Los terremotos azotaron no encontrando un Estado sólido, sino a un país en medio de una compleja e inédita transición política, con servicios públicos ya colapsados y una institucionalidad profundamente debilitada
Antes del catastrófico doblete sísmico del 24 de junio de 2026, Venezuela ya atravesaba un panorama de extrema vulnerabilidad institucional y una profunda crisis multidimensional que actuó como un agravante ante el desastre, al limitar gravemente la capacidad de respuesta oficial.
Esa profunda crisis multidimensional es la que llamamos «la tragedia». Porque nadie puede ignorar que Venezuela venía atravesando una tragedia por causa de los políticos y las políticas irresponsables de quienes viven en otro planeta como los que crea Disney.
No haremos caso a lo que muchos están diciendo por los medios y las redes de que «no politicen la catástrofe», pero si precisamente la magnitud de la misma recae sobre un problema eminentemente político; esa es la verdadera tragedia.
LA SITUACIÓN DEL PAÍS SE DIVIDÍA YA EN TRES GRANDES FRENTES TRÁGICOS
1. El ámbito político arrastraba una gran inestabilidad y vacío de poder
El año 2026 comenzó con un sismo político sin precedentes. A inicios de año, una incursión de fuerzas militares estadounidenses capturó a Nicolás Maduro en Caracas para procesarlo judicialmente en Nueva York.
Ya veníamos con un gobierno que no emergió de la voluntad popular, porque es claro y notorio que en julio de 2024 el pueblo se expresó, pero el resultado no se respetó.
Tras la captura, el Tribunal Supremo de Justicia declaró una «ausencia forzosa», que además de ser una medida inconstitucional, terminó llevando a Delcy Rodríguez a asumir la presidencia encargada del país bajo el tutelaje del gobierno norteamericano.
La legitimidad de este gobierno de transición estuvo y está bajo constante cuestionamiento. La sociedad civil se mantuvo activamente en las calles exigiendo libertades democráticas y la liberación de los presos políticos remanentes, cosa que pasó a medias, por lo que el malestar sigue.
Llegamos a mediados de año, con gran parte del espectro político y la opinión pública presionando fuertemente para acordar un cronograma electoral inmediato para elegir a un nuevo mandatario y así reinstitucionalizar al país, cosa que no ocurrió hasta que el doblete catastrófico tocó las puertas del centro-norte de Venezuela.
2. El ámbito económico arrastra una resiliencia petrolera frente a una brecha desigual
La economía venezolana mostraba una situación compleja antes del desastre, tal como:
- La relajación de sanciones y ningún crecimiento: A pesar de la agitación política, la reanudación forzada del comercio petrolero con Estados Unidos inyectó miles de millones de dólares a la caja pública, con reportes que proyectaban un crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) cercano al 6.5% impulsado por el crudo, el pueblo venezolano no ha visto nada de ese ingreso.
- Inflación y pérdida de poder adquisitivo: Esta reactivación no se traducía en bienestar general. La inflación interanual y la devaluación acumulada del bolívar continuaron pulverizando los salarios de la mayoría de la población, sin recibir una justa ayuda de la oficialidad y su tutor. Con el ingreso petrolero se debió haber iniciado la entrega de ayudas directas a las familias venezolanas, como lo hizo EE.UU. en tiempos del Covid, lo cual habría reactivado al país al haber dinero en manos del pueblo.
- Colapso de servicios públicos: La corrupta desaparición de los ingresos petroleros de años anteriores, ha afectado a niveles superlativos el suministro de agua potable, el sistema eléctrico nacional, la infraestructura vial y los hospitales, que operan ya al límite de sus capacidades funcionales, dejó al país sin capacidad logística básica para enfrentar una emergencia de esta magnitud. La tragedia de los 7.2 y 7.5 grados, vino cuando la otra tragedia pasaba ya de los 10º de magnitud de ineficiencia.
3. El ámbito jurídico es el de una institucionalidad debilitada al máximo
El aparato legal y judicial del país operaba bajo una severa crisis de confianza y estado de excepción fáctico que a pesar de que la AN había aprobado bajo tutelaje las medidas urgentes como la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática con el fin de destensar la crisis política imperante, la misma no resultó ser lo que debió haber sido.
