Una vez que el cuerpo se acomoda, lo que aún nos queda de la naturaleza carnal, del “viejo hombre”; comenzará a dominar nuestra voluntad con mano de hierro
“Pasé por el campo del perezoso y por el viñedo del hombre falto de seso: y lo que vi fue un terreno lleno de espinos, con su cerca de piedras derrumbada. Al ver esto, lo grabé en mi mente; lo vi y aprendí esta lección: mientras tú sueñas y cabeceas, y te cruzas de brazos para dormir mejor, la pobreza vendrá y te atacará como un vagabundo armado” (Proverbios 24:30-34. DHH).
Me enfermé por un poco más de dos semanas, así que, por dos domingos dejé de asistir a mis reuniones en la iglesia. No era una afección seria, pero debía reposar. Por tanto, dormí, leí y miré la televisión. Sin olvidar mis devociones que las había aflojado un poco. No tardaron mucho en verse los cambios en todos los sentidos. Pero uno de ellos fue el que llamó más mi atención: noté cómo el cuerpo se acomodaba. No deseo confundirle, por acomodarse no quiero decir, arreglarse, sino buscar un acomodo para sólo eso, estar cómodo. Y me di cuenta que en toda la ganancia en salud, estaba descuidando la disciplina y mi cuerpo se hacía acomodadizo.
La lección de nuestro proverbio es esa, el perezoso y falto de entendimiento dejó que su cuerpo se acomodara y ya no pudo atender las tareas cotidianas; esas que, al descuidarlas, permiten que crezca la maleza y los espinos de la dejadez y de la ruindad. Y una vez que el cuerpo se acomoda, lo que aún nos queda de la naturaleza carnal, del “viejo hombre”; comenzará a dominar nuestra voluntad con mano de hierro.
El perezoso no es un monstruo, sino un hombre común (Kidner) que ha postergado los deberes, ha eludido el trabajo duro, ha dado muchas excusas; le ha llegado la pobreza y no puede discutir con ella. Ya no hay tiempo. Pero el sabio hace las correcciones oportunamente.
¿Se te está acomodando el cuerpo en algún área? ¿Notas que ya están creciendo las espinas? ¡Alerta! Es el tiempo de moverse.




