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Corazón Puro, Eduardo Padrón

Por muy débil que esté la conciencia, siempre nos dirá algo y nos recordará que por dentro nos parecemos mucho

“¿Quién puede afirmar: «Tengo puro el corazón; estoy limpio de pecado»?” (Proverbios 20:9).
La imagen que trae a mi mente este proverbio es la del Señor respondiendo a los acusadores de la mujer adúltera: “quién esté libre de pecado que arroje la primera piedra”. El acusador debió ser el primero en lanzarla. No lo hizo.
Hoy no arrojaríamos una piedra, pero sí otras cosas: una palabra hiriente, una mirada fulminante, un gesto de rechazo, un sarcasmo o levantamos el dedo acusador. Es odiosa y desagradable tanto la acción como el resorte que la impulsa. Pero Dios con sólo una palabra nos desarma: “¿Quién puede afirmar: «Tengo puro el corazón; estoy limpio de pecado»?”. Por muy débil que esté la conciencia, siempre nos dirá algo y nos recordará que por dentro nos parecemos mucho.
Fue Mark Twain quien dijo: “el hombre es como la luna: tiene una cara oscura que a nadie enseña”. ¿Cuánto se acercó Twain al aserto bíblico? Tal vez lo suficiente para alumbrar esa zona en la que se mantiene la íntima ilusión de que la valía personal aumenta cuando se enjuicia a otro, ya sea en el silencio del corazón, con la palabra o con el gesto.
La pregunta de nuestro proverbio sobreentiende la respuesta. Ya la sabemos. Pero admitirla es un buen comienzo para corregir posturas y mejorar actitudes; seremos más agradables y nos ayudará a sentirnos mejor, a vivir en paz con nosotros mismos. Esa sinceridad tranquiliza y prepara el terreno para cultivar mejores relaciones. Te amista contigo mismo y con los demás.
Por tanto, la gota de sabiduría que Dios nos da hoy, nos confronta, pero nos beneficia. Además, es un valiosísimo criterio que mantendrá a raya todo engreimiento y nos convertirá en personas más solidarias, sensibles y comprensivas.

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
edupadron@gmail.com

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