La misericordia y la verdad son dos atributos divinos que se deben cultivar y evidenciar en la vida cristiana. Ya sabemos que la primera aleja el egoísmo y la segunda a la falsedad
“Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad; átalas a tu cuello, escríbelas en la tabla de tu corazón” (Proverbios 3:3).
¿Por qué olvidamos? Algunas respuestas serían: porque no reforzamos lo aprendido, no entendimos lo que nos enseñaron, no lo practicamos, no lo consideramos valioso, no nos gusta o no nos interesa. No obstante, si hay una exhortación clara en los proverbios es a recordar y a practicar lo que se nos enseña.
En nuestro caso el énfasis está en no olvidar y para eso se usan figuras muy descriptivas que apelan a la voluntad (“Nunca se aparten”), a la mnemotecnia para recordarlas (“Átalas a tu cuello”), y al reconocimiento de su valor para mantenerlas vigentes (“escríbelas en la tabla de tu corazón”). Un triple esfuerzo que da honor a lo que tiene valor.
Pero una buena lección no sólo apela a la comprensión y la práctica, es necesario que tenga un buen contenido. Proverbios 3:3 menciona dos suficientemente valiosos: la misericordia y la verdad. Dos atributos divinos que se deben cultivar y evidenciar en la vida cristiana. Ya sabemos que la primera aleja el egoísmo y la segunda a la falsedad; sin embargo, ambas generan un sano equilibrio en el perfil del creyente que produce tratos misericordiosos y justos; verdaderos y fieles. Algunas versiones traducen “fidelidad” que igualmente nos plantea la hermosa idea de quien es misericordioso con lealtad y fidelidad. ¿No es algo que necesita este mundo a gritos?
Un carácter equilibrado está formado por virtudes en armonía. Es el dibujo de un creyente que no juzga falsamente y nunca se excede en sus juicios. Su fidelidad anula la parcialidad y su misericordia la rigidez. Es el bosquejo de un creyente fiel y misericordioso: lo que más necesitan nuestras relaciones. ¿Las tienes?




