Ningún acuerdo de transición o agenda electoral alcanzará la verdadera paz para el país si se edifica sobre pactos de impunidad o la manipulación de la verdad
La Realpolitik es un término de origen alemán que combina Real, «realista/práctico», y Politik, «política»; es una forma de hacer política basada en el pragmatismo, el interés nacional y la realidad del poder, por encima de ideologías, dogmas morales, principios éticos y bíblicos o consideraciones teóricas.
En términos sencillos: es la política del hacer lo que funciona o lo que es técnicamente conveniente, en lugar de lo que es moral y bíblicamente correcto; más en un país como Venezuela que se confiesa ‘cristiano’.
En momentos de profunda convulsión institucional, la política suele recurrir a fórmulas pragmáticas donde la conveniencia del momento desplaza con facilidad a la ética y la verdad. Es así como nace la propuesta de llevar una agenda de trabajo conjunta y diálogo nacional acordada entre la Asamblea Nacional actual (2025, presidida por Jorge Rodríguez) y representantes de la oposición de la Asamblea Nacional de 2015 (presidida por Dinorah Figuera), bajo la tutela del Departamento de Estado, de Estados Unidos.
Por enésima vez la oposición y el oficialismo se verán las caras en otra tanda de negociaciones, siempre de espaldas al pueblo y en medio de una gran devastación dejada por el doblete sísmico del 24 de junio, donde todavía hay miles de hermanos nuestros bajo los escombros; negociadores políticos, de lado y lado, que poco han hecho por los afectados.
La Iglesia está llamada a ejercer un rol profético y vigilante: orar con fervor por el bienestar de la nación mientras exige la transparencia, la verdad y la defensa de los más vulnerables en cualquier acuerdo público
Ante el accionar de esta agrupación parlamentaria mixta (AN 2015 y AN 2025) para negociar la transición y salida electoral, la Iglesia no puede permanecer indiferente ni dejarse llevar por el entusiasmo ingenuo o el desencanto paralizante. El llamado del cristiano no es a validar ciegamente pactos de cúpulas, sino juzgar cada paso a la luz de los principios inmutables de la justicia y la integridad.
Abordar este escenario exige un ejercicio de prudencia espiritual y responsabilidad ciudadana. Lejos de ser una mera espectadora, la Iglesia está llamada a ejercer un rol profético y vigilante: orar con fervor por el bienestar de la nación mientras exige la transparencia, la verdad y la defensa de los más vulnerables en cualquier acuerdo público. La política humana busca el equilibrio de poder; la fe bíblica exige que ese poder sirva al bien común y rinda cuentas ante la verdad.
La postura del cristiano fundamentado en las Escrituras ante iniciativas de negociación o pactos políticos debe caracterizarse por un discernimiento ético, firmeza moral y la búsqueda inquebrantable de la justicia, evitando tanto la credulidad ingenua como el cinismo apático.
Frente a la creación de instancias de diálogo o comisiones mixtas de transición, la fe bíblica ofrece un marco conceptual claro para evaluar estos procesos y actuar con sabiduría.
1. Discernimiento y realidad espiritual frente a las intenciones humanas
El creyente no debe dejarse llevar por discursos efectistas ni por la mera retórica de «unidad» o «negociación» si esta carece de sustancia ética. Las Escrituras advierten constantemente contra la confianza ciega en las alianzas políticas o en la capacidad del hombre por sí solo para traer la paz sin verdad.
La Biblia enseña a examinar todo a la luz de los hechos y el carácter de los actores envueltos. «El ingenuo cree todo lo que le dicen, pero el prudente piensa cada paso que da» (Proverbios 14:15).
La esperanza del creyente no está depositada en acuerdos parlamentarios ni en hombres públicos, sino en la soberanía de Dios. «No pongan su confianza en los poderosos; no está allí la ayuda para ustedes» (Salmo 146:3).
2. Exigencia de justicia, verdad e integridad (sin pactos de impunidad)
Toda comisión que pretenda encauzar una transición o acordar un proceso electoral legítimo debe responder a criterios de justicia auténtica. Un cristiano no apoya arreglos de cúpulas que encubran la corrupción, la mentira o la vulneración de los derechos humanos en aras de un pragmatismo político.
