La gente que tiene un corazón más grande que el universo y más profundo que el mar nunca duda en dar
En nuestra infancia siempre escuchábamos decir a nuestros abuelos: “¡Échale más agua a la sopa!”; con esta expresión se informaba a la responsable de la cocina que llegaron más personas a comer a casa. Otra frase recurrente era: “¡Donde come uno, comen dos!”. Qué hermosa experiencia viven aquellos que no les duele su corazón al dar de lo poco o mucho que tienen.
Esta historia es real, un anciano en situación de calle siempre visitaba la casa de una abuela con verduras, legumbres, un corte de carne de res o algunas presas de pollo. Este hombre, de los pequeños trabajos que hacía, ganaba algo para poder comer, y llevaba de su esfuerzo a aquel hogar; qué interesante, la gente que tiene un corazón más grande que el universo y más profundo que el mar nunca duda en dar. Por ello, jamás dejemos de lado esta gran verdad: “En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35. RVR60).
La mayoría de las familias humildes tienen un corazón generoso; tanto así que, dan comida a desconocidos como si pertenecieran a la familia; y un punto importante, se ayuda sin esperar nada a cambio. Indudablemente, “Más bienaventurado es dar que recibir”. El apóstol Pablo dijo a los de Corinto: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1ª Corintios 15:58. RVR60). Traemos a memoria aquella escena de las tardes con la abuela Rosa, de su sueldo compraba para alimentar a tantos, y a esos dos muchachos enamorados, ¿saben? Esas arepas con mantequilla eran las mejores, y más, porque era la única comida del día para nosotros. ¡Gracias a DIOS por ella!
¿A quién podrías ayudar hoy? No solamente con alimentos o dinero para fortalecer el arduo trabajo que desarrollan ministerios por todo el mundo; sino dando aliento en medio de la adversidad o acompañando para levantar, y así, vencer a la terrible soledad que golpea a hombres y mujeres que han entregado su vida cumpliendo la Gran Comisión. La Biblia nos enseña: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra; como está escrito: Repartió, dio a los pobres; Su justicia permanece para siempre. Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia, para que estéis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce por medio de nosotros acción de gracias a Dios” (2ª Corintios 9:8-11. RVR60).
Nuestras abuelas recibían a muchas personas en su casa, y una cosa curiosa que ocurría casi siempre, era que ciertas personas aparecían a la hora del desayuno, almuerzo o cena. Lo interesante de todo esto, era cómo recibían a los visitantes: “Pase, venga a comer con nosotros”. Nunca escuchamos una queja al marcharse el invitado que no era invitado. Nunca se dijo: “¡Qué inoportuno!”.
La humildad salía por los poros. Esta actitud debería ser imitada por las nuevas generaciones. La casa de bahareque con cerca de zinc horadado y suelo de tierra era un paraíso donde todos reíamos y donde conocidos y desconocidos encontrábamos refugio, llegaban a un hogar, era nuestra amada montonera; donde se escuchaba con auténtica alegría: “¡Échale más agua a la sopa!”. En otras palabras, nunca nos cansemos de hacer bien a los demás. Aunque hoy no veas nada, la cosecha la recogerás a su debido tiempo. ¡No desmayes en la siembra! No disminuyas en tu acción de dar; es mejor dar, sí, es lo mejor para el corazón, para tu descendencia y para toda la nación.




