El problema de lo utilitario en la oración es que no nos permite conocer a Dios como debe ser conocido, porque estamos encandilados sólo con un aspecto de Dios
Llegar al fondo cuando hablamos de oración no es tarea fácil porque, en principio, nos enfrentamos con un bloque de ideas preconcebidas y reforzadas por siglos de tradición cristiana. Las tradiciones no son buenas ni malas por sí mismas, pero con frecuencia son hábitos repetitivos divorciados del corazón, que no conectan al hombre con Dios, sino con lo que él cree que es Dios.
Estamos hablando del concepto utilitario que desafortunadamente ha marcado todo lo que entendemos por “oración”. El problema de lo utilitario en la oración es que no nos permite conocer a Dios como debe ser conocido, porque estamos encandilados sólo con un aspecto de Dios, sin importarnos cuáles son sus demandas para nosotros.
Para millones de cristianos Dios sólo es “…quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; y el que rescata del hoyo tu vida…”.
No negamos esa faceta de Dios, pero recordemos que Él tiene, además, otras. Por lo tanto, no es una actitud correcta que veamos solamente esa cara de la moneda, porque la oración es una calle de doble vía. Durante su ministerio terrenal el Señor Jesús tuvo que ser punzante en su juicio, porque el alto liderazgo espiritual de la nación había perdido el rumbo espiritual. Oigámoslo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis mayor condenación” (Mateo 23:14). Tenemos a un Dios a quien pedirle, pero no olvidemos que cuando oramos lo más importante es ofrecer a Él nuestro corazón.




