¿Cómo construirnos desde el subsuelo moral?
El rol regional de Venezuela y la rendición de cuentas de la viveza criolla.
Venezuela se encuentra en una de las transiciones más complejas, fascinantes y peligrosas de la historia moderna de Occidente.
El país no vive simplemente una crisis económica o un cambio de gobierno; está habitando el vacío que deja el colapso de un Estado corrupto y parasitario transnacional, bajo la sombra de un tutelaje geopolítico extranjero.
Para el ciudadano que ha sobrevivido a la traición sistemática de toda la clase política, el panorama actual no admite más poesía ni discursos épicos. Exige un realismo descarnado.
1.- El Tablero Actual: La Realidad del Limbo Geopolítico
El país ha pasado de un control criminal absoluto a una especie de protectorado energético informal. La presencia e influencia de los Estados Unidos en la administración de los recursos del subsuelo no es un secreto para nadie.
Es una realidad pragmática: Washington vigila los flujos financieros y otorga las licencias que permiten que el crudo fluya, mientras la arquitectura de la tiranía que secuestró al país por más de un cuarto de siglo se repliega, muta o intenta negociar su impunidad.
Esta realidad nos coloca en un limbo. La economía muestra burbujas de estabilización en sectores muy específicos, pero el tejido social sigue profundamente fracturado.
El peligro inmediato no es que el modelo corrupto y parasitario regrese con su vieja retórica socialista, ese discurso está muerto y enterrado en el imaginario popular, sino que se consolide una Paz Mafiosa.
Un escenario donde se permite cierta libertad económica para comerciar, consumir y emprender, pero donde las estructuras de poder real, la justicia y las instituciones siguen secuestradas por mafias corporativas o burocráticas.
2.- El Rol en la Región: El Péndulo de la Inestabilidad Americana
Históricamente, Venezuela fue el motor financiero de la desestabilización en América Latina.
Durante los años de bonanza petrolera, el dinero venezolano compró voluntades presidenciales, financió campañas en todo el continente e inyectó oxígeno a dictaduras obsoletas como la cubana.
Hoy, el papel de Venezuela en la región ha cambiado drásticamente:
Exportador de realidades, no de ideología: El impacto regional ya no se mide en petrodólares, sino en el destino migratorio de más de ocho millones de almas.
La diáspora venezolana ha transformado la demografía, la fuerza laboral y los sistemas de seguridad social desde Santiago de Chile hasta Miami.
El termómetro del crimen transnacional
Organizaciones criminales nacidas en las prisiones venezolanas se globalizaron, convirtiéndose en corporaciones delictivas con presencia en múltiples países.
Quizás el más mediático es el conocido como el Tren de Aragua, pero no es el único, hay otros de cuello blanco, que operan en la clandestinidad, bajo el amparo del aparato del Estado, como es el caso del etiquetado como el cartel de los soles y sus brazos transnacionales, compuesto por militares de alto rango y políticos parásitos, tanto dentro como fuera del país.
La pacificación y el desmontaje real de este aparato dentro de Venezuela es un asunto de seguridad nacional para todo el hemisferio.
La pieza del ajedrez energético
En un mundo convulso por tensiones en Europa del Este y Medio Oriente, el eje de refinación y extracción venezolano vuelve a ser una prioridad estratégica para Occidente.
Quien controle el ritmo de la transición venezolana, controla el grifo de seguridad energética más cercano a los Estados Unidos.
3.- El Futuro Inmediato
¿Capitalismo de Compadres o Libertad Real?
El futuro a corto plazo se debate entre dos caminos muy claros.
El primero es el de una transición gatopardista: cambiar todo para que nada cambie.
Esto significaría el ascenso de una nueva élite política que, bajo el amparo internacional, mantenga el control centralizado de los recursos, privatice a dedo para beneficiar a sus financistas y construya un “capitalismo de compadres”.
Sería el mismo Estado parásito, pero ahora vestido de traje y corbata.
