“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:10-17, vv. 11,12).
En el Antiguo Testamento, una fortaleza era un lugar de seguridad y protección contra el ataque enemigo. Con frecuencia, usamos este término para describir a Dios, en los escritos de David, por ejemplo, en los Salmos 18:2; 31:2; 59:16-17.
Una fortaleza también es útil para el diablo, pero la clase de fortaleza que él construye no es un refugio. (Véase 2ª Corintios 10:4). Es más bien una prisión para mantenernos encerrados en el pecado, un lugar de engaño y tentación constantes.
Para el creyente, escapar de este tipo de fortaleza puede ser difícil, pero no imposible; pues Cristo nos ha liberado del dominio del pecado y ha provisto una armadura espiritual para nuestra protección. Entonces, ¿por qué seguimos luchando con los hábitos pecaminosos? La razón es porque recibimos placer y satisfacción temporales de estos comportamientos arraigados en nosotros. Sin embargo, cualquier “beneficio” es engañoso, y la culpa y la vergüenza tocarán a la puerta tarde o temprano.
Solo pensar en abandonar un hábito pecaminoso lleva a algunas personas al borde de la desesperación, aunque anhelan ser libres. Pero el poder del Espíritu Santo es suficiente para permitir a cualquier creyente salir del dominio de Satanás y entrar en la fortaleza de Dios.
Charles F. Stanley
Pastor, maestro y escritor




