lunes, junio 8, 2026
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Cautividad vs. Verdad en Cristo

¿Qué tiene que salir de un hombre para que por fin vuelva a respirar como alguien libre de la actividad de cerrojos?

Esta es una de esas escenas que golpean porque muestran la liberación no como metáfora, sino como desgarro. Un hombre cae hacia atrás, grita, se aferra al pecho, mientras otra figura, con autoridad serena, parece extraer de su interior una forma monstruosa, una especie de muerte adherida, una estructura de hueso y podredumbre que había estado viviendo dentro de él.
No es difícil pensar en los evangelios, donde Jesús no trató la opresión espiritual como imaginación ni como símbolo ligero. La enfrentó como esclavitud real. Y cuando hablaba, aquello que dominaba a las personas se manifestaba, resistía y finalmente salía (Marcos 5; Lucas 4:35-36).
Lo impresionante es que aquí no parece salir sólo un demonio externo, sino algo enraizado, casi incorporado a la identidad del hombre. Y eso describe con precisión muchas formas de esclavitud interior pueden caminar de un lugar a otro, pero su interior está esclavo, ¿cuántos hijos de Dios están esclavos?
Hay cadenas o cerrojos que ya no se sienten ajenas porque llevan demasiado tiempo alojadas en la vida. Heridas convertidas en carácter, pecados convertidos en costumbre, voces de condenación convertidas en autobiografía. Uno deja de decir “esto me oprime” y empieza a decir “yo soy así”.
Por eso la liberación auténtica no siempre se siente suave. A veces se siente como si arrancaran de dentro algo que llevaba años confundido con la propia carne y la iglesia se acostumbró a la esclavitud espiritual.
La luz en el punto de contacto me recuerda que el poder de Cristo no negocia con la oscuridad. No la educa, no la convence, no la integra, la expulsa. Y eso es crucial en una época que suele romantizar las cadenas internas o convertirlas en identidad incuestionable. Jesús no vino sólo a consolar personas cautivas; vino a anunciar libertad a los cautivos (Lucas 4:18). Pero esa libertad no es abstracta. Tiene costo, tiene confrontación y, muchas veces, tiene grito. El alma se sacude cuando aquello que la había gobernado empieza a perder su lugar.
Yo he visto personas llorar no porque Dios las hiriera, sino porque por primera vez alguien tocó el punto exacto donde estaba escondido el cautiverio. Esta imagen me deja una enseñanza preciosa: la liberación no consiste en parecer mejor, sino en quedar menos poseído por aquello que no venía de Dios. Y cuando Cristo mete la mano en lo más profundo del pecho humano, no lo hace para humillar, sino para devolver al hombre a sí mismo. Hay dolores que anuncian destrucción; pero hay otros, como este, que anuncian parto de libertad, para poder ver su gloria y poder.
Porque cuando lo oscuro por fin sale, lo que queda no es vacío. Es espacio para volver a vivir sin la presencia de aquello que durante demasiado tiempo ocupó el centro.
Orando por la liberación de la cautividad del pueblo de Dios.

José Madrid
Apóstol

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