El Evangelio es tan poderoso que hizo iguales al esclavo y al amo, al rico y al pobre
“Las riquezas traen muchos amigos; mas el pobre es apartado de su amigo” (Proverbios 19:4).
Todos sabemos que no es intrínsecamente pecaminoso ser pobre o rico. Pero cada condición tiene sus bajezas y sus grandezas. Para muchos los ricos son malos porque son ricos y para otros los pobres lo son por ser pedigüeños. Pero nuestro proverbio no apunta al rico o al pobre, sino a la actitud interesada de quienes se apegan al rico por lo que tiene y repelen al pobre porque no tiene. Me gusta esta traducción: “Al rico le llueven los amigos, pero al pobre lo abandonan” (PDT).
Algo de este mundano comportamiento se observó en Corinto. Algunos creyentes con posibilidades segregaban a los pobres al no esperarlos en el ágape de la Cena. Las diferencias sociales desdibujaban la unidad promoviendo una falsa amistad.
Hoy la tendencia es menos acentuada, pero aún puede verse en las inclinaciones por el que tiene, sabe, habla mejor o presume de gran espiritualidad; e igual se ve el aprovechamiento. Conocí a una dama empresaria que llegó a una iglesia y a los días fue abordada por quienes deseaban solventar a expensas de ella sus problemas económicos. El asunto no terminó bien.
Nuestro proverbio nos recuerda cómo son las cosas en el mundo no en la iglesia. El Evangelio es tan poderoso que hizo iguales al esclavo y al amo, al rico y al pobre. Sin embargo, hoy las posturas jerárquico-posicionales le han dado con los pies a esa igualdad. La función se toma como cargo y la palabra ministro está inflada con cierto estatus. La iglesia no es el mundo, pero tiene sus formas de imitarle.
Si deseamos dejar esto afuera, aceptemos que en Cristo todos tenemos la misma dignidad, sin tratos preferenciales o por interés. ¿Estás de acuerdo?




