Este estudio recorre el maravilloso desarrollo de la revelación divina, desde el templo construido por manos humanas hasta el creyente convertido en morada del Espíritu Santo
“Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie; y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios…” (Eclesiastés 5:1).
Desde el principio de la historia bíblica, Dios quiso habitar en medio de su pueblo. Sin embargo, esa presencia fue revelándose progresivamente hasta alcanzar su plenitud en Cristo y en el derramamiento del Espíritu Santo. Este estudio nos permitirá recorrer ese maravilloso desarrollo de la revelación divina, desde el templo construido por manos humanas hasta el creyente convertido en morada del Espíritu Santo.
I. EL DESEO DE DIOS SIEMPRE FUE HABITAR ENTRE SU PUEBLO
Después de sacar a Israel de Egipto, Dios dio una orden extraordinaria.
Éxodo 25:8: “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos”.
El propósito nunca fue simplemente levantar una tienda o un edificio. El propósito era manifestar Su presencia entre un pueblo redimido.
El Tabernáculo fue el primer santuario donde Dios manifestó su gloria mediante la nube y el fuego.
Más tarde, ese Tabernáculo dio paso al magnífico Templo construido por Salomón.
Pero desde el principio existía una verdad que nunca debemos olvidar: Dios jamás estuvo limitado por un edificio.
II. EL TEMPLO ERA UNA FIGURA, NO EL DESTINO FINAL
Cuando Salomón terminó el templo, pronunció unas palabras sorprendentes.
1 Reyes 8:27: “Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?”.
El mismo constructor del templo reconocía que Dios no podía ser contenido entre paredes de piedra.
El templo era santo.
Era el lugar escogido para la adoración.
Era el centro de la vida espiritual de Israel.
Pero también era una sombra de una realidad mucho mayor que aún estaba por venir.
III. ECLESIASTÉS Y LA CASA DE DIOS
Dentro de ese contexto escribe Salomón en Eclesiastés 5:1: “Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie”.
En aquel tiempo la presencia especial de Dios estaba relacionada con el templo.
Por eso Salomón exhorta al pueblo a entrar con reverencia.
“Guardar el pie” significa cuidar la conducta, la actitud y el corazón.
Luego añade: “Acércate más para oír…”.
La verdadera adoración comienza escuchando a Dios antes que hablando nosotros.
Continúa diciendo: “…que para ofrecer el sacrificio de los necios”.
El necio también asistía al templo. También ofrecía sacrificios. Pero lo hacía sin obediencia y sin temor de Dios.
Aquí encontramos una enseñanza eterna: Dios nunca ha buscado rituales vacíos; siempre ha buscado corazones reverentes.
V. LA LIMITACIÓN DEL ANTIGUO PACTO
Cuando Salomón escribió Eclesiastés todavía no había ocurrido Pentecostés.
El Espíritu Santo obraba sobre personas específicas para capacitarlas en tareas determinadas, pero la Escritura aún no hablaba de todos los creyentes como morada permanente del Espíritu.
El pueblo iba al templo para adorar.
La presencia de Dios estaba asociada al santuario.
Todavía no había llegado el tiempo anunciado por los profetas.
VI. CRISTO, EL VERDADERO TEMPLO
Cuando Jesucristo apareció, reveló una verdad que desconcertó a los judíos.
Juan 2:19-21: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”.
Los judíos pensaron que hablaba del edificio de Jerusalén.
Pero Juan aclara: “Mas él hablaba del templo de su cuerpo”.
Cristo mismo se convirtió en la manifestación perfecta de la presencia de Dios entre los hombres.
Por eso Pablo declara en Colosenses 2:9: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”.
El templo de piedra señalaba hacia Cristo.
Las sombras daban paso a la realidad.
VII. PENTECOSTÉS CAMBIÓ LA HISTORIA
Después de la muerte, resurrección y ascensión del Señor, ocurrió uno de los acontecimientos más trascendentales de toda la Biblia.
El Espíritu Santo descendió sobre la Iglesia.
El que antes habitaba en un santuario ahora comenzó a morar en los creyentes.
Pablo escribe en 1ª Corintios 3:16: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”.
Y nuevamente declara en 1ª Corintios 6:19: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo…?”.
Aquí encontramos la gran transición de la historia de la redención.
Antes el creyente iba al templo. Ahora el creyente es templo del Espíritu Santo.
Antes Dios manifestaba Su presencia en un edificio. Ahora Dios habita en Su pueblo.
No en piedras, sino en vidas redimidas por la sangre de Cristo.
VII. EL NUEVO TEMPLO NO ESTÁ HECHO POR MANOS DE HOMBRES
La Iglesia no es un edificio. La Iglesia es el pueblo redimido.
Pedro escribe en 1ª Pedro 2:5: “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual”.
Pablo añade en Efesios 2:21-22: “En quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”.
El nuevo templo no fue construido con mármol. No fue levantado con oro. No fue diseñado por arquitectos.
Fue edificado por Cristo. Su fundamento es Jesucristo. Sus piedras son hombres y mujeres regenerados. Su presencia permanente es el Espíritu Santo.
VIII. ¿QUÉ OCURRE ENTONCES CON ECLESIASTÉS 5?
El principio permanece, pero adquiere una dimensión mucho mayor. Antes decía: “Guarda tu pie cuando fueres a la casa de Dios”.
Hoy el Espíritu Santo nos recuerda:
Guarda tu vida.
Guarda tu corazón.
Guarda tus pensamientos.
Guarda tu lengua.
Guarda tus ojos.
Guarda tus manos.
Porque ya no sólo entras ocasionalmente en un lugar santo. Ahora tú eres templo donde mora el Espíritu Santo.
La reverencia dejó de limitarse a un edificio. Ahora debe acompañarnos todos los días de nuestra vida.
IX. LA VERDADERA ADORACIÓN
Por esa razón el Nuevo Testamento nunca centra la adoración en un lugar geográfico.
Jesús le dijo a la mujer samaritana en Juan 4:21-24: “…ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”.
La adoración dejó de depender del lugar. Ahora depende de la relación con Cristo y de la obra del Espíritu Santo.
CONCLUSIÓN
El Tabernáculo fue glorioso.
El Templo de Salomón fue majestuoso.
Pero ambos anunciaban una realidad infinitamente superior.
Jesucristo vino para cumplir aquello que las sombras anunciaban.
Con Su muerte y resurrección abrió el camino para que el Espíritu Santo habitara permanentemente en todos los que creen en Él.
Por eso, la exhortación de Salomón sigue teniendo plena vigencia.
Si bajo el Antiguo Pacto Dios pedía reverencia al entrar en Su casa, cuánto más ahora debemos vivir en santidad, sabiendo que somos la morada del Espíritu Santo.
Ya no caminamos hacia la presencia de Dios como quien visita un templo.
Caminamos con la presencia de Dios porque Él ha hecho de nosotros Su templo.
Por eso cada palabra, cada decisión, cada pensamiento y cada acción deben reflejar la santidad de Aquel que ahora habita en nosotros.Como escribió el apóstol Pablo: “Así que, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1ª Corintios 6:20).
Que cada creyente recuerde que el mayor privilegio del Nuevo Pacto no es entrar en un edificio para encontrarse con Dios, sino vivir cada día siendo una morada viva donde el Espíritu Santo ha decidido habitar por la gracia de Jesucristo.
Alberto B. Lara
Evangelista

