama a las personas a una vida nueva, y si hemos sido alcanzados por ella, debemos convertirnos en instrumentos suyos.
¿Hay alguna frontera específica en tu propio corazón que sientas que Dios te está invitando a derribar hoy para reflejar mejor su gracia?
Dios te bendiga.
Tu hermano y amigo

José ‘Cheo’ Lobatón
“El ciego que ve”
Pastor y maestro

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