Nuestros conflictos no tienen que ser interminables ni parecidos a una lucha entre “poderosos”. Los criterios divinos siguen siendo válidos. Cultivemos la mejor disposición
“La suerte pone fin a los pleitos, y decide entre los poderosos” (Proverbios 18:18).
Tal vez este sea un versículo que no citaremos para resolver una disputa seria. Sin embargo, ¿recuerda cuando algunos asuntos se resolvían con el simple “piedra, papel o tijera”? Eso tenía un valor intrínseco y recíproco para ambas partes. Y ―aunque disconforme con el resultado― se aceptaba y asunto resuelto. ¡Qué cosa tan poderosa es estar de acuerdo! Luce evidente en nuestro proverbio que la idea es: “como no podemos resolver el problema, dejemos que la suerte lo decida”.
Hay problemas que se trancan por intereses y opiniones opuestos; una lucha de poderes. La ciencia estaría en promover una sana actitud para evitar un enfrentamiento interminable, dándole cabida a una tercera opinión: la suerte que, bíblicamente, solía ser Dios. Esto no implicaba un control divino sobre el azar o lo fortuito, sino de “asuntos que se le someten correctamente” (Kidner). Fue el método usado para resolver el problema del anatema y en otras circunstancias y en armonía con la siguiente traducción: “El juicio divino pone fin a los pleitos y separa a las partes en pugna” (DHH) y con Proverbios 16:33: “La suerte se echa en el regazo; mas de Jehová es la decisión de ella”.
Hoy no sería sensato reeditar este método, pero sí podemos valorar sus elementos: sana disposición, sumisión, transigencia y fe en el juicio de Dios y su Palabra. Sin embargo, este método se usó por última vez en Hechos 1:26 antes de Pentecostés. Lo que vemos posteriormente son juicios determinados por la dirección del Espíritu Santo y la madurez espiritual para evaluar y aceptar los resultados.
Por tanto, nuestros conflictos no tienen que ser interminables ni parecidos a una lucha entre “poderosos”. Los criterios divinos siguen siendo válidos. Cultivemos la mejor disposición. ¿Lo haremos?




