Secretos de la semilla

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En el tipo de semilla natural y espiritual, no importa quien siembre, pues siempre será Dios quien da el crecimiento / Freepik

Toda semilla produce fruto, tanto en la vegetación, como en la procreación; aunque Dios no la limita solo a eso, sino a todo lo que implique reproducción y multiplicación; porque la semilla es la manera que Dios usa para multiplicar

En el tipo de semilla natural y espiritual, no importa quien siembre, pues siempre será Dios quien da el crecimiento / Freepik

Dios creó la semilla al inicio de la creación y la estableció como manera de perpetuar y multiplicar las especies. Existen muchísimos tipos de semillas y todas producen según su especie; unas son granuladas, otras son celulares, pero lo maravilloso de la creación de Dios es que hay hasta semillas espirituales. A través de la semilla, la Biblia trae secretos del corazón de Dios y nos lo revela para tener una vida próspera, abundante y milagrosa.
Dios creó la semilla para perpetuar la especie, tal y como lo revela Génesis 1:11-13; «dijo Dios: «Produzca la tierra hierba, plantas que den semilla y árboles frutales que den fruto según su especie, cuya semilla esté en él, sobre la tierra». Y fue así. La tierra produjo hierba, plantas que dan semilla según su especie, árboles frutales cuya semilla está en su fruto según su especie. Y vio Dios que esto era bueno. Y fue la tarde y fue la mañana del tercer día».
La palabra semilla, viene del griego ‘sperma’ en el Nuevo Testamento, la cual tiene un amplísimo significado: semilla, simiente, linaje, descendencia, semen; algo sembrado o puesto. Es tan amplio su significado como la utilidad que Dios le dio a la semilla.
Toda semilla produce fruto, tanto en la vegetación, como en la procreación; aunque Dios no la limita solo a eso, sino a todo lo que implique reproducción y multiplicación; porque la semilla es la manera que Dios usa para multiplicar, y cada semilla produce solo su especie.
En el ordenamiento legal que el Señor le dio a Moisés, pidió que la siembra de la semilla fuera ordenada: «no siembres en tu viña semillas diferentes, para que no se pierdan la semilla que sembraste y el fruto de la viña» (Deuteronomio 22:9). Cualquier agricultor sabe que no se deben sembrar juntas varios tipos de semilla porque el resultado será contraproducente, dado que cada una produce una planta con diferentes raíces, troncos, hojas y frutos.
También nos enseña la Biblia que la semilla (‘sperma’: simiente, linaje, descendencia) no sólo es física y produce seres vivos mediante el acto de fecundación (unión de la semilla del varón -espermatozoide, con la de la hembra -óvulo), sino también espiritual. Puesto que la semilla es un tipo de la Palabra de Dios que se siembra en cuatro diferentes tipos de tierra/corazones, según lo explica Jesús en su famosa ‘Parábola del sembrador’ (Mateo 13 y Lucas 8).
Otra manera del Señor presentar la semilla es al relacionarla con «los hijos del reino» en la ‘Parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13). Las personas se convierten en hijos de Dios a partir de la semilla de la Palabra de Dios que es sembrada en su espíritu por el Espíritu Santo mismo; «así que despójense de toda impureza y de tanta maldad, y reciban con mansedumbre la palabra sembrada [implantada], que tiene el poder de salvarlos» (Santiago 1:21).
El apóstol Pablo reafirma la enseñanza de que la semilla es tanto la Palabra de Dios que se siembra en los corazones como también los hijos del reino, al escribir: «Yo planté, Apolos regó; pero Dios dio el crecimiento. Así que, ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, quien da el crecimiento» (1ª Corintios 3:6-7).
En el tipo de semilla natural y espiritual, no importa quien siembre, pues siempre será Dios quien da el crecimiento.
Según podemos ver, hay semillas que tienen efecto en el mundo espiritual, como es el caso de la Palabra de Dios que se siembra en nuestro ser interior y produce vida espiritual a través del nuevo nacimiento espiritual (Juan 1:12-13; 3:3-8).
De igual manera sucede con la semilla que sembramos en el mundo físico y tiene repercusiones en el mundo espiritual, inclusive en la eternidad. Eso sucede con las limosnas, ofrendas y diezmos que damos de manera física y Dios las hace germinar y las multiplica en el mundo espiritual, transformándolas en bendiciones y galardones celestiales; pues todo lo que le damos a Dios o sembramos en su reino genera cosecha abundante en este mundo y en la eternidad.
Para que germine, la semilla debe morir primero. «Lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes» (1ª Corintios 15:36). Lo que sembremos tiene su tiempo para germinar y producir, por lo que debemos saber esperar en Dios.
La cosecha es proporcional a la cantidad de semillas sembradas. «Pero recuerden esto: El que poco siembra, poco cosecha; y el que mucho siembra, mucho cosecha» (2ª Corintios 9:6). Entonces, ¿cómo debemos sembrar?: «Cada uno debe dar según se lo haya propuesto en su corazón, y no debe dar con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama a quien da con alegría» (2ª Corintios 9:7. RVC). Esto nos habla de la actitud con la que debemos sembrar, la cual debe ser permanente y no sólo cuando haya una necesidad.
Siempre debemos recordar que Dios es quien nos provee la semilla, quien le da crecimiento sobrenatural, la multiplica y nos enriquece a través de la cosecha de lo sembrado: «Y aquel que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá los recursos de ustedes y los multiplicará, aumentándoles así sus frutos de justicia, para que sean ustedes enriquecidos en todo, para toda generosidad, que por medio de nosotros produce acción de gracias a Dios» (2ª Corintios 9:10-11).
Aprendamos las lecciones de un agricultor:

  • El agricultor determina qué fruto es apartado para ser semilla, siempre aparta el mejor para obtener la mejor semilla.
  • Escoge las semillas más grandes, porque de acuerdo a la semilla así será su próxima cosecha.
  • A mayor calidad de la semilla, mayor calidad de tu cosecha.
  • A mayor cantidad de tu semilla, mayor cantidad de tu cosecha.
  • El agricultor determina con antelación qué quiere recibir en su próxima cosecha.
  • Si lo que cosechas no es lo que esperas no es culpa de la tierra ni de la lluvia, examina qué semillas sembraste.

Imitemos al salmista David, quien le dijo a Dios: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Ve si hay en mí camino de perversidad y guíame por el camino eterno» (Salmo 139:23-24).
Cuidemos cómo sembramos en nuestra vida, porque a Dios no lo podemos engañar jamás: «No se engañen; Dios no puede ser burlado. Todo lo que el hombre siembre, eso mismo cosechará. Porque el que siembra para su carne, de la carne cosechará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer el bien porque a su tiempo cosecharemos, si no desmayamos» (Gálatas 6:7-9).
Dios siempre nos proveerá de buena semilla, si sembramos de acuerdo a su divina voluntad, reconociendo los secretos que nos da la semilla, Él nos promete una abundante cosecha en esta vida y en la eternidad. Dios está dispuesto, somos nosotros quienes debemos aprender a sembrar como a Él le agrada y ordena en la Biblia.

Georges Doumat B.

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