Hay personas que nunca cambian. Y la razón es que no cambian su manera de pensar ni la forma cómo ven las cosas en la vida
Montaigne escribió una vez: “Un hombre es herido no tanto por lo que ocurre, sino por su opinión de lo que ocurre”. En El Enquiridion, Epicteto observa que: “Los hombres están trastornados no por las cosas, sino por el punto de vista que toman de ellas”. Shakespeare expresó su pensamiento en Hamlet al decir: “No hay nada bueno o malo, sino que el pensamiento lo hace tal”. Y Vincent Collins en su obra Mí, Yo y Tú, señaló: “No es nuestra situación lo que nos hace felices o miserables, sino que es la forma en que reaccionamos a la misma”.
Amigo mío, hay personas que nunca cambian. Y la razón es que no cambian su manera de pensar ni la forma cómo ven las cosas en la vida. Su parecer, anclado en el tiempo y en el negativismo, les impide ver el brillo en los demás opacando incluso el propio. En el fondo son infelices e incomprensivos. La Biblia dice: “No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto” (Romanos 12:2. DHHS’94).
Vale la pena intentarlo. ¡Adelante!




