Necesitamos entender a cabalidad que la oración no es simplemente una parte de nuestra liturgia, sino el reservorio de un enorme poder que tenemos que aprender a liberar
Orar no es lo mismo que tener vida de oración. Hemos aprendido que la oración como estructura religiosa goza de gran estima. En nuestros archivos reposan centenares de respuestas a cuestionarios de trabajo de campo recogidos durante años; además de experiencias en talleres, seminarios y conferencias de oración. Las personas abren su corazón y con transparencia confiesan su deseo de lograr una vida de oración, pero al mismo tiempo descubren que orar implica una batalla espiritual.
Todos hablan “muy bien” de la oración, y es obvio que ocupa un lugar privilegiado en nuestra cultura. Es decir, hablamos de algo supremamente “espiritual”, que es bueno, que nos gusta, que sirve para muchas cosas; pero que nos cuesta mucho realizar. ¿Recuerdan la experiencia de Señor con sus discípulos en la hora final? “Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?” (Mateo 26:40).
Eso ocurre porque en toda oración siempre habrá:
1°. Un hombre que se acerca a Dios;
2°. El Dios infinito que se acerca al hombre; y
3°. Satanás, un enemigo de Dios y de la humanidad que hace lo indecible por bloquear esa relación.
Ese es el escenario de una guerra de intereses. De manera que, cuando oramos estamos involucrados, aunque no sea nuestro deseo, en un acto de confrontación espiritual. Necesitamos entender a cabalidad que la oración no es simplemente una parte de nuestra liturgia, sino el reservorio de un enorme poder que tenemos que aprender a liberar.




