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El día que fue acariciada, Harold Paredes Olivo

Sentado estaba el Maestro
cuando se perdió el silencio.
Inclinado escribía en el suelo
como si narrara un cuento.

La tierra estuvo quieta,
aunque una turba con rabietas
exponía el adulterio de una mujer;
alegando que se debía a Moisés.

Tranquilo vio tal obsesión
y a corazones con piedras.
La impiedad obra sin razón,
desea matar a quien yerra.

La vida es muy importante…
Él no dudo en inclinarse
el día que acariciaba a la tierra.
Ineptos llegaron a importunarle.

Fueron señalados por su conciencia;
reprobados no lograron apedrear.
¡Es verdad, la maldad fue expuesta
y arrojada a lo profundo del mar!

A pesar del mencionado barullo;
el Maestro siguió en lo suyo.
La tierra no estaba dispuesta
para abrir su boca hambrienta.

Enderezándose por un momento;
se dio cuenta del absoluto silencio
y de la mujer aterrada en medio…
Él dijo: “Mujer, ni yo te condeno”.

Sus palabras liberaron del dolor.
Quien podía arrojar todas las piedras,
prefirió derramarse en piedad y amor.
Todavía no entienden su visitación…

Dijo: “Vete, y no peques más”.
Amados míos, ¿otra vez van a pecar?
¡Despierten, permítanme sanar…
este mundo loco se puede salvar!

Harold Paredes Olivo
Pastor, comunicador y autor
haroldwjparedes@gmail.com

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