La coexistencia mutua de sentencias del TSJ y decisiones de la Asamblea Nacional mantenían un limbo legal. Esta falta de solidez institucional dificultaba la canalización formal de ayuda y las garantías para que la asistencia internacional fluyera con normalidad, un entramado burocrático que terminó entorpeciendo las operaciones de rescate en las primeras horas posteriores a los terremotos.
Entonces, y bajo ese marco trágico nacional, los terremotos azotaron la costa central el 24 de junio, no encontrando un Estado sólido, sino a un país en medio de una compleja e inédita transición política, con servicios públicos ya colapsados y una institucionalidad profundamente debilitada para coordinar una catástrofe humanitaria de tal magnitud.
No en vano dice la Biblia:
«Cuando los justos tienen el poder, el pueblo se alegra; pero cuando los malvados tienen el poder, el pueblo sufre» (Proverbios 29:2). Este versículo contrasta directamente el alivio y la felicidad que trae un liderazgo ético con el sufrimiento que causa la corrupción y la opresión gubernamental.
«La justicia engrandece a una nación, pero el pecado es una vergüenza para cualquier pueblo» (Proverbios 14:34). Este pasaje subraya que la verdadera grandeza de un país no radica sólo en su economía y en sus poderes, sino en la integridad moral y la justicia de sus leyes y liderazgo.
«Por la falta de un buen gobierno, la nación fracasa; pero con muchos consejeros tendrá éxito» (Proverbios 11:14). Las Escrituras dan a entender que un buen gobierno no depende de un solo individuo o un solo ideal, sino de la disposición a escuchar, buscar sabiduría y rodearse de personas justas y capacitadas para no tener que llegar a ser tuteladas.
En el Nuevo Testamento, se describe el diseño ideal de la autoridad gubernamental como una fuerza para el bien cívico. «Pues las autoridades no infunden temor a los que hacen lo que está bien, sino a los que hacen lo que está mal. ¿Quieres vivir sin temor a las autoridades? Haz lo correcto, y ellas te honrarán. Las autoridades están al servicio de Dios para tu bien; pero si estás haciendo algo malo, por supuesto que deberías tener miedo, porque ellas tienen poder para castigarte. Están al servicio de Dios para cumplir el propósito específico de castigar a los que hacen lo malo» (Romanos 13:3-4).
La tragedia viene cuando los papeles se invierten. Cuando un gobierno funciona como debe, protege a los inocentes, promueve las buenas obras y mantiene el orden, actuando como un instrumento de justicia en la sociedad. Dos veces dice que «las autoridades están al servicio de Dios», lo cual indica que si no cumplen a cabalidad con esta función, será el juicio divino que caerá sobre estas y no escaparán.
Romanos 13 pone de relieve que «las autoridades» están regidas por el mundo espiritual; significa que si obedecen a Dios el ciudadano y la nación son bendecidos, pero si obedecen al diablo las tinieblas traerán el mal y la tragedia sobre el país. Como el problema de Venezuela es espiritual, los cristianos debemos atacarlo con las armas espirituales.
Por eso debemos atender el consejo del apóstol Pablo: «Lo que recomiendo es que, en primer lugar, hagan oraciones por todos; rueguen y supliquen que Dios tenga misericordia de ellos, y denle gracias. Oren en especial por los gobernantes y por todos los que tienen autoridad, para que en paz y sosiego podamos llevar una vida piadosa y digna» (1ª Timoteo 2:1-2).
Aquí se resalta el resultado ideal de un buen liderazgo: un entorno donde los ciudadanos puedan vivir en paz, seguridad y libertad para prosperar. Un liderazgo fundamentado en principios morales eleva el prestigio y la solidez de todo un país, y cuando enfrente una catástrofe natural no sea «la tragedia» que agrave la tragedia.
¡Quiera Dios en su infinita misericordia que pronto podamos tener unas autoridades legítimas así!
Georges Doumat B.


