No podemos entregar nuestra credibilidad pastoral a ningún político simplemente porque sabe hablar el idioma de la fe
Uno de los grandes peligros que enfrenta hoy la Iglesia es confundir el lenguaje cristiano con el carácter cristiano.
Cada vez que un líder político menciona a Jesús, cita un versículo, habla de Dios o se identifica públicamente como cristiano, inmediatamente algunos sectores de la comunidad pastoral concluyen: “Es uno de nosotros, es cristiano”.
Pero Jesús mismo nos advirtió:
“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”— Mateo 7:21.
Nombrar a Cristo no es lo mismo que seguir a Cristo. Usar vocabulario cristiano no demuestra necesariamente conversión, y defender algunas posiciones que coincidan con nuestros valores tampoco sustituye el fruto de una vida transformada.
Jesús también dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16).
Por eso la Iglesia necesita recuperar el discernimiento espiritual. No podemos entregar nuestra credibilidad pastoral a ningún político simplemente porque sabe hablar el idioma de la fe. Debemos evaluar carácter, conducta, justicia, misericordia, verdad, humildad, respeto por la dignidad humana y coherencia entre lo que una persona proclama y la manera como ejerce el poder.
Necesitamos orar para que Dios levante una nueva generación de cristianos nacidos de nuevo, íntegros y capacitados para gobernar: hombres y mujeres preparados profesionalmente para ocupar posiciones de autoridad pública, con carácter probado y convicciones suficientemente firmes para permanecer en el poder sin negociar sus principios y valores cristianos.
Y quiero hacer una distinción importante: no estoy hablando necesariamente de pastores entrando en política. Esa es otra discusión. El llamado pastoral no debe convertirse en una plataforma para satisfacer aspiraciones personales de poder. Cuando el púlpito comienza a parecernos pequeño y nace la ambición por convertirnos en gobernadores, senadores o presidentes, debemos examinar profundamente nuestro corazón y nuestro llamado.
Estoy hablando de creyentes cuya vocación legítima sea servir a Dios desde el gobierno, la administración pública, el derecho, la economía y las diferentes instituciones de nuestra sociedad.
José sirvió a Dios administrando Egipto. Daniel sirvió dentro de gobiernos paganos sin abandonar sus convicciones. Ambos estuvieron cerca del poder sin permitir que el poder conquistara sus corazones.
La Iglesia no necesita políticos que aprendan a hablar como cristianos para conseguir el voto de los cristianos.
Necesitamos cristianos verdaderos, preparados para gobernar, que cuando lleguen al poder continúen comportándose como discípulos de Jesús.
Como pastores, nuestra responsabilidad no es decirle a la Iglesia a quién debe seguir políticamente. Nuestra responsabilidad es formar discípulos capaces de discernir.
Oremos por líderes públicos con temor de Dios, pero también por una Iglesia con suficiente madurez espiritual para reconocer la diferencia entre una declaración de fe y una vida que verdaderamente produce el fruto de esa fe.
“Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder”— 1ª Corintios 4:20.
Manuel Noriega A.
Apóstol


