Dios nunca ha llamado a personas autosuficientes; ha llamado a personas dependientes de Él
Los grandes líderes suelen enfrentar la sensación de no estar a la altura de las responsabilidades que tienen delante. Con frecuencia, pensamientos disfrazados de humildad se abren paso en su mente y terminan debilitando su confianza. Frases como «no soy tan capaz como creen», «simplemente tuve suerte», «en cualquier momento descubrirán que no sé lo suficiente» o «hay personas mucho mejores que yo» reflejan una batalla interna más común de lo que parece.
A este patrón de pensamiento se le conoce como síndrome del impostor. Se trata de una distorsión que lleva a una persona a minimizar sus capacidades, ignorar su trayectoria y atribuir sus logros a factores externos en lugar de reconocer la gracia, el esfuerzo y la preparación que han contribuido a su crecimiento.
Debo admitir que en diferentes momentos de mi liderazgo también me encontré atrapado en esa dinámica. Aunque existían evidencias objetivas del llamado de Dios y del trabajo realizado, mi mente insistía en cuestionar si realmente era capaz de cumplir la tarea encomendada.
Sin embargo, encontré una respuesta poderosa en las Escrituras. Al leer las palabras del rey David, descubrí que incluso uno de los líderes más destacados de la historia experimentó sentimientos similares. Frente a la bondad de Dios, expresó con asombro: «¿Quién soy yo, oh Jehová Dios, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí?» (2 Samuel 7:18. Reina-Valera 1960). En otra ocasión, siendo aún joven, dijo: «¿Quién soy yo, y qué es mi vida, o la familia de mi padre en Israel, para que yo sea yerno del rey?» (1 Samuel 18:18. Reina-Valera 1960).
Al reflexionar sobre estas declaraciones comprendí una verdad importante: la inseguridad no es una experiencia exclusiva de los líderes modernos. Moisés, Gedeón, Jeremías y muchos otros siervos de Dios también lucharon con sentimientos de insuficiencia cuando fueron confrontados con el tamaño de su llamado.
La diferencia está en aprender a mirar más allá de nuestras limitaciones. Jesús mismo enseñó que la verdadera capacidad para servir no proviene de nosotros, sino de nuestra relación con Él: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5. Reina-Valera 1960).
Esta verdad transforma por completo la perspectiva del liderazgo. Dios nunca ha llamado a personas autosuficientes; ha llamado a personas dependientes de Él. Nuestro éxito no descansa en nuestras habilidades naturales, sino en la presencia del Señor obrando a través de nosotros.
No olvido también el poderoso recordatorio del apóstol Pablo en medio de circunstancias adversas. Mientras enfrentaba limitaciones reales, afirmó con convicción: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13. Reina-Valera 1960). Pablo no estaba exaltando su capacidad personal; estaba declarando la suficiencia de Cristo en medio de su debilidad.
Líder, cuando la voz de tu impostor interno intente convencerte de que no eres suficiente, recuerda esta verdad: por ti mismo no lo eres, pero Dios obra a través de ti. El llamado no depende de tu perfección, sino de Su poder. Y cuando Él está presente, la inseguridad deja de tener la última palabra.
Este artículo fue escrito sin inteligencia artificial.
Juan Carlos Calderón
Presidente Escuela de Liderazgo de Alto Impacto (ELAI)
@jccalderonn

