El buen nombre no es tener un nombre bonito, sino una calidad de vida que lo respalde
“De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, Y la buena fama más que la plata y el oro” (Proverbios 22:1).
Cuando Salomón fue ungido como el nuevo rey de Israel, David, su padre, estaba en cama ya viejo, pero disfrutando de la promesa de Dios al ver a su hijo ascender al trono. Enseña el relato bíblico que los siervos de David le bendijeron con estas palabras: “Dios haga bueno el nombre de Salomón más que tu nombre, y haga mayor su trono que el tuyo. Y el rey adoró en la cama” (1 Reyes 1:47).
El buen nombre no es tener un nombre bonito, sino una calidad de vida que lo respalde. En David hallamos a un hombre que cometió errores muy bajos, costosos y lamentables. Sin embargo, el testimonio en sus últimos días fue que tenía un “buen nombre”. Lo que demuestra que sus virtudes estuvieron por encima de los pasajeros errores. Además, supo mantener esa buena fama hasta sus últimos días, lo que lamentablemente no fue el caso de Salomón.
En nuestro proverbio lo que marca la diferencia es aquello que se considera mejor: el dinero o el buen nombre. No creo que esté implícito un desdén por el dinero o elegir ser pobre. El punto es qué ponemos en primer lugar, lo que se elija marcará los intereses y las decisiones de la persona. ¿Qué puso Salomón primero?
Un dato interesante es que el calificativo “buen” es una añadidura. Esto le da fuerza a la intención de elegir el cultivo de un “nombre” en contraste con un don nadie que sólo vale por lo que tiene. Job 30:8, menciona a los “hombres sin nombre que son más bajos que la tierra”. ¿Habrá necesidad de más explicación? Dígame, ¿qué considera mejor?




