Palabrerías en la oración, Néstor A. Blanco S.

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Al orar, lo más importante no son nuestras palabras, sino la actitud de nuestro corazón

Dios considera nuestro corazón por encima
de nuestra capacidad de hacer discursos

Otra advertencia que Jesús hace al enseñarnos a orar es: “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos”. Es decir, para Dios lo importante de nuestra oración no está referido al contenido elegante y pretencioso de nuestras palabras. De hecho, las palabras que pretenden ser elegantes casi nunca son sinceras, porque las palabras sinceras pocas veces pueden ser elegantes. Dios considera nuestro corazón por encima de nuestra capacidad de hacer discursos.
Para que entendiéramos el verdadero sentido del contenido de nuestras oraciones, Jesús refirió una parábola en la cual un publicano y un fariseo vinieron al templo a orar. El fariseo era un líder religioso que sentía tanto orgullo de lo que creía que era, que trata de refrescarle la memoria a Dios recordándole sus propias virtudes en el orden espiritual, y hasta se atreve a compararse por encima de ese hombre -a su juicio insignificante- que pretende orar a su lado.
El publicano, en cambio, es una persona sin pretensiones religiosas. Es un odiado recaudador de impuestos que trabaja para el imperio romano; pero ha tomado la decisión de acercarse a Dios y con palabras humildes reconoce su indignidad y eso es lo que le da valor a su oración, de tal manera que la sentencia de Jesús es: El fariseo oró consigo mismo, mientras que el publicano salió justificado. Al orar, lo más importante no son nuestras palabras, sino la actitud de nuestro corazón.

Néstor A. Blanco S.
Pastor y escritor

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