En lugar de ejercer dominio jerárquico, el ministro está llamado a servir. El modelo de liderazgo bíblico es el del “siervo” que modela el camino en lugar de imponerlo por la fuerza
Los cinco ministerios, en especial el pastoral, fueron diseñado por el Señor para el cuidado, la edificación y el servicio a la iglesia (Efesios 4:11-16). Cuando este propósito se desvirtúa, se generan dinámicas de manipulación y abuso que dañan a la congregación y a la iglesia nacional, porque contradicen la enseñanza bíblica.
La Iglesia, tanto en el ámbito local como universal, es el cuerpo de Cristo, donde Él es la cabeza: el Señor, quien la gobierna por medio del Espíritu Santo; razón más que suficiente para que los ministros nos sometamos a los parámetros de las Sagradas Escrituras en cuanto a nuestra relación con la Novia del Cordero.
Que por ser novia debe ser tratada como a una doncella, amándola, respetándola, guardándola y preparándola para el encuentro con su Amado quien se casará con ella en las Bodas del Cordero una vez la venga a buscar. Nuestro trato como ministros para con la Iglesia debe ser tal y como lo indica el apóstol Pablo: «Porque les celo con celo de Dios, pues les he desposado con un solo marido para presentarlos como una virgen pura a Cristo» (2ª Corintios 11:2).
La iglesia como institución terrenal se rige por lo que enseñan el Señor Jesús y los apóstoles en el Nuevo Testamento; esta es horizontal, puesto que en ella todos somos iguales ante el Padre, aunque tengan dones espirituales y ministeriales nadie está por encima de nadie, sólo Cristo; lo cual significa que no es jerárquica ni piramidal como esa parte que se desvirtuó del modelo original y aceptó que el emperador romano Constantino la encabezara y convirtiera en una monarquía jerárquica hasta el día de hoy, a pesar de las advertencias del Señor de cuidarnos de la doctrina de los nicolaítas y del jezabelismo (Apocalipsis 2:6,15; 2:20-23), muchos todavía manipulan la sana doctrina e inducen a la Novia a la fornicación espiritual y al abuso de autoridad.
Es lamentable ver hoy en día cómo muchos -y cada día hay más- líderes que pervierten la sana doctrina induciendo a la Novia a ser infiel a su futuro esposo, mientras otros la manipulan y le imponen cargas que ellos no llevan, tal y como lo reprendió el Señor a los fariseos de su tiempo (Mateo 23). Es tal el abuso de ese tipo de ministros que se abrogan la representatividad de la iglesia, negociando con ella y hasta usándola para firmar pactos y compromisos con políticos y gobernantes, sin consultar con ella, igualándose con la religión constantiniana al imponerse al cuerpo de Cristo asumiendo una jerarquía que no es bíblica.
Nunca debemos olvidar, como jamás lo olvidó el apóstol Pablo, que quien persigue, manipula y ultraja a la Novia del Cordero, a Cristo mismo está persiguiendo, y «dura cosa es dar coces contra el aguijón». La lección de Pablo cuando el Señor salió a su encuentro camino a Damasco debería servirnos a nosotros también, que no hay nadie que manipule, agreda o maltrate a la Iglesia que no experimente «cuánto le es necesario padecer por su nombre». Es una insensatez maltratar al cuerpo de Cristo, porque las consecuencias pueden llegar a ser eternas.
La enseñanza que nosotros no podemos olvidar es que quien se mete con la Iglesia, con los santos de Jesús, los lavados por su sangre, los redimidos gracias a su obra en la cruz del Calvario, se está metiendo con Él directamente. No importa quiénes sean. Pablo era un hombre importante en su tiempo. Inclusive era destacado en el judaísmo. Estamos hablando de un hombre tan temeroso de Dios, tan celoso por Dios que se atrevió hasta a matar «en nombre de Dios» y pagó las consecuencias llevando un ministerio de duras persecuciones y sufrimientos.
¿Cuándo iremos a prender que, aunque seamos parte de la Novia no nos es lícito manipularla, maltratarla, desviarla de la Verdad y mucho menos negociar en nombre de ella?; simple y llanamente porque le pertenece a Él, es su prometida y Él la quiere virgen, pura, santa, con sus vestiduras blancas y libre de contaminación alguna. «No se engañen; Dios no puede ser burlado. Todo lo que el hombre siembre, eso mismo cosechará» (Gálatas 6:7); no olvidemos eso.
Dado que la iglesia es presentada doctrinalmente como el cuerpo de Cristo y una posesión adquirida «a precio de sangre» (Hechos 20:28), el trato ministerial debe reflejar el carácter del propio Jesucristo. En lugar de ejercer dominio jerárquico, el ministro está llamado a servir. El modelo de liderazgo bíblico es el del «siervo» que modela el camino en lugar de imponerlo por la fuerza, tal y como lo enseña el apóstol Pedro:
«Apacienten el rebaño de Dios que está a su cargo, cuidándolo no por la fuerza sino de buena voluntad según Dios; no por ganancias deshonestas sino de corazón; no como teniendo señorío sobre los que están a su cargo sino como ejemplos para el rebaño» (1ª Pedro 5:2-3).
Debemos rendir cuentas claras en el manejo de las finanzas y en la toma de decisiones institucionales frente a la comunidad de fe. Así como guiar a los creyentes a desarrollar su propia relación con Dios y discernimiento personal, en lugar de fomentar la dependencia absoluta hacia la figura del líder o la organización, sea esta eclesiástica o paraeclesiástica.
Cuando Jesús le dice a Pablo: «¿Por qué me persigues?», no habla de una institución terrenal, sino de su propio cuerpo. Por lo que existe un peligro contemporáneo de abusar de la autoridad, a quienes vendría bien considerar algunas advertencias:
- El peligro del señorío falso: Ningún líder es «dueño» de la grey (1ª Pedro 5:2-3).
- El valor de la sangre: Quien utiliza la Iglesia como botín político, financiero o de ego, olvida el precio pagado en el Calvario. Atentar contra la libertad o la fe de un creyente es un ataque directo contra la cabeza, que es Cristo.
- El ejemplo de la gracia: La actitud de Ananías, Bernabé y los apóstoles hacia Pablo demuestra la verdadera naturaleza del Evangelio. La Iglesia del primer siglo no operó desde la sospecha, el reproche o la cancelación, sino desde la restauración y la paternidad espiritual.
El verdadero ministerio no negocia con el rebaño; lo sirve, lo protege y lo guía hacia el único Pastor y Obispo de las almas.
Muchos en el liderazgo ministerial actual en Venezuela necesitan volver a este principio de paternidad y gracia practicado por Bernabé para sanar las divisiones dentro de la Iglesia, y las organizaciones que nos agrupan deberían velar porque así sea hoy y siempre, respetar la voluntad del colectivo de creyentes y evitar que pequeños grupos con intereses particulares causen daño a la Novia, como en efecto está sucediendo hoy.
Nuestro deber es coadyuvar a que la oración hecha por Cristo en favor de su cuerpo se cumpla: «Pero no ruego solamente por estos sino también por los que han de creer en mí por medio de la palabra de ellos; para que todos sean uno así como tú, oh Padre, en mí y yo en ti, que también ellos lo sean[e] en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste» (Juan 17:20-21).
Ese es el trato que el Cordero espera que demos y recibamos como Su Novia mientras Él viene por nosotros…
Georges Doumat B.