El segundo camino:
El único viable para una reconstrucción real es la descentralización absoluta del poder.
Esto implica no sólo privatizar industrias, sino disolver los ministerios inútiles, desregular la economía para que el ciudadano común pueda comerciar sin pedir permiso a un burócrata, y dolarizar u optimizar el uso de tecnologías financieras descentralizadas de forma definitiva para arrancarle al Estado el monopolio de la moneda.
CONCLUSIÓN
El Juicio Final a la “Viveza Criolla”
Aquí llegamos al hueso de la verdad, al espejo incómodo en el que la sociedad venezolana se niega a mirarse, pero que es indispensable romper si queremos salir del subsuelo moral.
Los políticos parasitarios que destruyeron a Venezuela no cayeron del cielo ni colonizaron el país desde Marte. Esos políticos son el producto refinado, masificado y armado de un rasgo cultural que durante generaciones se celebró en los hogares, las escuelas y las esquinas venezolanas: La Viveza Criolla.
La viveza criolla es la filosofía de la ventaja injusta. Es el culto al camino corto, al “cómo quedo yo ahí”, al aplauso para el que se salta la fila y el desprecio para el que trabaja honestamente respetando las normas, tildándolo de “pendejo”.
Es la mentalidad que justifica el pequeño robo, el pequeño engaño y la pequeña trampa bajo la premisa de que “el sistema es así”.
El parasitismo político que denunciaba Murray Rothbard encontró en la viveza criolla el caldo de cultivo perfecto. El político venezolano es, en esencia, un “vivo criollo” que logró llegar a un puesto con presupuesto y armas.
El ciudadano que exigía que el Estado le subsidiara la gasolina, le regalara la casa, le condonara las deudas y le diera un empleo público donde “no se trabajara, pero se cobrara”, estaba operando bajo la misma lógica extractiva que el burócrata que terminó robándose los miles de millones de la estatal petrolera.
Ambos querían vivir del esfuerzo ajeno; la única diferencia era el tamaño de la tajada.
El chavismo no destruyó los valores del país; simplemente instrumentalizó la viveza criolla a nivel de política de Estado.
Les dio un marco legal e ideológico a los peores vicios culturales, convenciendo a la gente de que saquear al vecino o expropiar una empresa privada es un acto de justicia social.
El futuro promisorio de Venezuela no se construirá sobre la riqueza que se saca de la tierra, sino sobre la sepultura definitiva de la cultura de la viveza
La Moraleja Pragmática
La peor decepción que ha sufrido el venezolano de a pie ha sido descubrir que sus líderes opositores tradicionales participaban de la misma viveza, negociando cuotas de poder bajo la mesa mientras la gente moría en las calles.
La lección ha sido brutal, pero sanadora: Se acabó el tiempo de la inocencia política.
La reconstrucción de Venezuela no empezará cuando el último parásito político abandone el palacio de gobierno, ni cuando las petroleras extranjeras inunden el país de dólares.
Empezará el día en que el ciudadano entienda que la honestidad radical, el respeto absoluto a la propiedad del vecino y el cumplimiento de la palabra dada son las herramientas económicas más potentes que existen.
Para ganarle la partida al Estado parásito, hay que asesinar primero al “vivo” que llevamos dentro. La libertad no es un regalo que se recibe de un gobierno; es una disciplina diaria que se ejerce pagando el precio completo de nuestras decisiones, sin buscar atajos y comprendiendo, de una vez por todas, que no existe tal cosa como un almuerzo gratis.
El futuro promisorio de Venezuela no se construirá sobre la riqueza que se saca de la tierra, sino sobre la sepultura definitiva de la cultura de la viveza.
Este artículo es el número 3 de una serie titulada: “La incompatibilidad de la Libertad y el estado”. Que muestra la tragedia del Estado parasitario y sus nefastas consecuencias en la vida de los ciudadanos.
Miguel Ángel León R.
Apóstol, psicólogo y analista político


