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La obediencia trae bendición, Liliana González de Benítez

Ten la plena seguridad de que mientras le seas fiel a Dios, sin prestar atención “al qué dirán”, estarás caminando en sus propósitos divinos

Los cristianos siempre seremos probados; encontraremos personas que se valdrán de su autoridad para doblegar nuestra fe y hacernos caer en la desobediencia a los principios de Dios. Recuerdo cuando un maestro intentó avergonzar a mi hija de diez años; frente a la clase la obligó a levantarse del pupitre para que explicara el porqué se rehusaba a llevar en procesión la estatua de Don Bosco, el santo patrono del colegio.
Ante el desafiante profesor, ella demostró fidelidad y valentía; se negó rotundamente a adorar el monumento, exaltando al único Dios vivo y verdadero. Sus compañeros la escucharon declarar las palabras del Altísimo: “No tengas otros dioses además de mí… No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso” (Éxodo 20:2-5).
Cuando me lo contó sentí lo mismo que Dios siente cuando lo obedecemos: Orgullo y satisfacción. Creo que escuché su potente voz en el cielo expresar con júbilo: ¡Esta es mi hija amada, en quien tengo complacencia! ¡¡¡Aleluya!!!
Ten la plena seguridad de que mientras le seas fiel a Dios, sin prestar atención “al qué dirán”, estarás caminando en sus propósitos divinos.
En el tercer capítulo del libro de Daniel leemos que el Nabucodonosor, rey de Babilonia, había mandado a levantar una estatua para que los habitantes de su reino se inclinaran a adorarla, quien no lo hiciera sería arrojado a un horno en llamas (Daniel 3:6).
Sadrac, Mesac y Abed-nego, eran tres jóvenes judíos deportados como esclavos a Babilonia. La sabiduría que demostraron hizo que el jefe de los eunucos los escogiera para servir dentro del palacio. Durante tres años fueron instruidos en lenguas caldeas y estaban bajo la autoridad de Nabucodonosor, aunque en su corazón obedecían al Dios vivo y no estaban dispuestos a postrarse ante el ídolo de oro pulido que el rey había mandado a erigir.
Así respondieron a las amenazas de muerte: “He aquí que nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni adoraremos la estatua que has levantado” (Daniel 3:17-18).
Esto es obediencia a su máxima expresión. ¡Qué fe!, ¡qué coraje! Estaban dispuestos a morir por su Dios, incluso presumiendo que Él no hiciera nada para salvarlos. “Dios puede salvarnos” afirmaron, “y si no quiere, le serviremos a pesar de todo”.
Semejante respuesta encendió la ira del rey, quien ordenó calentar el horno siete veces más. Mientras los oficiales que lanzaron a los jóvenes al horno murieron de inmediato a causa de la intensidad de las llamas, ellos caminaron sobre las brasas ardiendo como si lo hicieran sobre yerba fresca, cumpliéndose así las Escrituras: “Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti” (Isaías 43:2).
La sorpresa del rey fue mayúscula cuando miró dentro del horno a cuatro hombres en vez de tres, y el cuarto tenía la apariencia del Hijo de Dios (Daniel 3:25).
La fidelidad al Señor nos garantiza que en las más ardientes pruebas no seremos consumidos. Talla los mandamientos de Dios en la tabla de tu corazón y ora por fidelidad para mantenerte firme en sus preceptos, negándote a toda corriente de tradición impía. 

Liliana González de Benítez
Periodista y autora
lili15daymar@hotmail.com

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