Venezuela ha cargado con un yugo pesado. El peso del hambre, de la separación familiar, de la incertidumbre y del miedo. Pero la promesa bíblica es que los yugos opresores se pudren y se rompen
El capítulo 10 de Isaías parece escrito con el pulso de la historia contemporánea. Comienza con una denuncia tajante que resuena con fuerza en el corazón de cualquier venezolano que ha visto de cerca el sufrimiento de su tierra: ¡Ay de los que dictan leyes injustas, y de los que escriben sentencias tiránicas, para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo! (vv. 1-2).
Para Venezuela, un país bendecido con gracia natural, pero golpeado por la codicia y la opresión, estas palabras no son metáforas lejanas. Son el retrato de un sistema que, a lo largo de los años, ha fracturado familias a través del éxodo, ha despojado a los más vulnerables de su dignidad y ha pretendido legislar a favor del poder y en contra del ciudadano común. Dios no es indiferente a este dolor; el ¡Ay! con el que abre el capítulo es un recordatorio de que la injusticia institucionalizada tiene fecha de caducidad ante el tribunal del Cielo.
EL ESPEJISMO DEL PODER ABSOLUTO
La historia nos muestra que los opresores a menudo se creen invencibles. En el texto, el imperio de Asiria se jacta de su fuerza: Con el poder de mi mano lo he hecho, y con mi sabiduría, porque soy inteligente (v. 13). Asiria pensaba que su control sobre las naciones era fruto de su propio poder, olvidando que sólo era un instrumento temporal.
A veces, al mirar la realidad venezolana, da la impresión de que las estructuras de opresión son eternas, que el control es absoluto y que no hay salida humana posible. Pero Isaías nos confronta con una pregunta demoledora: ¿Se jactará el hacha contra el que con ella corta? (v. 15). El texto nos recuerda que ningún imperio, ningún gobierno y ningún dictador de la historia ha tenido la última palabra. El orgullo humano es efímero; la soberbia de los que hoy se sienten intocables será humillada, porque la justicia divina tarda, pero no olvida.
EL REMANENTE: EL CORAZÓN QUE SOSTIENE A VENEZUELA
La parte más esperanzadora de este capítulo habla del remanente (vv. 20-22). Un remanente es lo que queda, lo que resiste, lo que no se corrompe ni se rinde.
El remanente de Venezuela no es sólo el que se quedó físicamente en el país remando contra la corriente, cuidando los hospitales, educando sin recursos, levantando iglesias y sosteniendo a sus comunidades. El remanente también es el venezolano que emigró con el corazón roto, pero con la frente en alto, trabajando con honestidad en cualquier rincón del mundo, llevando consigo los valores de la solidaridad, la fe y la alegría que el poder no pudo robarles.
El pasaje dice que este remanente nunca más se apoyará en el que los hirió, sino que se apoyarán con verdad en Jehová (v. 20). Este es el llamado más profundo para el pueblo venezolano: no poner la esperanza final en mesías políticos, ni en fórmulas internacionales, ni en las promesas de los mismos que causaron la herida. La verdadera restauración de Venezuela empieza cuando su gente se apoya en lo eterno, en los valores de la verdad, la justicia y el amor al prójimo.
LA PROMESA DEL YUGO ROTO
El capítulo cierra con una promesa de liberación que es un bálsamo para el alma venezolana: Acontecerá en aquel día que su carga será quitada de tu hombro, y su yugo de tu cerviz (v. 27).
Venezuela ha cargado con un yugo pesado. El peso del hambre, de la separación familiar, de la incertidumbre y del miedo. Pero la promesa bíblica es que los yugos opresores se pudren y se rompen. La noche de Asiria terminó, y la noche de Venezuela también tiene un amanecer decretado.
MENSAJE FINAL:
No pierdas la fe. Aunque el bosque parezca denso y los árboles altos e imponentes (vv. 33-34), Dios tiene el poder de transformar el paisaje en un instante. Sigue siendo parte de ese remanente que construye, que ama, que resiste y que mantiene viva la esperanza. La justicia no es un concepto olvidado; es una promesa en marcha para Venezuela.
Dios te Bendiga.
Tu hermano y amigo.
José Cheo Lobatón
Pastor y maestro