La reconciliación bíblica jamás ocurre a expensas de la Verdad. Como nos lo advierte Dios a través del profeta Isaías: «¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz!» (Isaías 5:20).
Justificar la injusticia por conveniencia institucional es condenado en las Escrituras, porque «el que justifica al impío y el que condena al justo, ambos son abominables al Señor» (Proverbios 17:15). Como también se nos ordena en Efesios 5:11: «No tengan nada que ver con las obras infructuosas de las tinieblas; al contrario, denúncienlas».
3. Búsqueda del bien común y el bienestar de la nación
El rol de la Iglesia en la sociedad es promover el bienestar colectivo y la protección a los más vulnerables, velando por que las decisiones políticas devuelvan la libertad, la paz social y las condiciones dignas a la población.
La exigencia ciudadana del creyente debe apuntar al bien del país y a la paz fundada en el derecho; «y trabajen por la paz y prosperidad de la ciudad [país]… Pidan al Señor por la ciudad, porque del bienestar de la ciudad dependerá el bienestar de ustedes» (Jeremías 29:7).
Así como jamás debemos olvidar lo que nos dice el profeta Miqueas: «¡Pueblo de Dios! Ya el Señor les ha dicho qué es lo que él espera que ustedes hagan. Ya él les ha enseñado lo que es bueno y espera que ustedes hagan. Lo que el Señor les pide es que practiquen la justicia, que sean misericordiosos y que vivan siguiendo fielmente sus instrucciones» (Miqueas 6:8).
4. Practiquemos la oración estratégica y una actitud ciudadana vigilante
La posición bíblica no es pasiva ni indiferente. Implica orar activamente por la nación y sus actores políticos, mientras se mantiene una conducta ética intachable y una voz profética que demande transparencia en los procesos electorales y de transición.
Las oraciones por la nación y los procesos políticos y de gobierno deben estar enmarcados en el exhorto del apóstol Pablo: «Lo que recomiendo es que, en primer lugar, hagan oraciones por todos; rueguen y supliquen que Dios tenga misericordia de ellos, y denle gracias. Oren en especial por los gobernantes y por todos los que tienen autoridad, para que en paz y sosiego podamos llevar una vida piadosa y digna» (1ª Timoteo 2:1-2).
Debemos ser prudentes en nuestras opiniones y acciones para que sean justas y ecuánimes, sin parcialidad alguna y soportadas por la Verdad de las Escrituras, como le indicó el Señor a sus apóstoles una vez los envió: «Tengan ustedes en cuenta que los estoy enviando como a ovejas en medio de lobos; así que sean prudentes como serpientes y sencillos como palomas» (Mateo 10:16).
Un cristiano genuino debe mantener una postura de prudencia crítica, oración fervorosa y exigencia ética. No le corresponde avalar ciegamente fórmulas políticas por afinidad partidista, ni descartar soluciones pacíficas por amargura, sino medir cada propuesta de esta mesa de diálogo parlamentario con la vara de la Verdad, la transparencia y el bien de toda la nación.
Como síntesis de esta postura, la actitud del creyente frente a cualquier iniciativa de negociación política no debe basarse en la ingenuidad ni en la amargura, sino en una firmeza moral impulsada por la fe. Ningún acuerdo de transición o agenda electoral alcanzará la verdadera paz para el país si se edifica sobre pactos de impunidad o la manipulación de la verdad. La responsabilidad de la Iglesia es sostener una voz clara y equilibrada que no adore al poder humano ni renuncie al deber ético de exigir transparencia y dignidad para la nación.
En última instancia, mientras los hombres trazan estrategias e intentan moldear el destino político venezolano, la Iglesia descansa y actúa bajo la certeza de que la verdadera equidad y la restauración integral sólo prosperan donde rige el principio bíblico de la Verdad; porque «la justicia engrandece a la nación, pero el pecado es afrenta para los pueblos» (Proverbios 14:34).
Georges Doumat B.


