Seducido

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La trampa nunca deja de serlo no importa la experiencia ni la edad

“Al punto se marchó tras ella, Como va el buey al degolladero, y como el necio a las prisiones para ser castigado; Como el ave que se apresura a la red, y no sabe que es contra su vida, Hasta que la saeta traspasa su corazón” (Proverbios 7:22-23).
Una vez le dije a unos jóvenes que los hombres somos atraídos por lo que vemos y por eso debemos disciplinar nuestros ojos. Una primera mirada a una dama atractiva puede ser involuntaria, pero la segunda ya no era inocente. A lo que un joven respondió: – ¡Entonces hay que mirar muy bien con la primera mirada!
Como muchos proverbios, la enseñanza de este se halla debajo de la piel: detrás de la literalidad se expone el drama de quien es arrastrado por el deseo. El pez no muere por la carnada, sino por lo que lo lleva a ella. Santiago 1:4 lo enseña: “cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido”. El joven de nuestro proverbio muerde el anzuelo por su deseo. Es, de entre todos, el más imprudente, quien cree sabérselas todas, quien no “pela el boche”, el más vivo.
Cuesta pensar que este consejo tenga vigencia hoy. Pareciera que nuestros muchachos dejaron de ser ingenuos hace rato. Pero ¿acaso no es ingenuo dudar que la causa de la ruina de otros, también ocasionará la propia? (v.26). La trampa nunca deja de serlo no importa la experiencia ni la edad.
Lo importante no es sentirse sagaz, sino serlo y librarse de la trampa mortal. El proverbista exhorta: “Di a la sabiduría: Tú eres mi hermana, y a la inteligencia llama parienta…” (Proverbios 7:4-5). Y concluye con el siguiente aforismo: “guarda mis mandamientos y vivirás” (v.2). Esta es la actitud del verdadero experto. ¿Lo eres?

Eduardo Padrón

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