Para que puedas saber cuándo detenerte a tiempo debes tener presente sus dos elementos: la prudencia y la obediencia. Una te previene, la otra te aleja de la ruina
“No te afanes por hacerte rico; sé prudente y desiste” (Proverbios 23:4).
El Quijote le respondió a Sancho, cuando este le reclamara por haberle dejado sólo con sus enemigos, lo siguiente: “No huye quien se retira. La valentía que no se funda sobre la base de la prudencia se llama temeridad”. Y es que la temeridad es lo contrario a la prudencia, pues es imprudente quien se arriesga innecesariamente. Este es el caso de quien se afana en nuestro proverbio.
Se dice que el afán no es malo si se usa como impulso inicial para algún logro. Pero una motivación sin virtud y la pérdida de control por lo irreflexivo lo vuelven malo. En nuestro proverbio el afán es por la riqueza, pero no es un uso exclusivo. En la vida un afán es un anhelo ciego, vehemente e irreflexivo con alta capacidad destructiva. En la Biblia, prácticamente todas las alusiones al afán, son negativas. Y el afán no apunta sólo a cuestiones de dinero, también están los deseos de la carne, de los ojos y la vanagloria de la vida (1ª Juan 2:16).
Puede vestirse de lascivia, envidia, orgullo y destruir una carrera, un ministerio, un matrimonio, un testimonio. Por tanto, saber detenerse a tiempo es valioso tanto en cuestiones de dinero, como en todo lo que tenga que ver con los deseos, inclinaciones, debilidades y los hábitos. Todas estas cosas actúan como fuertes resacas que arrastran al iluso que cree tener el control.
Nuestro proverbio enseña que para que puedas saber cuándo detenerte a tiempo debes tener presente sus dos elementos: la prudencia y la obediencia. Una te previene, la otra te aleja de la ruina. Si conoces a alguien que no se detuvo a tiempo, ya conoces su fin. No lo imites.




