La oración no puede seguir significando para nosotros sólo un “deber” que debe cumplirse. Debe convertirse en un privilegio para disfrutarlo
La vida de oración requiere de un desarrollo sustentado en la disciplina. No nos convertimos en personas de santidad e integridad por accidente. Un poco de grama se puede conseguir en unas semanas, pero si queremos obtener un roble, entonces tendremos que esperar muchos años.
No podemos hacer que una flor se abra, porque para eso se necesita tiempo. Tampoco podremos conocer verdaderamente al Señor repitiendo plegarias distraídas y de memoria, que no van más allá de las peticiones personales.
La oración no puede seguir significando para nosotros sólo un “deber” que debe cumplirse. Debe convertirse en un privilegio para disfrutarlo, como lo expresó el salmista: “…Suba mi oración delante de ti como el incienso, el don de mis manos como la ofrenda de la tarde” (Salmo 141:2).
D. L. Moody, fue el hombre de Dios a quien se atribuye, entre otras cosas, el avivamiento escocés de finales del siglo XIX, “pasaba las primeras horas de la mañana derramando su corazón ante Dios y encontrando un verdadero festín en la lectura de la Biblia, en el lugar donde se guardaba el carbón”.
George Müller, uno de los hombres de fe más notables su época, sacudió la tibieza victoriana de la iglesia británica. Fue marcado por la oración devota de las horas quietas de la mañana y así lo expresaba: “Encontré que la cosa más importante que tenía que hacer era entregarme a la oración y a la lectura de la Palabra de Dios, para hallar primero alimento para mi propia alma”. Si usted quiere conocer a Dios debe pasar tiempo con Él en oración.




